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CALL ME BY YOUR NAME

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Frenesy Film Company / RT Features / La Cinéfacture / Water's End Productions / M.Y.R.A. Entertainment / Ministero per i Beni e le Attività Culturali / Lombardia Film Commission, Italia, 2017
  • Dirección
    Luca Guadagnino
  • Guión
    James Ivory, Luca Guadagnino, según la novela de André Aciman
  • Fotografía
    Sayombhu Mukdeeprom
  • Música
    Sufjan Stevens
  • Montaje
    Walter Fasano
  • Distribuidora
    Sony Pictures
  • Estreno
    26 Enero 2018
  • Duración
    130 min.
  • Intérpretes
    Timothée Chalamet, Armie Hammer, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel, Victoire Du Bois

callme2Luca Guadagnino progresa como cineasta de referencia

Call me by your name es susceptible de provocar adhesiones inquebrantables o todo tipo de reproches envenenados por su condición de romance gay, el que viven en Italia durante el verano de 1983 Oliver, un universitario recién graduado que ultima su tesis en la casa campestre propiedad de un amigo profesor, y el hijo de este, Elio. Esas miradas acríticas, llenas de prejuicios, sobre la película de Luca Guadagnino, harán que se pase por alto su verdadero argumento de fondo: el contraste entre el tiempo sin tiempo de las pasiones y las decepciones amorosas, y el tiempo de lo mundano, que rubrican la costumbre y los rituales sociales. El plano final que opone a las lágrimas de Elio por su añoranza de Oliver y los inviernos de desconsuelo sordo que tiene por delante, la celebración de una navidad más, los preparativos de una mera comida, los funcionales títulos de créditos últimos del propio filme, es en este aspecto muy elocuente. Como lo eran en muchos momentos –a falta de ver su ópera prima, The Protagonists (1999)–, los anteriores largometrajes de ficción debidos a Guadagnino: las excelentes Cegados por el sol (2015) y Yo soy el amor (2009), y la menos lograda Melissa P. (2005).

En cualquier caso, deben tenerse en cuenta dos factores a la hora de aprehender con justicia la película en dichos términos. El primero, que también se encuentran presentes en la novela homónima que la inspira, escrita en 2007 por el narrador egipcio André Aciman y publicada en castellano el año siguiente por Alfaguara. La inicial de las cuatro partes de esa novela se titulaba significativamente “Si no es luego, ¿cuándo?”, y, en sus compases postreros, Elio, cronista en primera persona del relato, pasaba a percibir el hoy como un lugar fantasma; a rememorar los momentos presentes desde “el día de mañana, en que las ausencias de mi padre y Oliver merodearán durante las horas crepusculares del día”. Entre medias, una reflexión concluyente: “Cuando eres centenario, estoy seguro de que ya has aprendido a sobreponerte a la pérdida y el dolor, ¿o te acosan hasta la muerte? (...) ¿Llegarán a saber mis descendientes lo que nos dijimos ese día Oliver y yo en la piazzetta, sabrán lo cerca del abismo que estuvieron nuestros destinos? La idea me divirtió y me otorgó la perspectiva suficiente como para afrontar el resto de aquella jornada”.

El segundo factor esencial para discernir con toda propiedad el contraste entre los tiempos del calendario y los tiempos del corazón que marca el desarrollo de Call me by your name, estriba en la presencia como guionista de James Ivory, que también iba a dirigir en principio la película, solo o a cuatro manos con Luca Guadagnino. Su avanzada edad, noventa años, lo desaconsejó. Ivory, cuya filmografía está necesitada de una reivindicación, siempre ha destacado en sus películas el acervo de lo intelectual y la alta cultura, no por su valor decorativo, sino por el cariz universal e inmemorial que uno y otro ámbito son capaces de aportar a los anhelos y las frustraciones humanas, como han dejado claro adaptaciones literarias tan memorables, coescritas junto a Ruth Prawer Jhabvala, como Regreso a Howards End (1992) y Lo que queda del día (1993). En el caso de Call me by your name, pletórica de música, lecturas de sobremesa y referencias doctas, Ivory respeta un momento fundamental del libro de Aciman, aquel en el que Oliver y el padre de Elio, el señor Perlman, debaten la etimología correspondiente al término albaricoque, el dilatado periplo lingüístico que ha desembocado en su apelativo actual; mientras, en ese verano preciso, dicho fruto y otros están representando para el inexperto Elio una vía iniciática para el disfrute del erotismo.

