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LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO

Escrito por Norberto Alcover
  • Titulo Original
    The Post
  • Producción
    Amblin Entertainment / DreamWorks SKG / Pascal Pictures / Participant Media (Estados Unidos, 2017)
  • Dirección
    Steven Spielberg
  • Guión
    Liz Hannah, Josh Singer
  • Fotografía
    Janusz Kaminski
  • Música
    John Williams
  • Montaje
    Sarah Broshar, Michael Kahn
  • Distribuidora
    20th Century Fox
  • Estreno
    19 Enero 2018
  • Duración
    116 min.
  • Intérpretes
    Meryl Streep, Tom Hanks, Bruce Greenwood, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Sarah Paulson, Matthew Rhys, Alison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, Bradley Whitford, David Cross, Michael Stuhlbarg, Zack Woods, Pat Healy, Deirdre Lovejoy

archivos2Falta acidez

            Cuando uno se coloca en actitud crítica, es decir, intentando valorar una película desde su objetiva realidad (en la medida de lo posible), tiene la sutil tentación de contemplarla a partir del conjunto de la obra de su autor. Pues algo concreto siempre forma parte de algo conjuntivo, pero no es la metodología más oportuna. Cada obra es una realidad en sí misma considerada en lógica relación con las demás de su creador, pero es un grave error sopesarla desde tal óptica. Que puede ayudar, cómo no, pero que nunca debiera sustituir al análisis puntual del producto crítico que tenemos ante nosotros.

            Escribir esto es fundamental, piensa uno, para no equivocarse al acceder a Los archivos del Pentágono, del siempre admirable Steven Spielberg (Cincinnati, 1946). Ese autor sencillo y sensible de películas como Encuentros en la tercera fase (1977), La lista de Schindler (1993), Salvad al soldado Ryan (1998), Munich (2005) y El puente de los espías (2016). Mucho más apreciado por el público que por la crítica especializada, de la que nunca ha querido saber demasiado. Spielberg desea contar historias y poco más, de forma que tales historias induzcan hasta márgenes interesantes y creíbles, aceptando ser “el nuevo rey Midas” del cine norteamericano. Y en este terreno se ha ganado la victoria a pulso. Cada cineasta tiene su ámbito de realización personal, que merece el mayor de los respetos, Y con nuestro autor, quien esto escribe ha disfrutado muchísimo en la vida. Sobre todo con esa tercera fase y su eterno encanto. Será bueno, en fin, encarar la actual entrega a la memoria personal y de toda una generación. Pero penetremos en el terreno duramente crítico y desapasionado.

            Los archivos del Pentágono es un filme entretenido, que aborda una historia narrativa interesantísima, dirigido con suficiente fluidez, interpretado magistralmente, defensor de derechos inalienables en la vida individual y social, que pone de manifiesto la dignidad femenina, reclama el protagonismo de la prensa en la configuración de una sociedad libre, manifiesta la inevitable confrontación entre empresa y profesión mediáticas, que canta la necesaria lucha contra el poder de los periodistas de todo tipo, y en fin que, para colmo, está mediada por una fotografía excelente de Janusz kaminski y, como siempre, una banda musical antológica del maestro John William. Uno diría que todo lo anterior conduce de manera inevitable a una valoración extraordinaria, pero no es exactamente así.

            Al filme de Spielberg le falta algo, que lleva tiempo descubrir, pero que al final se hace evidente: le falta acidez narrativa, en aras de una fidelidad a la historia que acaba por resultar un tanto chata, casi normal, privada de algún auténtico clímax de tensión dialéctica. Entre otras razones (lo que puede resultar narrativamente objetivo) porque el personaje del mentiroso McNamara está tratado con una delicadeza tan exculpatoria que introduce un margen de comprensión con el conjunto de la trama, de suyo repulsivo. Es un detalle que cuesta descubrir, pero que, una vez descubierto, explica que una película con tantos méritos no acabe por saciar las expectativas del espectador. Repetimos, carece de esa acidez necesaria para evitar excusas incoherentes con el planteamiento de la narración que es desolador. Está claro que Nixon era un malo malísimo, pero su colaborador más cercano, junto con ese tipo tan peligroso de nombre Kissinger, ese McNamara de gafitas universitarias de la época, desluce la intención del entero filme. La amistad con Katherine Graham, en la cúpula del protagonismo mediático, no le exime de un gravísimo error y de una vulgaridad ética inasumible. Las intenciones no justifican los hechos.

