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SIN AMOR (LOVELESS)

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    Nelyubov
  • Producción
    Non-Stop Prod., Fetisoff Illusion, Why Not Prod., Senator Film Prod., Les Films du Fleuve y Arte France Cinéma (RUS-ALE-BEL-FR, 2017)
  • Dirección
    Andrei Zvyagintsev
  • Guión
    Oleg Negin y Andrei Zvyagintsev
  • Fotografía
    Mijail Krichman
  • Música
    Evgueni y Sacha Galperini
  • Montaje
    Anna Mass
  • Distribuidora
    Golem
  • Estreno
    26 Enero 2018
  • Duración
    127 min.
  • Intérpretes
    Mariana Spivak (Zhenia), Aleksei Rozin (Boris), Matei Novikov (Aliosha), Marina Vasilieva (Marsha), Andris Keishs (Antón), Alexei Fateev (coordinador de la búsqueda), Varvara Shmykova (Lena, voluntaria).

sinamor2El hijo estorbo 

Doce años llevan casados Boris y Zhenia y los últimos han sido de constantes broncas, altercados e insultos, lo que hoy se llama violencia verbal, y que es un demoledor ejercicio de acoso y derribo del adversario, usando el vocabulario más bajo e hiriente y una dialéctica de la peor especie. La situación es del todo insostenible pero, en previsión del próximo divorcio, ambos se han buscado sus respectivas parejas con las que «empezar de nuevo, desde cero». Como si el mero cambio de personas resolviera los problemas de convivencia. Lo más probable es que, al cabo de un tiempo, vuelvan los desacuerdos cada vez más graves. Porque cambiar de pareja de baile no acaba con la mala música que se está interpretando.

En esta situación de completa descomposición matrimonial hay un gran perjudicado: el hijo de doce años Aliosha, cuya gestación fue determinante para que sus padres pasaran por el registro civil. Pero ahora ninguno de sus progenitores tiene el más mínimo interés en llevarse consigo al chico, que asiste –estremecido y angustiado– al continuo rifirrafe parental y se percata de su absoluta ausencia en los planes futuros de sus papás. Observador damnificado de la gresca, no tiene más remedio que largarse sin avisar ante semejante desamor.

Porque de eso se trata en este film, como bien indica el título, de individuos incapaces de pensar en otra cosa que no sea su bienestar, caiga quien caiga. La actitud de la madre es particularmente vejatoria, pues está más pendiente del móvil que de su hijo y hasta de su vida. Esta fijación en el teléfono resulta en algunos momentos especialmente impactante, pues le merece más atención que la búsqueda del hijo fugado. El desinterés real de los dos es tan descomunal que son capaces de hacer el amor con sus respectivas parejas como si Aliosha estuviera a salvo en lugar seguro.

En unas declaraciones, Andrei Zvyagintsev dice que su filme viene a ser como Secretos de un matrimonio (1973)pero en nuestra época actual. La referencia a Ingmar Bergman no es ociosa. Su cine –me parece a mí– se asemeja vez más a la obra del gran maestro sueco. Y aunque el estilo es bien diferente, el efecto en el espectador es muy similar. Nos quedamos atónitos ante la desgarradora ferocidad de los seres humanos que saltan por encima de los sentimientos más elementales a la busca siempre de su provecho, sin importarles lo más mínimo la suerte incluso de lo que consideran parte de su vida. De hecho, el único familiar al que podría acudir el chico es una abuela, que fue una eficaz maestra en desamor de Zhenia. Esta repite hasta dos veces: «Yo nunca he amado a nadie». Y su madre, en vez de sentirse angustiada por la suerte de su nieto, se limita a repetir una cantinela que refuerza el rencor de la pareja: «Ya te dije que no te casaras con ese hombre».

Zvyagintsev sitúa la acción en una de esas ciudades rusas, casi siberianas, de ambiente gélido. La escuela y las edificaciones corresponden a la época soviética. En la empresa en la que trabaja Boris el espacio está aprovechado al máximo y los empleados se apelotonan en filas de mesas que recuerdan la oficina de El proceso (1962) de Orson Welles. El arranque y final con esas panorámicas sobre el estanque en medio de un bosque sin una sola hoja, cubierto de nieve, deja claro que la frialdad de los afectos va a presidir la narración. Es el camino habitual del chico para ir y volver de las clases. En uno de sus trayectos se hace con una cinta de esas que prohíben el paso por razones de seguridad. La deja colgada de una rama. Al final, contemplamos a su madre en casa de su nueva pareja dedicándose a cuidar su silueta en una máquina de footing. Boris se aburre soberanamente con su nuevo hijo y lo deja abandonado en el parque casero (un padre nada niñero…). El único recuerdo que queda de Aliosha es aquella cinta que dejó enganchada en las ramas de un árbol junto al estanque. Hubo una vez un chico…

Las películas de Andrei Zvyagintsev son de un naturalismo crudo, pero nada morboso (como, sin embargo, lo es en ocasiones el de Lars Von Trier). Muestra lo mejor y lo peor de la condición humana, sin apostillas moralistas, pero dejando entrever el abismo ético en el que ha caído una sociedad cada vez más hedonista: esto me gusta, luego lo tomo. El retrato de la Rusia postsoviética es demoledor: el trabajo, incluso en las grandes empresas, está subordinado a los caprichos del empresario, el posible comprador del piso está preocupado por los metros cuadrados de cada habitación, el consumismo se ha apoderado de la gente, el selfie se convierte en sinónimo de selfish (egoísta) –la escena del metro con todos los viajeros pendientes de la pantalla del móvil es tremendamente reveladora–, y una burocracia inoperante (la policía debe ser sustituida por una ONG de voluntarios que se ponen a buscar al niño desaparecido)… Éste es prácticamente el único gesto altruista en el film y los mismos padres no entienden tanta generosidad y desinterés.

El cine de Zvyagintsev bebe no sólo de Bergman sino también de Tarkovski. Los largos travelines de acompañamiento o del zoom que atraviesa ventanas y se recrea en un paisaje inhóspito nos invitan a una visión contemplativa del espacio físico, que induce, sin embargo, unos estados de ánimo determinados a la que se suma una música casi dodecafónica, a base de notas aisladas, que insiste en el cromatismo emocional de las escenas. Nada es superfluo en sus películas. Están pensadas y repensadas hasta el más mínimo detalle y por eso su cine trasmite la sensación de encontrarnos sino ante una obra maestra, por lo menos, ante una obra redonda. Este es el caso de Sin amor, película singular, una tragedia de nuestros días.

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