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De Lumière a Kaurismäki

Escrito por Redacción

clase-obreraDe Lumière a Kaurismäki. La clase obrera en el cine, de Carlos F. Heredero y Joxean Fernández (coord.), San Sebastián, Donostia Kutura y Filmoteca Vasca, 2014, 329 pp.

¿Porqué un libro como este a las alturas de 2014? ¿Por qué volver hoy la mirada hacia el cine que ha puesto bajo los focos el mundo del trabajo, el de los obreros, el de aquellos a los que Herbert J. Biberman llamó "la sal de la tierra" en su inolvidable película ...? Son preguntas perfectamente comprensibles si las ponernos en relación con las circunstancias históricas y económicas que se viven a estas alturas del siglo XXI. Pues bien, nosotros estimarnos que estudiar el cine no solo como arte, sino corno documento, corno agente activo e incluso como nuevo formato de escritura de la Historia es una empresa especialmente atracti­va a la luz de la doble crisis que tanto el cine corno la clase obrera sufren en la presente coyuntura, entre el escándalo por los abusos obscenos del capitalismo para con les damnés de la terre y el vértigo que producen las aceleradas muta­ciones de la era digital en el cine.

Es cierto, a su vez, que la noción de clase obrera que nos ha llegado desde Marx ha sido puesta en solfa desde sus orígenes, no solo por quienes simple­mente han pretendido desactivar la lucha de clases desde su raíz, sino también por los que buscarían adecuarla a las más complejas estructuras sociales de nuestros días. Sin embargo, como nos recordaba el historiador E. P. Thomp­son, la clase obrera no está formada sino por aquellos hombres y mujeres que mantienen una determinada relación con los medios de producción con los que les toca vivir en cada momento de la Historia y, por tanto, algo que ha de ser estudiado desde un punto de vista dinámico, no estático. Los trabajadores no ofrecen una foto fija que pueda vincularse con interesados y simplificadores clichés. El concepto de clase social y de lucha de clases es esencialmente his­tórico. Marx y Engels nos dirían, incluso, que la propia Historia es la historia de la lucha de clases.

Y si desde el principio los obreros iban a convertirse en los espectadores más numerosos de las salas de cine, también cabía imaginar que fueran a menudo sus protagonistas en la pantalla, aunque quizás lo hayan sido menos de lo que inicialmente cabía esperar. Por otro lado, estudiar si los obreros del patio de bu­tacas han desdeñado o no a los de la pantalla sería harina de otro costal, como quizás también preguntarnos si han sido muchos los "obreros en sí" que hayan pasado a serlo "para sí" tras verse representados en las imágenes. En cualquier caso, conceptos como estos, para cuyo manejo no es imprescindible la ortodoxia marxista, podrían esconderse, a su vez, bajo la supuesta crisis de la clase obrera o tras la interesada afirmación de su inexistencia en el contexto de la crisis ca­pitalista contemporánea.

Frente a esta coyuntura, aquí nos interesamos por la existencia y por el trabajo de la clase obrera en el concepto amplio que tiene para Thompson y, obvia­mente, también por el cine que se ha realizado sobre esta desde los orígenes hasta la actualidad, a pesar de todas las crisis, los profundos cambios experi­mentados y el mucho tiempo transcurrido. Porque, conviene recordarlo, fue ya en 1895 cuando se pudo ver en una pantalla cómo los trabajadores salían de la fábrica Lumiere al terminar su horario laboral. El cine daba así sus primeros pasos, y con él, también, la historia de la representación de la clase obrera en la pantalla.

El nuevo invento (tomado entonces, a finales del siglo XIX parecía nacer, por tanto, con la clara vocación de una simple atracción de barraca, pero llamado a ocupar un lugar central en la cultura de masas del siglo XX) parecía nacer, por tanto, con la clara vocación de mostrar frontalmente el mundo del trabajo y de retratar a sus protagonistas, a la vez que quería festejar su salida a la luz celebrando el final de la jornada laboral y la liberación que supone para los obreros salir del tajo. Aquel feliz nacimien­to coincidía, además, con la irrupción histórica del capitalismo industrial y, como producto de este, con el acceso al escenario público de las clases traba­jadoras, de sus partidos, sus sindicatos y sus organizaciones (Julián Casanova dixit). El cine y la clase obrera se presentaban en sociedad casi al unísono. O, dicho de otra manera, el cine nacía junto con la clase obrera y mirando a la clase obrera.

Ciento doce años después, cuando los obreros de una fundición terminan su jornada laboral, en lugar de salir de allí (como hacían los trabajadores filmados por la primera película de la Historia) se meten en una sala de cine situada -no por azar- dentro de la factoría para contemplar ¡La salida de los obreros de la fábrica (La Sartie des usines Lumiere, 1895)! Estábamos entonces en el año 2007. Los procesos de la globalización, la revolución tecnológica y el capitalis­mo financiero acababan de enterrar, a principios del siglo XXI, al viejo capita­lismo industrial, a la vez que se empezaban a desmontar, una por una, las más importantes conquistas de la clase obrera. Así que la visión de Aki Kaurismiiki, director del cortometraje La fundición (La Fonderie; episodio de Chacun son cinéma, 2007), no hacía otra cosa, de nuevo, que mirar de frente a la realidad y levantar acta del estado de las cosas, como si la vieja clase obrera industrial ya no tuviera derecho, ni siquiera, a salir de la fábrica, como si esa opción -que más de un siglo antes celebraban los hermanos Lumiere- ahora ya solo fuera posible en las imágenes de un prehistórico documental, como si esa salida (que antes fue real y que los obreros de Kaurismaki contemplan con estupor, sin mover ni una ceja) ahora no fuera más que un mero sucedáneo fílmico de la antigua aspiración al descanso y al necesario reencuentro de los trabajadores con ellos mismos.

