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Viaje al centro de las imágenes

Escrito por Redacción

PORT-IND-VIAJE05Viaje al centro de las imágenes. Una introducción al pensamiento esférico, de Josep M. Català Domènech, Santander, Shangrila, 2017, 399 pp. 

En la adaptación (2013) que el director soviético Aleksei German realizó de la novela Qué difícil es ser un dios (1964) de Arkady and Boris Strugatsky asistimos al desarrollo cotidiano de un mundo sin pensamiento, situado en un planeta desconocido al que visitan observadores terrestres. Se trata de un mundo pseudomedieval en el que, según parece, aún no se ha producido nada semejante a un Renacimiento ni da la impresión de que este vaya a llegar en un futuro próximo. Sin individualización y sin pensamiento racional, en ese mundo inmerso en una eterna Edad Media los humanos deambulan de un lado a otro sin ton ni son, profiriendo frases lacónicas e inconexas. Sus actos, que no tienen continuidad ni lógica, parecen obedecer a algún oscuro propósito cuyo significado se nos escapa a los espectadores de ese desconcierto. Sin el armazón de unas identidades bien establecidas ni una organización mental mínima, la realidad de esos seres se ha convertido en un turbio flujo inconexo que no tiene ni principio ni fin.

Existe, sin embargo, una diferencia esencial entre la novela y la adaptación fílmica, discrepancia que tiene que ver con algo tan obvio como que en una la narración se estructura esencialmente a través de la palabra y en la otra lo hace mediante la imagen. Como sea que la imagen pertenece esencialmente al régimen de lo imaginario y la palabra, el lenguaje, al de lo simbólico su encuentro es siempre problemático. Por ello, en la película ha desaparecido el mínimo de racionalidad que en la novela se mantiene en pie para el lector gracias a la propia coherencia básica del texto narrativo. Pero si una narración del caos no tiene por qué ser caótica, el caos en sí mismo tampoco puede ser convenientemente narrado: si puede, en cambio, ser mostrado. En la novela, también ayuda al mantenimiento de un cierto orden el hecho de que algunos personajes, por ejemplo, los observadores terrestres inmersos en la ciénaga que es el planeta medieval, conservan hasta cierto punto su racionalidad de origen. En el film, todo esto ha desaparecido. Las imágenes se funden con la niebla y el fango, y la cámara, cuyo movimiento delata el punto de vista de alguno de esos observadores, parece tan ebria como el resto de habitantes de ese mundo apocalíptico. El caos se ha apoderado de todo, no hay separación entre la narración y lo narrado. Lo que en la novela era simplemente absurdo se convierte en onírico en la película. Pero, curiosamente, el sueño resulta más realista que la narración de un absurdo.

¿Es esto lo que nos espera en una realidad como la nuestra en la que se ha derrumbado el andamiaje de la razón, aquel que se empezó a levantar socialmente en el Renacimiento y se afianzó en el Siglo de las Luces? ¿Es este el horizonte al que apunta la posmodernidad? ¿Una nueva Edad Media, encharcada y turbia, como la que profetizaba hace años Umberto Eco en un libro colectivo con un trasfondo ligeramente apocalíptico? La propia evolución de los temas novelísticos de Eco es curiosamente sintomática en este sentido: del ensalzamiento de la razón en medio del oscurantismo medieval en El nombre de la rosa a una oscura y laberíntica trama repleta de confabulaciones en El cementerio de Praga. Se diría que, roto el corsé de la modernidad, vamos derechos al abismo.

No hay que descartar del todo esta posibilidad, la de que estemos a las puertas de un reino de estúpidos, rodeados de máquinas inteligentes. Podría ser. Pero el futuro no depende de la defensa a ultranza de la arquitectura derruida, sino de la comprensión de lo que aparece entre sus ruinas, que no es necesariamente el mundo alucinado que nos presenta de manera tan intrigante la película de German. Sírvanos de aviso, sin embargo, esa descripción insana.