Sin embargo, el trance más notable en lo tocante a la vivencia convulsa del tiempo íntimo de que disponemos y el paso implacable del Tiempo con sus enseñanzas asociadas, no está en la novela original. Es un gran acierto de guion, prefigurado por los títulos de crédito iniciales, en los que se armonizan fotografías de arte grecorromano dispersas en un escritorio con una interpretación musical arrebatada que bien podría correr a cargo de Elio, pianista precoz y de talento: se trata del fragmento de metraje en el que el chico y Oliver visitan con el señor Perlman una prospección arqueológica submarina que ha permitido rescatar de las aguas una estatua moldeada en la estela de Praxíteles; cuando Oliver acaricia el rostro de la escultura, cuando extiende el brazo desgajado de la misma a Elio, el lance amoroso de ambos deviene un pacto con lo trágico y lo eterno: participa de la belleza del arte y la mitología, otorga a  ambas esferas sus sentidos legítimos, diluye los rasgos de lo fugaz y lo imperecedero en la experiencia humana. Volvamos a la novela de André Aciman, a los pensamientos de Elio: “Mirar fijamente a Oliver era como observar algo eterno, ancestral, inmortal en mí, en él, en ambos, que suplicaba por ser despertado de un sueño milenario”.

Pero, aparte la meditación conmovedora que alberga sobre el curso del tiempo y sus implicaciones, Call me by your name es muchas otras cosas, materializadas en su mayor parte con acierto gracias a la puesta en escena de Luca Guadagnino. Desde luego, le pese a quien le pese, nos hallamos ante una historia de amor, tan arrebatadora como elegante, entre dos personalidades muy distintas: Oliver, un hombre recién entrado en la madurez, seguro de sus creencias y capacidades aunque vacilante en el terreno de la pasión; y un adolescente, Elio, desbocado en lo que toca a la expresión de sus sentimientos, pero bisoño y apocado en lo demás.

El hecho de ubicar el filme ambiguamente en algún lugar del norte de Italia, y de que Oliver duerma nada más llegar durante horas para reponerse del largo viaje que le ha llevado hasta allí, genera que el espectador se sienta transportado desde el principio a un espacio hasta cierto punto maravilloso, recóndito, tolerante, en el que puede acompañar sin temor a Elio y Oliver en su aventura; algo que refuerzan una cámara ceñida siempre a los impulsos y necesidades de los personajes, el tempo sosegado de las imágenes, y una trabajada armonía fotográfica que, todo sea dicho, parece haberse menoscabado un tanto en el trasvase de celuloide a digital. Además, a diferencia de la novela, no hay grandes saltos temporales, la acción queda acotada a un universo estival de plenitud absoluta.

De todas maneras, la sensualidad que tiende a asociarse al cine de Guadagnino no deja de tener nuevamente un cariz paradójico y hasta amargo. Como apuntábamos al comienzo, la joie de vivre cotidiana, la voluptuosidad y el confort superficiales, poco tienen que ver en última instancia con las muchas insatisfacciones emocionales y hasta trascendentes que aquejan a los protagonistas. André Aciman, James Ivory y Luca Guadagnino comparten una noción similar del melodrama, que no tiene que ver con una crispación formal o escenográfica de los eventos cara a potenciar espectaculares efectos sentimentales, sino con una subversión estilizada de contextos realistas que, gesto a gesto —como el de los amantes enajenados que traspasan las lindes de su identidad al proyectar su nombre propio en el otro— , acaban por revelar el semen, el sudor y las lágrimas reprimidos.

Hay al respecto de todo ello escenas magníficas. Incluso, cuando caen en el subrayado, como ocurre en la mezcla final de monólogo y confesión puesta en boca del señor Perlman. Sumemos aquella en la que Elio y Oliver desayunan juntos por primera vez en la pequeña localidad próxima a la casa del primero. La que, con mucha intención, muestra a Elio y sus padres durante un atardecer tormentoso en el que comparten la lectura en voz alta del Heptamerón (1542) de Margarita de Angulema, cumbre literaria del amor cortés. La que, como en la novela de Aciman, acontece en la plaza central del pueblo, un prodigio de planificación. O la primera etapa del viaje de despedida que emprenden los enamorados a Bérgamo: el escenario de las cascadas del río Serio, entre cuyo rocío se difuminan las figuras de ambos, se ve transfigurado hasta el rango de lo sublime por un tema del músico Sufjan Stevens, Mystery of Love, que evoca el vínculo ardiente entre Alejandro Magno y Hefestión... Call me by your name se las apaña para hacer gala de una sensibilidad exquisita y, a la vez, para que esta, lejos de traer aparejada impostura ninguna, represente la manifestación más exacta posible de la naturalidad.

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