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120 PULSACIONES POR MINUTO

Escrito por Julio Vallejo Herán
  • Titulo Original
    120 battements par minute
  • Producción
    Les Films de Pierre, France 3 Cinéma, Page 114, Memento Films Production, FD Production, Memento Films Distribution, Films Distribution, Indéfilms 5, Cofinova 13, Canal+, Ciné+, France Televisions, Centre National du Cinemá et de l´Image Animée, Nouvelles Technologies en production (Francia, 2017).
  • Dirección
    Robin Campillo
  • Guión
    Robin Campillo, Philippe Mangeot
  • Fotografía
    Céline Nieszawer
  • Música
    Arnaud Rebotini.
  • Montaje
    Robin Campillo Stephanie Leger, Anita Roth
  • Estreno
    19 Enero 2018
  • Duración
    144 min.
  • Intérpretes
    Nahuel Pérez Biscayart (Sean), Arnaud Valois (Nathan), Adèle Haenel (Sophie), Antoine Reinartz (Thibault), Félix Maritaud (Max), Ariel Borenstein (Jérémie), Aloïse Sauvage (Eva), Simon Bourgade (Luc), Germain (Médhi Touré), Markus (Simon Guélat), Coralie Russier (Muriel), Catherine Vinatier (Hélène), Théophile Ray (Marco), Jean-François Auguste (Fabien), Saadia Bentaieb (Madre de Sean).

120pulscaciones2Combativa crónica de la lucha contra el sida

Los sectores más retrógrados de la sociedad consideraron el sida, especialmente en los primeros años posteriores a su aparición, como una particular plaga bíblica que iba a terminar con los drogadictos, homosexuales y prostitutas. No obstante, muchos desconocían las formas de transmisión del VIH y la investigación todavía no había avanzado lo suficiente en la creación de antirretrovirales que ayudaran a enfrentarse a la enfermedad. Fue entonces cuando grupos de presión lucharon por lograr que los gobiernos se implicaran en la prevención y los laboratorios aceleraran sus investigaciones sobre fármacos que combatieran el virus.

120 pulsaciones por minuto se centra en uno de ellos: Act Up París, una asociación creada a semejanza de un grupo neoyorquino del mismo nombre que logró notoriedad en los años noventa por sus originales actos de protesta, que incluían asaltar sedes de grandes farmacéuticas, repartir preservativos en los institutos o boicotear actos institucionales. Robin Campillo, responsable del atípico filme de zombisLa resurrección de los muertosy la cinta gay Los chicos del Este, triunfa especialmente cuando pretende reflejar de forma casi documental las acciones de protesta de estos jóvenes, en su mayoría homosexuales y lesbianas. Por momentos, la película capta la fresca espontaneidad de La clase, aquella película de Laurent Cantet sobre la particular relación entre un profesor y sus alumnos de la que Campillo fue guionista. Es precisamente la veracidad y la fuerza de las discusiones, los momentos de rebeldía ante el poder establecido y la provocación que exhibían en cada una de sus particulares performances lo más interesante de la película. Cierto que el cineasta se sitúa claramente del lado de los activistas, unos héroes en una época donde los seropositivos eran unos auténticos apestados, pero también deja patente las disensiones entre sus miembros y el juego sucio de alguno de sus líderes.

Gran parte de la verdad que emana se debe a unos diálogos creíbles que no suenan a impostados y una magnífica dirección de actores, donde sobresale por mérito propio Narhuel Pérez Biscayart. El intérprete argentino otorga a ese paciente de VIH en fase terminal de una fuerza y emoción que conmueven al espectador. No obstante, 120 pulsaciones por minuto pierde algo de su radicalidad cuando deja a un lado las atípicas muestras de descontento de los miembros de Act Up para centrarse en la relación de dos de sus miembros, un chico gay sano y otro afectado por el virus, al que da vida Biscayart. Asume entonces los elementos más trillados y próximos a las películas hollywoodienses sobre el sida, aunque contenga escenas explicitas de sexo homosexual impensables en el cine comercial estadounidense. También es cierto que  la trama acaba emocionando, especialmente cuando el amante enfermo le confiesa a su pareja cómo contrajo su mal, pero es justo reconocer que traiciona sus propuestas iniciales con un desenlace más lacrimógeno y convencional de lo deseado.

A pesar de estas concesiones y una duración algo excesiva, la cinta, ganadora del Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes 2017, se convierte por derecho propio en un referente dentro del subgénero de largometraje que han abordado el VIH y se aleja  del tonotelefílmico de obras como Compañeros inseparables o En el filo de la duda

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