El mundo que nos describe German, donde impera ese fluir inconsistente y esa cháchara pueril a la que también nosotros podríamos vernos abocados, tiene, sin embargo, una curiosa peculiaridad: junto a las chozas, existen grandes edificios que parecen castillos o conventos, los cuales deben haber sido diseñados por algún arquitecto y construidos siguiendo una cierta organización del trabajo; por otro lado, algunos caballeros llevan armaduras o visten ropajes repletos de alambicados adornos que delatan el atento trabajo de algún artesano. También, en algún momento, alguien se detiene ante un muro donde aún pueden detectarse los restos empalidecidos de alguna pintura religiosa. ¿No será que, en lugar de contemplar la necia vida cotidiana de una sociedad que no ha alcanzado aún el Renacimiento, estamos ante los restos de un renacimiento que ya fue y que ha sido olvidado? Se ha dicho que el mundo que nos presentan German y los hermanos Strugatsky no hace sino mostrarnos nuestro pasado, aunque puesto ficticiamente en otro planeta, pero yo creo que más bien nos advierte sobre el futuro que nos aguarda en el nuestro, si no le ponemos remedio.  

 Vivir por entre las ruinas de la Ilustración no nos tiene por qué señalar como descerebrados, si bien todo confabula para que lo seamos. ¿No se parece mucho la cháchara inconsecuente que fluye por Twitter o por algunos chats a esos balbuceos inanes que recorren el medioevo ficticio de la citada película? Desde la invención del telégrafo, de donde proviene el adjetivo telegráfico capaz de calificar a la vez un defecto –casi un vicio–, y una virtud, asistimos a este menguar insistente de la amplitud y densidad de los escritos, solo paliada por una afluencia equivalente de la imagen no siempre convenientemente aprovechada.  Por otro lado, estamos siendo convertidos en simple fuerza de trabajo a la que hay que cuidar, sin excesos, mientras sea útil. A nadie le interesa la inteligencia si no está al servicio de una economía que solo se sirve a sí misma y, de rebote, a quienes la controlan. Es la maquinaria capitalista la que por un lado diseña una realidad moderna y resplandeciente, mientras que por el otro enloda la mente de la humanidad con una promoción artera de esas conquistas. ¿Dónde está la salida? ¿En una economía de encefalograma plano como postulan algunos críticos del crecimiento y el consumo? ¿En los delirios de un poshumanismo que celebra la posibilidad de que las máquinas tomen la alternativa de los humanos? ¿En una revolución sin utopía? Nada de esto nos asegura que no acabemos como zombis que deambulen sonrientes y sin rumbo fijo por inmensos centros comerciales. Parece que en lugares como Dubai o Qatar ya es así: miseria moral e intelectual entre grandes rascacielos posmodernistas.

Nos debemos preguntar pues hasta qué punto el problema reside en el desplome de determinadas estructuras mentales; hasta qué punto la alternativa a la Razón ilustrada solo puede ser la estupidez. Si como digo, el mundo que nos muestra la película de German no es un mundo subdesarrollado, sino un mundo ultradesarrollado que ha superado un punto de no retorno, puede que la falta de consistencia de las conductas que contemplamos en ella con reparo no sea más que lo que queda de una forma superior de razonar que en algún momento pasado fue efectiva. Podría ser que fuera así, de la misma manera que la velada silueta de una virgen que subsiste en la superficie de un muro de ese mundo medievalizante no pertenece a la hecatombe sino al mundo anterior que ha sido engullido por ella. 

Si hay que recuperar algo de un apocalipsis que sucedió sin que nos diéramos cuenta, puede que esto no sea el orden, sino el caos. Imaginemos una historia que, además de desarrollarse en el tiempo, se expande también por el espacio. En ella, no solo es importante el pasado, sino también los presentes alternativos. El tiempo que impele esta historia no nos lleva al futuro ni nos permite retrotraernos al pasado, sino que se despliega en círculo de una a otra de las diferentes capas que componen el ahora de forma efectiva o latente: hay algunos momentos actuales que dejaron de ser primera posibilidad pero que todavía están vigentes como una alternativa cercana. No hay que esperar el paso del tiempo para que algo sea efectivo, sino que basta un giro, un movimiento, la duración de un gesto, para que el vaticinio se cumpla.