            Porque estamos ante la historia objetiva que conmovió la prensa mundial en 1971/1972, cuando Nixon acabó por dimitir como Presidente casi omnipotente de los Estados Unidos. Nos narra el film el hecho mediático absolutamente agobiante de la información por The New York Times de los conocidos como “Archivos del Pentágono”, un montón de documentos clasificados en torno al ocultamiento de la verdadera guerra librada por USA  en Vietnam, y que llevaría a 58.000 jóvenes soldados a la muerte, además de las víctimas vietnamitas. Pudo acabarse con aquella guerra. Pero el prestigio del ejército impidió plantear la verdad al pueblo yanqui. Cuatro presidencias de mentira permanente que se venían abajo al hacerse públicos, con Nixon como cabeza de turco. Y tras el Time, el ambicioso The Washington Post, intentando levantar cabeza de una situación de secundariedad  mediática, insiste en la revelación de los documentos por medio de la interacción de su editora, una magistral Meryl Streep intrerpretando a Katherine Graham, y de su director, el tozudo Ben Bradley, en manos de un intenso Tom Hanks, hasta el punto de  que ambos rotativos acaban acusados ante el tribunal supremo, que al final fallaba a favor de los dos periódicos levantiscos y libres.

            Como cada final, la brumosa referencia al “caso Watergate”, que llevó a Nixon a la dimisión, cegado por su inagotable capacidad para la mentira y la mezquindad. Mientras tanto, televisiones insistentes, manifestaciones inacabables, una joven generación que solicitaba cambios de sistema y de actitudes, muertes misteriosas, y en fin, la fotografía de Nixon despidiendo su mandato desde la escalerilla del avión que le llevaría al destierro en su rancho. Una historia sensacional, abordada años antes en Todos los hombres del Presidente, obra maestra de Alan Pakula en 1976, con la impagable interpretación de los periodistas protagonistas por Robert Redford y Dustin Hoffman. Un material narrativo sin precedentes. Una base riquísima para un guión fascinante y una realización adecuada (esta es la palabra, estética).

            En nuestro caso, y dejaba este asunto para concluir, estamos ante una obra en que el guión, obra de Liz Hannah y el maestro Josh Singer (guionista de la excelente Spotlight) es bastante sólido desde el punto de vista narrativo, pero no ha encontrado, como decíamos al comienzo, una realización suficientemente intensa que le proporcionara la acidez íntima e intencional de la misma historia. Una grandísima historia se ha convertido en una película un tanto chata, con recursos sentimentales pero nunca con fracturas que la alzaran a límites conmovedores de verdad. Esos límites que, por ejemplo, sí encontramos en, Buenas noches y buena suerte, de George Cloney (2005), tan relacionada con nuestro film sociológicamente. Todo es demasiado perfecto, casi previsible, sin estridencias de verdad, en ambos protagonistas, salvando alguna intervención de la Streep en su interpretación de la editora susceptible de un cambio portentoso, y hasta del mismo Hanks como ese director contumaz, más allá de sus interpretaciones anteriores. Detalles que no afectan al tono general. Mantener el equilibrio de la realidad puede conllevar a que ésta nos parezca un tanto desapasionada. Es un riesgo.

            Aun así, merece verse, aunque solamente sea para asistir a un recital de honradez deontológica en una profesión tan denostada en la actualidad como es el periodismo. No siempre vencen las “fakes news” a la moda.

 

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