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Buñuel despierta

Escrito por Redacción

bunuel2Buñuel despierta, de Jean-Claude Carrière, Madrid, Oportet ed., 2016, 320 pp. 

Una noche, no hace mucho, abrí de nuevo el libro de Luis Buñuel, Mi último suspiro, que habíamos escrito juntos en 1980, tres años antes de su muerte, y releí, sin fijarme demasiado, el último párrafo.

Dice así:

Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como a la mitad de un folletín. Creo que esta curiosidad por lo de después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que apenas cambiaba. Una confesión: a pesar de mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, acercarme hasta un quiosco de periódicos y comprar unos cuantos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, pegándome a las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, al abrigo tranquilizador de la tumba.

De pronto me dije: «¿Y si lo intentara? ¿Qué pierdo con eso?».

Al día siguiente, una tarde de primavera, compré una decena de periódicos —en español, francés, inglés—, y me adentré, al anochecer, a paso discreto, por las avenidas del cementerio de Montparnasse. Iba lentamente, sin ruido, entre los escasos paseantes, con cuidado de que los vigilantes no reparasen en mí, por si acaso. A veces, cuando me parecía oír pasos, me escondía detrás de un árbol o de una estela. Finalmente, cuando la oscuridad me envolvió, dejé que me encerraran allí.

Cuando Luis vivía en París, siempre se alojaba, y eso desde joven, en el hotel Aiglon, en el bulevar Raspail, en una habitación cuyas ventanas daban al cementerio, que le encantaba.

«Un paisaje saludable», decía, lo cual sorprendía a algunos de sus visitantes. Se paseaba a veces por allí, solo, con un bastón. Incluso llegó a rodar en él una escena de El fantasma de la libertad, aquella en la que el prefecto de policía en persona se aventura por allí, en mitad de la noche, creyendo que ha recibido una llamada telefónica de una mujer muerta y enterrada en ese cementerio.

De vez en cuando, a Buñuel le daba por sentarse en una silla, en su habitación, junto a la ventana, dejando que su mirada se posara al azar sobre las sepulturas; algunos días, durante una hora o dos. Solo miraba las tumbas. En varias ocasiones lo sorprendí en esta meditación panorámica, que interrumpía a duras penas para recibirme y para trabajar.

Aquella noche, pues, me adentré entre las tumbas y llegué hasta la suya. Un panteón cuyo emplazamiento conocía. Sobre la fachada no había ningún nombre. Abrí fácilmente la puerta, algo gastada y oxidada, entré en un olor de polvo viejo, apartando telas de araña, y, sin demasiado esfuerzo, conseguí desencajar la losa sepulcral. Traía martillo y cincel en una bolsa de cuero, y también una linterna y varias velas. Para atenuar el ruido de los golpes, había enrollado un trozo de terciopelo en torno a la cabeza del martillo.

Moví la piedra, que era pesada. Debajo, se abría una cavidad bastante oscura, con seis estantes —tres a cada lado— para albergar los ataúdes. Solo había dos colocados allí. Uno de ellos, bajando a la izquierda, me pareció tan antiguo, tan destruido, casi un montón de restos —quizás estaba allí hacía dos siglos o más—, que no me detuve mucho en él.

El otro era el suyo, estaba seguro. No sé de dónde me venía tal certeza.

Bajé al panteón, encendí una vela que coloqué en uno de los estantes vacíos, aparté más telas de araña (no me dan miedo) y me puse, no sin una vivísima emoción, a abrir el ataúd correcto, acrecentando mis esfuerzos cuando oía el menor ruido. Que nadie se vaya a imaginar que recité fórmulas mágicas o que practiqué alguna necromancia. Nada de eso. Tan solo quería ver. Ver y saber.

Necesité más de una hora de esfuerzos. Un poco de sudor me caía por la frente. Cuando, al fin, la tapa emplomada se levantó y pude arrancarla sin romper la madera, no noté —al contrario de lo que me temía— ningún olor de putrefacción. Solo ese olor persistente a polvo.

En otro tiempo, Luis hablaba bastante a menudo del «olor dulzón de los cadáveres». Me preguntaba entonces y me pregunto todavía hoy de dónde le venía esta expresión. ¿Por qué «dulzón»? En cualquier caso, aquí, en su tumba, no había nada de eso.