La misma fuerza que desmonta la razón puede levantar, pues, otro razonar alternativo, pero no lo hace. El potencial positivo se vuelve entonces pernicioso y pasamos a descender, cuando podríamos estar ascendiendo. O lo que es peor, nos vamos sumiendo en el abismo mientras que la visión temporal de la historia nos pretende convencer de que ascendemos al reino de los cielos. Pero, en realidad, no nos hemos movido de sitio, simplemente hemos cambiado de nivel. Y a nuestro alrededor, arriba o abajo, a derecha o a izquierda, en cualquier lugar de una amplia zona intemporal o donde el tiempo transcurre en círculos, reside la realidad que debería poder ser si fuéramos capaces de enderezar lo que otras fuerzas han logrado torcer.

Si nos ponemos a razonar desde el caos, en lugar de añorar un antiguo orden que se aniquiló a sí mismo, ¿dónde desembocaremos? ¿En el Renacimiento que presienten o añoran algunos de nuestros coetáneos o en otra región absolutamente distinta? Si recuperamos el valor del pensamiento y su capacidad plena y añadimos el poder de la reflexión consciente y escrupulosa al magma que parece expandirse sin forma en todas direcciones, puede que aparezca una región portentosa de la realidad que no podía adivinarse entre las férreas estructuras de la lógica anterior al desbarajuste. Pero quizá me he expresado mal: no se trata de aplicar al caos las fórmulas del pensamiento perdido, sino de extraer del caos un nuevo pensamiento. Esta operación resulta mucho más difícil que la otra, pero es mucho más fructífera. Y para efectuarla, no hay que desplazarse muy lejos, basta con darse la vuelta y mirar hacia el nuevo horizonte que la acción, más que descubrirnos, ha constituido. La realidad actual está estructurada a través de este tipo de nodos, de una multitud de puntos de inflexión, de clavijas que, al ser manipuladas, invierten el sentido y la dirección de los acontecimientos. Lo cierto es que prácticamente todos los elementos del mundo real tienen este doble fondo y, conforme la tecnología va incorporando nuevos dispositivos, que forman redes y enredan a veces lo anterior, estos puntos de inflexión proliferan como nunca antes lo habían hecho, con la diferencia de que, ahora, cuando operamos una clavija no es un solo objeto o una sola instancia la que gira sobre sí misma, sino una constelación entera. De hecho, nunca la revolución había sido tan fácil como ahora que parece imposible. 

Llevo algún tiempo abogando por las virtudes del modo ensayo como la forma más adecuada para exponer en la actualidad el pensamiento, como la mejor manera de describir la realidad compleja en la que estamos inmersos. Asimismo, he teorizado sobre la aparición de un nuevo tipo de imagen, fluida e interactiva, que supone en el campo de la tecnología, especialmente la digital, el dispositivo correspondiente a la forma ensayo: se trata, de la imagen interfaz. En ambos casos nos encontramos ante formulaciones fluidas portadoras de un pensamiento denominado débil y una lógica tildada de difusa. Muy probablemente el lector se estará preguntando si estas formas indeterminadas de pensamiento no se corresponden con el estado de perenne confusión que Aleksei German nos muestra en su película. No cabe duda de que puede ser así, pero solo en un primer estadio del proceso, el de la descomposición de las estructuras anteriores, que desembocará ineludiblemente en un cenagal si, en el transcurso del mismo, se diluye la conciencia. Necesitamos urgentemente adaptarnos al nuevo entorno, como el primer pez que salió del agua y tuvo que desarrollar nuevas formas de respirar, nuevas maneras de trasladarse, de ver y de oír. De lo contrario, si nos quedamos en la añoranza de lo perdido, nada evitará que no sumerjamos en esa Edad Media prototípica, mucho peor que lo que realmente fue nuestra Edad Media histórica.

Adaptación es el concepto clave en este contexto. Hace algún tiempo, se puso de moda hablar de hibridación y de mestizaje, dos formas de entender la creciente impureza del pensamiento, el arte y la propia realidad contemporáneos. Hibridación y mestizaje eran dos maneras de empezar a comprender la complejidad. Pero hablar de adaptación significa avanzar un poco más por este camino.  