La película de Kaurismaki, casi profética, aparecía justo cuando se desataba una brutal crisis económica, resultado conjunto de la desregulación legislati­va impulsada por los poderes económicos y de la imposición de los mercados financieros sobre los poderes políticos. Había transcurrido más de un siglo y el cine seguía (y sigue) dando cuenta de la realidad del mundo laboral, de las condiciones del trabajo físico, de las diferencias de clase y de la explotación de los trabajadores por sus patronos (sean estos nacionales o globalizados, tanto da que da lo mismo). Y no se trata de una visión voluntarista: es cierto que, por ser el cine un medio de comunicación de masas, la mayoría de sus ficciones propor­cionan conmucha mayor abundancia opciones de entretenimiento y de evasión de la realidad (sin que esta simple y objetiva constatación implique ningún tipo de connotación peyorativa al respecto), pero también es verdad que en todas las épocas y en todos los países han surgido, casi sin cesar abundantes manifestaciones –plenamente conscientes- de un cine empeñado en hablar de la realidad laboral y de las condiciones de vida de las clases subalternas.

Inventariar ese cine, rastrear sus huellas, sus influencias y sus aportaciones, cartografiar su distribución geográfica y nacional, analizar sus formas de repre­sentación y estudiar sus temas y referentes más recurrentes es una tarea que, si se aborda con una pretensión globalizadora, desborda con mucho los modestos márgenes de la presente publicación. En consecuencia, y más humildemente, hemos optado por proponer un esquema que trata de ofrecer, a la vez, una visión vertical y diacrónica (mediante trece cortes temporales y nacionales) y algunas perspectivas horizontales y sincrónicas (mediante seis textos que recogen dife­rentes abordajes formales y presencias temáticas).

La selección de esos trece cortes que constituyen la columna vertical del libro deja fuera, inevitablemente, muchas otras épocas y muchos otros países, pero intenta recoger algunos de los momentos histórico-nacionales que más han con­tribuido a fijar en el imaginario fílmico la vida y las experiencias de la clase obrera: el cine revolucionario de la Unión Soviética, las producciones del Frente Popular francés, las películas que surgieron durante la germánica República de Weimar, la respuesta fílmica que acompañó a la crisis económica de 1929 en Estados Unidos y al subsiguiente New Deal, la escuela documental británica y el posterior Free Cinema, el Neorrealismo italiano, las creaciones ofrecidas por los Nuevos Cines latinoamericanos, la respuesta del cine británico contra el thatcherismo o los brotes fílmicos que empiezan a dar cuenta, en muchos países, de las consecuencias de la primera gran crisis económica del siglo XXI.

Se incluyen también dentro de ese mismo bloque un estudio sobre la presencia de la clase obrera en el cine silente norteamericano (una época y unas imáge­nes casi desconocidas para la historiografía española), la representación de los trabajadores y de sus ocupaciones en la producción de la dictadura franquista (un enfoque sobre el que apenas existen estudios), la presencia del mundo del trabajo en el cine japonés (una realidad fílmica igualmente poco conocida en Occidente) y la importante presencia laboral y sindical en el Hollywood de los años cincuenta, sesenta y setenta, que resulta particularmente reveladora y a la que creemos merece la pena prestar atención.

Ese extenso bloque central aparece precedido por tres abordajes horizontales que son, sucesivamente, de modo (la ficciones históricas que nos hablan del pretérito de la clase obrera), de ideología (el compromiso que expresa el cine político y militante) y de formas (el cine de vanguardia), y que constituyen otras tantas maneras de reflejar el universo laboral y las luchas de clase. Finalmente, el recorrido se cierra con otras tres perspectivas horizontales y sincrónicas, es­trictamente transversales: dos enfoques que podrían considerarse temáticos trabajos de la mujer y la emigración laboral) y un tercero que plantea sugestivas cuestiones formales, de representación y de mirada.

La poliédrica radiografía dibujada por estos diecinueve artículos se presenta precedida por un pequeño introito, a modo de marco general, cuya función no es otra que la de situar algunas guías básicas para trazar una visión de conjunto sobre la historia de la clase obrera. Se completan así los veinte textos que dan cuerpo y consistencia a esta nueva aproximación a la representación fílmica del mundo del trabajo, que se alimenta de algunas de sus más ilustres precedentes y que viene a ofrecer nuevas perspectivas sobre el tema en cuestión. Veinte textos escritos, en realidad, por veintidós autores: Daniel Aguilar, Vicente 1. Benet, Nicole Brenez, Michel Cadé, Julián Casanova, Quim Casas, Román Gubern, Carmina Gustrán, Carlos F. Heredero, Covadonga G. Lahera, Carlos Losilla, José Enrique Monterde, Marta Piñol, Álex Quiroga, Jonathan Rosenbaum, Ste­ven 1. Ross, Jorge Ruffinelli, Sergi Sánchez, Marta Selva, Anna Sola, Casimiro Torreiro y Josep Torrell (citados aquí por orden alfabético). 

Veintidós autores a quienes los coordinadores y editores de la presente edición les están profundamente agradecidos por su valiosa contribución. El libro es suyo.

(Introducción de los autores

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