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EL HILO INVISIBLE

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    Phantom Thread.
  • Producción
    Annapurna Pict., Focus Features, Ghoulardi Film y Perfect World (EEUU, 2017).
  • Dirección
    Paul Thomas Anderson
  • Guión
    Paul Thomas Anderson
  • Fotografía
    Paul Thomas Anderson
  • Música
    Jonny Greenwood
  • Montaje
    Dylan Tichenor
  • Distribuidora
    Universal
  • Estreno
    02 Febrero 2018
  • Duración
    130 min.
  • Intérpretes
    Daniel Day-Lewis (Reynolds Woodcock), Vicky Krieps (Alma), Lesley Manville (Cyril), Sue Clark (Biddy), Joan Brown (Nana), Harriet Leitch (Pippa), Dinah Nicholson (Elsa), Julie Duck (Irma).

hilo2Puntadas sin hilo. 

Hay que reconocerle a Paul Thomas Anderson su patente de cineasta por libre, que va a su bola, y es fiel a un estilo y unos temas que le son propios. Aquí es responsable de la dirección, el guion y la fotografía, punto este último muy importante en el resultado final de esta obra de autor.

He dudado mucho al fijar el subtítulo de este comentario. Le he dado muchas vueltas al adjetivo calificativo que pondría al modisto protagonista: ostentoso, perfeccionista, metódico, enigmático, maniático… Todos esos y alguno más le caen bien al personaje de Reynolds Woodcock, el sastre que reina sin rival en el Londres de la posguerra, en los años cincuenta del siglo pasado. ¿Inspirado en nuestro Balenciaga? Puede. Hay, en efecto, en el protagonista muchos rasgos que lo emparentan con el guetariano que dictó la moda en París por entonces y que posee en su pueblo natal un museo dedicado a su obra de alta costura, museo del que carece el hijo mundialmente más célebre de Guetaria, el marino Elcano, primero en dar vuelta al mundo en barco.

Anderson, como guionista, ha perfilado un personaje singular. Retraído, exigente, colérico a veces, rayano en la insania, insoportable las más de las ocasiones, pero dotado de un talento extraordinario para la confección (¿puedo utilizar esta palabra que ahora se emplea para la producción en serie de prendas textiles?), el modisto Woodcock no tolera ni el ruido de una tostada con mantequilla entre los dientes de su amante Alma a la hora del desayuno, cuando el artista dibuja a lápiz atrevidos vestidos, sombreros y hasta zapatos para sus clientes ricas y aristócratas, cuando no princesas reales.

Se reserva Anderson las claves de lo que puede ser la vida amatoria de su criatura, pero uno ha de imaginársela tan compleja como su comportamiento como único macho en medio de un enjambre de costureras, que pueblan las estancias del edificio dedicado por entero a cortar, coser, planchar, almidonar y aprestar los trajes y complementos que lucirán las ricachonas y distinguidas damas de la sociedad londinense. Tiene de ayudante principal a su hermana Cybil, que empieza a ser desplazada, aunque no del todo, con la llegada de la pueblerina Alma, a la que hay que desbastar con su ayuda. Entre las dos mujeres se establece una relación difícil en torno al amor y estima que el modisto otorga a cada una: dos abejas-reina en disputa para hacerse con el dominio del único zángano de la colmena. Lo de zángano no se refiere a su laboriosidad sino a su orientación sexual que no queda muy clara, aunque Alma acabe al final siendo madre de un niño.

En este terreno de ambigüedades, Anderson se mueve como pez en el agua, echando mano, por una parte, del carismático Daniel Day-Lewis, un actor que resulta un tanto resabido en su papel y, por otra, de una fotografía de claroscuros muy marcados. Me explico. El intérprete se luce, pero a su manera, o sea, como siempre en el caso de Day-Lewis, convirtiendo su interpretación en un pequeño show personal, lo cual, en este caso, es lo que exige un personaje tan altanero y, a ratos, mezquino en su trato. Es decir, un personaje al borde de la perturbación mental.

Y resulta curioso cómo Anderson le permite montar su numerito cuando al resto de las actrices (casi todas son mujeres en este film) les ha impuesto un hieratismo estilo Hitchcock. Las dos coprotagonistas y el resto de costureras no hacen ningún gesto o mueca que revele sus sentimientos o pareceres. Se limitan a estar, a poner la cara. El montaje y los hechos posteriores proyectan y tiñen de emociones esos rostros naturales, casi inexpresivos, muchas veces en primer plano o plano americano. Con razón algunos citan a Recuerda para referirse a este intenso melodrama evocando aquel otro con la pérfida ama de llaves de por medio.

A ello contribuye también la música de Jonny Greenwood, omnipresente, que con sus acordes y ritornelos ponen ese punto enigmático que domina el relato. Todo sucede como si las brumas del Támesis se hubieran aposentado en aquella casa-taller, donde sólo hay vida y pasión cuando se diseña o se corta un patrón. A no pocos este clima les puede parecer no tenebroso sino artificial. Es decir, que se recrea una atmósfera dramática, casi trágica, pero se nos escamotean datos fundamentales con los que desentrañar el comportamiento de los personajes. Es el juego que le encanta a Anderson: mostrar sin mostrar del todo. En eso, como en el diseño del papel principal, se revela una vez más como un auténtico virtuoso.

La película, en definitiva, se asemeja al truco de un prestidigitador o de un ventajista que esconde la carta marcada en la manga. Al fin y a la postre, estamos ante un drama de pasiones contenidas, no por los personajes que las reprimen, sino por el artífice del film que no renuncia a hacer trampa. Los tahúres… al Mississippi.

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