Plantearse hoy los problemas de la adaptación es ir mucho más lejos que los simples mecanismos por los que un tema pasa de un medio a otro; significa dejar atrás fronteras artificiales que nos llevaban a actuar y pensar lineal y mecánicamente y que, en consecuencia, acababan por eliminar toda actuación y todo pensamiento, convertidos en simples engranajes no humanos. La diferencia entre el mundo de German y el de la modernidad agotada es el mismo que existe entre un imponente castillo y el foso de aguas cenagosas que lo rodean. Ambos forman un conjunto, ninguno de cuyos elementos tiene futuro en un mundo que debe ser racional de otra forma.

La adaptación, tal como yo la concibo, no conduce, como lo híbrido, a un collage de factores dispares; ni desemboca, como el mestizaje, en una mezcla indiscriminada de los mismos. La adaptación es, por el contrario, un proceso: el proceso que llevaría, de culminarse, a una hibridación o a un mestizaje, a una mezcla o un resultado concreto. Se trata, sin embargo, de un proceso que no termina nunca, un proceso puro, convertido él mismo en finalidad. Adaptar implica instalarse permanentemente entre los dos o varios polos de una traslación, situarse en unos intersticios que están siempre en movimiento porque es en el movimiento donde reside el motor de la reflexión. La máxima agustiniana del solvitur deambulando, es decir, la idea de que los problemas se resuelven caminando, a través del desplazamiento, implica en síntesis esta relación primordial entre el movimiento y el pensar. Si traducir –otra forma de adaptar– es trasvasar significados de una lengua a otra, la adaptación implica la lengua media que se crea entre esas dos durante el proceso de traducción. Es una operación intersticial constantemente activada por el trabajo que supone la conciliación entre elementos diversos, sin privilegiar ninguno de ellos, sin que ninguno sea punto de partida ni punto final: no es posible detener el transcurso de la adaptación porque el resultado desembocaría siempre en lo inadaptado, es decir, en lo ajeno a la zona intermedia, al espacio que pertenece a un lado de alguna de las fronteras que rodean el territorio en constante ebullición de las adaptaciones.   

Existe un término empleado principalmente en la física cuántica que nos puede ayudar a comprender los procesos de la adaptación. Se trata de “entanglement”, que tanto puede traducirse como “enredo” que como “entrelazamiento”. Esta dicotomía ilustra perfectamente la situación en la que se encuentran los conceptos en la actualidad, la existencia de esas encrucijadas de las que hablaba antes: concurren en el ámbito social, entendido este en un sentido muy amplio, posibilidades y realidades de “entanglements” que implican un enredo, y por tanto nos retrotraen a la Edad Media prototípica, la del filme de German. Pero, al mismo tiempo, constan posibilidades y realidades de “entanglements” que suponen, por el contrario, entrelazamientos, y estas nos llevan a una nueva forma positiva, y progresista, de contemplar la realidad.

Suscribo la posición de la física y teórica del feminismo estadounidense Karen Barad cuando afirma que no está interesada «en contribuir a romantizar o mistificar la teoría cuántica» [1] al desplazar el concepto de “entanglement” desde la física a las ciencias sociales. Como científica, lo que le interesa a Barad es, según dice, «el compromiso con un diálogo riguroso acerca de los aspectos particulares de discursos específicos de la física cuántica y sus implicaciones». [2] Yo también considero que existe una conexión intrínseca entre los distintos tipos de pensamiento que circulan por nuestra cultura, y que, por lo tanto, las implicaciones de cada uno de ellos alcanzan a todos los demás. No tiene sentido, ni es honesta, la postura de esos científicos que pretenden blindar cada disciplina para evitar cualquier tipo de contaminación, como si la realidad pudiera almacenarse en una lata de conservas. También Mieke Bal, al referirse a lo que denomina conceptos viajeros, abunda en esta condición transversal o expansiva del pensamiento y los productos culturales. Los conceptos, según Bal, «no solo viajan entre disciplinas, lugares y tiempos, sino también dentro de su propia conceptualización, en este caso, viajan guiándose por los objetos que encuentran». [3]