Acerqué mi linterna y lo vi. Su rostro aparecía pálido y enflaquecido, ajado por la falta de luz, pero lo reconocí de inmediato: rostro cuadrado, mandíbulas fuertes, mejillas hundidas, cabello ralo. Mantenía los ojos cerrados y, al estar sin vida, no respiraba. Mi mano, que temblaba un poco, hacía estremecerse la luz sobre su frente, sobre sus mejillas. Acerqué mi oreja y la puse sobre su pecho inmóvil: allí adentro no latía ningún corazón. Extrañamente, a primera vista me recordó algunas imágenes de esos personajes incorruptos, cuyos cuerpos se dice que permanecen intactos durante siglos, en el más allá, desprendiendo incluso un olor suave, prueba de santidad.

Lo llamé a media voz:

—Luis…

Nada tembló en su rostro. Esperé unos segundos y dije otra vez, algo más fuerte:

—Luis… Soy yo…

Repetí esas mismas palabras varias veces: «Soy yo… Soy yo…».

A la tercera o cuarta vez, vi temblar el borde inferior de sus párpados. Rápidamente añadí:

—¿Me oyes? Te he traído los periódicos…

Entonces sus ojos se abrieron, muy lentamente, como con prudencia. Repetí:

—Sí, los periódicos…

Al principio, no movió la cabeza, y sus labios permanecieron cerrados. No me miraba. Imposible decir si había empezado a respirar, si su pecho se levantaba. Yo no veía que se moviese nada y tampoco oía ninguna respiración; apenas un suspiro, quizás, aunque no podía asegurarlo.

Apagué mi linterna, aparté un poco la vela a fin de que el resplandor no resultara demasiado intenso para sus ojos, que tal vez temían abrirse. Y, como no quería sorprenderlo o asustarlo, le dije unas palabras más para tranquilizarlo.

Estaba, o al menos así lo creía yo, retornándolo a la vida. Lisa y llanamente. Sin ritual, sin pacto, sin autorización especial. Me sentía menos conmovido de lo que me había imaginado.

Un momento después vi que sus labios cerrados se despegaban el uno del otro y dejaban pasar, aunque muy débilmente, lo que ahora parecía un aliento. Oí, como si los sonidos subiesen desde el fondo de un pozo seco:

—¿Qué?… ¿Qué?…

Hablaba en español, lo que me pareció normal. Pero como cuando estábamos juntos casi siempre hablábamos en francés, continué en este idioma:

—Soy yo… He venido a verte… Sí… Y he traído los periódicos…

Después de un silencio, su voz preguntó, en francés:

—¿Periódicos?

—Sí, revistas sobre todo. De aquí y extranjeras. Para saber lo que pasa en el mundo. Tú decías que eso te resultaría interesante, ¿te acuerdas? Que te gustaría leerlos de vez en cuando. Por el folletín. Los periódicos.

—¿Folletín?

—Sí. Para enterarte de la continuación del folletín.

Lentamente, sin mover la cabeza, volvió los ojos hacia mí, esos ojos profundos, de un castaño dorado que se volvía a veces grisáceo, bastante saltones, a los que antaño no se les escapaba nada y que yo había visto posarse sobre mí cada día, durante horas, a lo largo de veinte años de trabajo en común.

Incliné mi rostro para que pudiera verme.

No sé si me reconoció, no creo, en todo caso no inme­diatamente. Porque yo había envejecido, desde nuestro último encuentro en 1983, dos meses antes de su muerte, en México. Casi treinta años más viejo.

Lo vi aquel día en su casa, en su domicilio de la Cerrada de Félix Cuevas. Pasamos una hora juntos hablando de tonterías, sin ni siquiera tratar de reírnos. Debilitado, solo hablaba con frases cortas y miraba sin cesar su reloj. Cuando quise marcharme, me acompañó hasta la acera. Luis sabía que estaba condenado, que estaba llegando a su fin, a sus últimas semanas, quizás a sus últimos días; y sabía que yo lo sabía. Estábamos viviendo nuestra despedida, esa palabra española que evoca un adiós para siempre.

Fuera, al sol, me miró sin decir una palabra, unos tres o cuatro segundos, y me estrechó en un último abrazo. Al apretarlo contra mí, noté que sobresalían los huesos de sus brazos, de sus hombros. Se separó con brusquedad, dio media vuelta y entró rápidamente en su casa, sin mirar atrás. Regresé solo a mi hotel, que no estaba lejos de allí, a pie.

Yo tenía que regresar a París, al día siguiente o al otro. No volví a verlo más.

(De las primeras páginas del libro) 

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