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Bette & Joan: ambición ciega

Escrito por Redacción

Bette2Bette & Joan: ambición ciega de Guillermo Balmori, Madrid, Notorious Ediciones, 2017, 240 pp.

“Procedían de clases sociales muy distintas, y las raíces siempre afloran. Bette provenía de un contexto teatral, Joan había actuado quizá en un par de parodias antes del cine. Cuando lo ponderabas bien, Bette era una señora, y Joan Crawford no. Resultaba irónico porque Bette blasfemaba y alborotaba, mientras que Joan era un dechado de gazmoñería y refinamiento, pero la clase emergía. Joan fingía beber agua cuando en realidad era vodka, y en público pillaba unas melopeas de idiota. Bette jamás lo habría hecho. Siempre que me llamaba, Crawford solo sabía hablarme de detalles íntimos de sus problemas de salud. Le faltaba categoría”. Son palabras de la cronista Judith Crist, que entabló amistad con Bette Davis y Joan Crawford –por separado, claro– a mediados de los años sesenta.

Lo que apunta la señorita Crist es una gran verdad y va directamente al meollo de la cuestión en lo que al problema Davis/Crawford se refiere. Efectivamente, Joan Crawford no era una señora. No lo fue nunca… y mira que lo intentó. Ese fue su drama.

Joan Crawford se obsesionó con ser, o al menos parecer –con eso le hubiese bastado– una gran señora. Como toda nueva rica que viene de abajo –bien sabe Dios que ella venía de muy abajo–, su obsesión era tener “clase”. Y como toda nueva rica con esa obsesión, jamás lo consiguió, claro. Lo intentó primero al casarse con el delfín de la realeza hollywoodiense, y por ende norteamericana, Douglas Fairbanks Jr., pero nunca fue admitida en el reino de Pickfair. Lo intentó aliándose con Adrian, modisto estrella de la Metro Goldwyn Mayer, para que crease para ella un vestuario de ensueño. Lo intentó envolviéndose en joyas y pieles. Lo intentó con historiados sombreros y con una lujosa mansión, con paredes de color Tiffany´s, en el fastuoso vecindario de Brentwood. Lo intentó haciendo de su buen amigo Bill Haines su decorador personal… Lo intentó, lo intentó y lo intentó. Esa es la verdad.

El problema y, por supuesto la gran cualidad de Joan Crawford, fue que le gustaba demasiado ser estrella de cine. Y ser estrella de cine como a ella le gustaba ser estaba reñido con la “clase” que buscaba. La ostentación, el oropel, la publicidad, la aclamación pública… Ese era el mundo de Joan Crawford. En realidad no había ni tiempo ni lugar ni oportunidad para ser una gran dama, pero, a la vez, el hecho de que lo anhelase con tanto ahínco no deja de ser una parte lógica, y por supuesto deseable, de su propio mito. Bendita seas, Joan.

Efectivamente, Bette Davis provenía del teatro. No era una cabaretera como Joan. La dignidad siempre la acompañó y no tuvo necesidad de buscarla y mucho menos exigirla. Venía así de fábrica. Davis no es que descendiese de una familia rica ni de gran prestigio social. Ni mucho menos. A decir verdad, procedía de un entorno desestructurado en el que el padre había huido del hogar repentinamente dejando desprotegidas a su esposa y dos hijas. Pero la madre logró salir adelante con dignidad y transmitió seguridad y determinación a sus dos pequeñas. Bette Davis llegó a Hollywood siendo actriz y como tal ejerció desde el principio, a veces incluso con obsesión enfermiza. La Davis construyó su personalidad cinematográfica un poco a la contra de todo aquello que Joan Crawford personificaba: las pieles, las joyas, los vestidos caros, las casas ostentosas de Beverly Hills… Despotricaba de lo que significaba ser la típica estrella de Hollywood, pero lo cierto es que ella también lo era, y al final posaba para la prensa, se vestía con sedas y mostraba la imagen que el estudio quería, igual que hacía Crawford… pero lo hacía a disgusto. O al menos eso decía ella. Hasta qué punto este desprecio por el oropel hollywoodiense era una pose (incluso obligada para una mujer incapaz de transmitir el glamour de Crawford, aunque lo hubiese deseado) o algo real, puede que no lo tuviese claro ni la propia Davis, pero lo cierto es que así forjó su personalidad de estrella a lo largo de toda su carrera. Como bien dijo una vez Crawford refiriéndose a ella: “Cuando una no es bella ni glamourosa, la solución no es obsesionarse por aparecer lo menos agraciada posible” Y puede que tuviese razón. El regodeo de Davis en aparecer en pantalla a veces poco atractiva, queriendo con ello fortalecer su imagen de gran actriz, no sabemos si en el fondo era más una especie de rabioso “cuanto peor, mejor” al verse incapaz de llegar a alcanzar el glamour destellante de otras estrellas de su época. Hacer de la necesidad virtud, vamos. Cierto es, sin embargo, que, en la mayoría de las películas de sus años gloriosos, la imagen de Bette Davis siguió las directrices del Hollywood dorado y su presencia no fue en absoluto carente de glamour. Todo lo contrario.

Bette no daba importancia al hecho de ser una señora porque ya lo era. Joan se moría por ello y sabía que Bette lo era. Y, claro, Bette también sabía que Joan no lo era. Esto le hacía partir con ventaja, porque ella tenía lo que su rival quería y jamás lograría. Pero entonces ¿cómo es que llegaba siquiera a considerarla rival? Porque lo cierto es que así la consideró siempre. Bueno, porque en el fondo Joan también tenía algo que Bette anhelaba y que la intranquilizaba: ese glamour mundano de estrella de cine. Bette era la actriz pero Joan era la estrella. Siempre estaba perfecta, siempre quedaba bien con todo el mundo, sabía lo que tenía que decir y hacer en cada momento. Por supuesto, todo aquello resultaba falso y acartonado frente a la sencillez de Davis, pero ciertamente era fascinador. A la propia Bette le fascinaba.

Joan Crawford siempre admiró a Bette Davis mucho más que Davis a Crawford. Bette Davis despreció a Crawford más que Crawford a Davis. Bette se sentía superior a Joan y Joan inferior a Bette. Y aunque bien es cierto que Davis podía tener ciertos celos del glamour de Crawford, la base del problema entre ambas fue que, como decía Judith Crist, Bette Davis era una señora y Joan Crawford no. Crawford vestía impecable y hablaba pausada y con delicadeza, pero no era una dama, y lo sabía, de ahí su empeño desesperado en parecerlo. Bette iba más desaliñada y vociferaba cuanto podía, pero tenía clase. Como bien sentenció un crítico de la época, Bette Davis fue la gran sádica de Hollywood y Joan Crawford la gran masoquista. En el fondo, se compenetraban.

(Introducción del autor)

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