El término “entanglement” designa en la física cuántica la situación en la que se hallan dos o más objetos que muestran un estado único capaz de involucrar a todos los elementos del sistema, aun cuando estén separados espacialmente. Si representamos visualmente estos entrelazamientos, veremos que aparece en ellos la posibilidad de establecer circuitos capaces de recorrer de formas diversas el sistema general de los objetos a los que conectan de muchas maneras diferentes. Se trata de conjuntos que podríamos equiparar al concepto de “constelación” que teorizaron Adorno o Benjamin. Estos entrelazamientos forman un tejido que puede activarse de distintas maneras a través de la formación de los circuitos pertinentes. Los circuitos no son, por lo tanto, estables, sino que dependen de los flujos instituidos entre los contactos pertinentes: cada nuevo circuito cambia la polaridad del sistema en su conjunto. El concepto de adaptación se aplicaría a estos cambios de estructura del sistema en el momento en que los circuitos internos, los flujos, se distribuyen a través de nuevos contactos. El sistema se desarrolla pues a través de constantes estados de adaptación.

La variedad de teorías que componen el panorama del saber contemporáneo, así como la multitud de conceptos que las mismas generan y que, por regla general, se mantienen alejados unos de otros sin ningún viso de operatividad común, nos indica la necesidad de plantear esta vasta geografía intelectual desde la perspectiva de una serie de entrelazamientos y sus pertinentes adaptaciones.  

Parece pues imprescindible proponer una teoría general de la adaptación, algo que espero justificar más ampliamente en las páginas que siguen. Pero quisiera poner sobre la mesa, antes de empezar, un motivo que puede resultar comprensible para todos, científicos y no científicos por igual. Se trata de un problema de urgente solución que expone uno de los especialistas en la transdiciplinariedad:

En una editorial, publicada en el año 2000 en el “Journal Nature Neuroscience”, se hacía referencia al creciente problema que tienen los expertos y los científicos para entenderse entre ellos. Se señala el hecho de que, en tiempos de Darwin, era posible escribir un libro que era a la vez un informe científico y un popular bestseller. Hoy en día, sin embargo, esto es un ideal muy remoto. No tan solo es difícil comunicar las ideas científicas al público en general, sino que los mismos científicos parecen tener una creciente dificultad para comunicarse entre ellos. Incluso en biología, los investigadores de diferentes áreas de especialización son con frecuencia incapaces de comprender lo que publican los demás. Estamos siendo testigos de lo que podría denominarse un big bang disciplinario. [4]

Esta explosión en el terreno de las disciplinas es como una nueva Torre de Babel que expele a sus constructores y sus confusas lenguas en todas direcciones. Una multitud de grupúsculos se separan cada vez más unos de otros en dirección a un infinito donde les espera el vacío absoluto. Es obvio, pues, que la solución no se encuentra ya en el desmantelado territorio de las disciplinas, sino que hay que buscar un nuevo espacio epistemológico, el cual debe articularse a través de la idea de adaptación trabajada en multitud de sentidos y un ámbito ontológico renovado.

Nuestra cultura lleva años experimentando con formas epistemológicas novedosas, en busca de una disposición distinta del conocimiento. Ya se ha hablado no solo de hibridación o mestizaje, de interdisciplinariedad o transdisciplinariedad, sino también de pensamiento nómada y de pensamiento archipiélago, por citar solo los conceptos más conocidos. Todas estas metáforas persiguen pensar desde la complejidad, intentan darle cuerpo. Pero todas ellas rinden aún algún tipo de pleitesía al mundo de las disciplinas y las especializaciones. El concepto de adaptación que estoy acuñando pretende dejar atrás este universo, ya que pone al descubierto otro mundo, un nuevo territorio donde las formas de conocimiento anteriores están siendo transformadas.

¿Cuán cerca o con cuán lejos nos encontramos del dialogismo de Bajtín? Estamos cerca porque el dinamismo del diálogo entre diversas voces que está en el corazón de las ideas del pensador ruso es un factor determinante de la adaptación, pero a la vez nos encontramos lejos, puesto que Bajtín se refiere esencialmente al lenguaje y mi idea sobre la adaptación, por el contrario, pone el énfasis en la imagen, en lo visual, en íntima relación con la tecnología. Es más, mi concepción de los procesos de adaptación es activa, pretende ser una forma de pensamiento, un estilo científico, si se quiere, mientras que el teórico del dialogismo solo busca en principio establecer un método de crítica textual, basada en un determinado diagnóstico sobre la construcción de los textos. Mi idea de la adaptación va más allá del establecimiento de los mecanismos interactivos que generan el conocimiento en una cultura o de la detección de la variedad de voces de todo tipo que circulan en el interior de un producto cultural determinado. Todo ello es importante tenerlo presente, pero de lo que yo estoy hablando es de una toma de conciencia de estos mecanismos y de un sistema de pensamiento activo basado en ellos. Bajtin, como muchos pensadores de la modernidad, se sitúa fuera del objeto que estudia, lo contempla desde una perspectiva que no se compadece exactamente con la forma de la fenomenología estudiada. En general, los métodos tienen esta particularidad esencial que permite, u obliga, a situarse al que los adopta en una región mental distinta a la que detecta en su objeto de estudio. Es cierto que lo contrario es peligroso, pero quizá empieza a ser necesario. Habrá que hacerse a la idea de que es preciso aprender a pensar peligrosamente. Señalaba Cassirer, cuyo pensamiento  urge reconsiderar en un momento en que se requiere la construcción de unas formas de pensar no solo complejas sino también sutiles, la necesidad de plantearse un tipo de simbolización que, en lugar de regular el tránsito entre lo general y lo particular despojando a estos ordenes de sus cualidades sensoriales para transformarlas en términos puramente cuantitativos (como hace por ejemplo la física), fuera capaz de pensar esas relaciones sin necesidad de transferirlas a otra esfera intelectual donde las cualidades se convierten en cantidades. [5]

 Me he planteado hablar pues aquí de la adaptación de una manera muy amplia, aunque sin desdeñar algunos de los problemas de esta técnica entendida en su forma más habitual, ya que estos mecanismos tradicionales forman parte del nuevo dispositivo, nos ayudan a comprenderlo. Pero lo que realmente pretendo es establecer los parámetros de una forma de pensar que pueda salvarnos a la vez de los rigores del castillo y de la insania del cenagal. Para conseguirlo, es necesario reconocer, sin embargo, que hemos salido de la fortaleza y que nos hemos adentrado en la ciénaga. Esto es fácil de comprobar, basta con que miremos a nuestro alrededor para ver que por todas partes los pilares de la sociedad que conocíamos se están derritiendo como la cera. No se trata sin embargo de regresar al baluarte, sino de elaborar una ética y una estética que permita navegar por los pantanos, esperando construir en ellos un nuevo tipo de vida mucho más avanzado que el que se basaba en una epistemología feudal. O para decirlo desde la perspectiva de la historia espacializada que propugnaba antes: la fase castillo y la fase pantano, superpuestas como están, deben ser ambas sustituidas, han de ser envueltas con otra fase cuyos valores los esconde actualmente la putrefacción de las otras dos. No se trata ni de ir hacia atrás en el tiempo, ni de avanzar hacia un futuro incierto, sino que basta con reorganizar lo que existe, pero hay que hacerlo intensamente. No es cuestión de proteger la vela ni de mantener la llama que la derrite, sino que es necesario aprovechar el flujo de la cera incesantemente licuada que resulta de la interacción de ambos factores. Señalaba Barthes que la particularidad de una imagen del infierno descrita por el místico belga Jan van Ruusbroec era la haber imaginado no el calor de infierno, sino el sudor de los condenados. Contando la historia de un monje que murió en pecado y luego se apareció a sus compañeros, decía Ruusbroec que «el muerto extendió su mano y dejó caer una gota de sudor sobre un candelabro de latón. El candelabro se fundió en un instante como la cera en un horno ardiente». [6] Este sudor ardiente que funde la realidad aprovechando el infinito calor del infierno es la imagen que mejor conviene a un tipo de pensamiento líquido que fluye entre sólidos.

La mayor revolución se alcanza en la actualidad viendo las cosas de forma distinta. No se trata de cambiarlo todo, ya que, cambiándolo todo, no cambian nada, como decía el personaje de Lampedusa y tal como se desprende de la experiencia histórica. Se trata, por el contrario, de ir cambiando cada cosa, cada objeto, cada costumbre y cada situación: darles la vuelta para descubrir, en el reverso hasta ese momento inadvertido, la parte revolucionaria que tienen todas las cosas. Incluso las más terribles y despreciables contienen un punto de redención que nos puede aleccionar. Se precisan nuevos ojos para estas operaciones. Y mucho coraje porque todo parece ir en dirección contraria, impulsado por unos supuestos revolucionaros de nuevo cuño que no son más que corderos con piel de lobo.

En las dos últimas décadas he intentado, no sé si con el coraje suficiente y el acierto adecuado, darle la vuelta a muchas cosas conocidas, empezando por el concepto de imagen. Me he propuesto colocarme del lado de la complejidad, de la que mucho se habla pero sin practicarla demasiado, a menos que sea para crear nuevas certezas que seguir imponiendo. La complejidad es un concepto abierto que requiere que sea mantenido siempre en expansión, no vale pues convertirla en sistema, como hacen los ingenieros de lo complejo. Hablar de imagen compleja es pues abrir cada imagen como si en ella pudiera contenerse todo el cosmos.

He procurado ampliar pues la comprensión de las imágenes poniendo de relieve su estructura compleja. Lo he intentado estudiando el movimiento que aparece en ellas cuando se tecnifican, y procurando comprender también sus aspectos emocionales, más allá de los tópicos que corren sobre estas cuestiones. Para ello adopté el concepto de melodrama, extrayéndolo del cajón de sastre de los géneros cinematográficos y aplicándolo directamente al realismo.

Una imagen compleja equivale a una realidad compleja, por ello he procurado examinar el cine documental más allá de los límites que marca su clasicismo. He considerado que era en el documental donde la complejidad de la imagen encontraba su mejor asiento, ya que desde allí podía efectuarse el asalto a la realidad establecida que nos venda los ojos. Esta entrada en el documental complejo venía facilitada especialmente por el film ensayo, donde culmina el concepto del ensayo como modo de expresión y como modo de pensamiento, el más adecuado para una era en la que la ciencia, a fuerza de abstracción, ha perdido pie y se ha convertido en una fábrica de objetos matemáticos que los gobiernos y las empresas manejan a su antojo. El ensayo es la sede del pensamiento genuino, precisamente porque su desarrollo se basa en un movimiento constante en todas direcciones, como sucede en el propio documental contemporáneo. Este movimiento de las imágenes enlaza la representación de la realidad con el sujeto y se convierte en la antesala de un nuevo tipo de representación visual, ligada al concepto de interfaz. La imagen-interfaz, imagen fluida y compleja, supone un salto cualitativo con respecto a las antiguas imágenes-espectáculo. La interactividad instaura una conversación entre la tecnología, el sujeto y la representación, de manera que, con esta alianza, el audiovisual se convierte en un instrumento de pensamiento heredero del ensayo visual y escrito. Parece que fuera en el campo de los videojuegos donde las interfaces alcanzan ahora su máxima capacidad de desarrollo, pero les ha salido últimamente un competidor en los webdocs, los documentales interactivos de la web adónde van a confluir todos los elementos que he señalado: la complejidad, la representación o construcción audiovisual, las emociones, el movimiento, la interfaz. Todos estos nuevos conceptos convertidos en dispositivos (o dispositivos convertidos en conceptos) se combinan para dar cuerpo a una nueva forma de pensar que aún debe ser aprendida.

De esta manera, a través de estos diversos planteamientos efectuados por medio de diferentes ensayos personales, llego ahora a un nuevo umbral: el de las imágenes inmersivas, imágenes en las que se puede entrar como quien entra en un templo o quien interpreta una obra en un escenario teatral. La arquitectura y el teatro se alían por lo tanto con el cine para conducirlo incluso más lejos de la frontera alcanzada ya por su heredero natural, el videojuego. Se adivina con ello la necesidad de una nueva dramaturgia de los ambientes activos, de las atmósferas pensantes; una puesta en escena de los hologramas y las realidades aumentadas, una sensibilidad para las formas escultóricas virtuales que permitan, como decía Tarkovski, esculpir efectivamente el tiempo y con él también el espacio para finalmente esculpir asimismo el pensamiento. Se trata de alcanzar de esta manera una forma musical de las representaciones, una forma que, como el sonido, llene todo el espacio con un conglomerado que sea a la vez visual, emocional y significativo: una música visible de las imágenes y la tecnología en íntima relación con una realidad que debe ser constantemente interpretada, que requiere del flujo de la adaptación para progresar indefinidamente. Se precisa por consiguiente poner las bases para un pensamiento esférico, que es lo que he pretendido hacer en este libro.

Barcelona, octubre de 2016

 

NOTAS

1. Barad, Karen, Meeting the Universe Halfway. Quantum Physics and the Entanglement of Matter and Meaning, Londres: Duke University Press, 2007, p.68.

2. Ib.

3. Bal, Mieke, Conceptos viajeros en las humanidades. Una guía de viaje, Murcia: Cendeac, 2009, p.66.

4. Max-Neef, Manfred A., “Foundations of transdisciplinarity”, Ecological Economics 53 (2005), p.10

5. Skidelsky, Edward y Cassirer, Ernst, The Last Philosopher of Culture, Oxford: Princeton University Press, 2008 (edición electronica).

6. Barthes, Roland, Sade, Fourier, Loyola, en Oeuvres complètes III, París: Éditions de Seuil, 2002, p.744.

[Introducción del autor]

 

ÍNDICE

Introducción

 

Capítulo I: ELOGIOS

Elogio del pensamiento

Elogio de la comunicación

Elogio de la complejidad

Elogio de la adaptación

Elogio de los intersticios

Elogio del documental

Elogio de la ética

Elogio del catastrofismo

Elogio de las formas

Elogio del elogio

 

Capítulo II: Ontologías blandas

Espacios de pensamiento

Pensar en redondo

La esfera y el tiempo

El ambiente como imagen

La estrategia de los híperlugares

La escalera de Jacob

Hacia el corazón de las tinieblas

 

Capítulo III: LA TORRE DE BABEL

En los confines de la didáctica

Una epistemología de la abundancia

La imaginación adaptativa

El carnaval de los medios

 

Capítulo IV: LA FERIA DE LAS VANIDADES

Cine barroco

Metaestructuras fluidas

Cómo hacer navegables los medios

 

Capítulo V: EL MUNDO GIRA

Alegorías evanescentes

¿Por qué el documental?

El cine de lo real y sus secretos

Los giros del documental

 

Capítulo VI: FORMA Y CONOCIMIENTO

El pensamiento de las estrellas de mar

La danza de los siete velos

Disfunciones y deformidades

El derecho a la apariencia

La trama celeste

 

Capítulo VII: OCULARIZACIÓN TECNOLÓGICA

Ecologías de la representación 

La pereza de las formas

La atmósfera del Guernica

El cine cuerpo

Imágenes y territorios

Imágenes fluidas

La ironía visual del dinero

Estética geopolítica

Mimesis

Tecnología y realidad

Esfericidades

Las formas del concepto

 

Capítulo VIII: EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

Ciencias y conciencias

Écfrasis y ensayo

La bancarrota de las disciplinas

Constelaciones mentales

 

Capítulo IX: EL MOVIMIENTO PERPETUO

Saturno devora a sus hijos

Formas del movimiento

El movimiento-imagen

Un largo viaje

La furia de Orlando

 

Capítulo X: EL PENSAMIENTO ESFÉRICO

Lugares para soñar despierto

Redes para un mundo esférico

Flujos para hacer mundos

Ontologías móviles

Cuerpos tecnológicos

Sonidos visibles

 

Capítulo XI: LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA RAZA HUMANA

El paisaje y el horizonte

El fervor de la utopía

Humano, demasiado humano

La invasión de los ladrones de cuerpos

El ciberespacio como obra de arte total

Habitar la metáfora

Más allá de todo

Apresúrate despacio

 

EPÍLOGO

 

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