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Pasiegos del futuro, según M. Gutiérrez Aragón

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

ojodelcieloCon esta cuarta novela de emblemático título El ojo del cielo Manuel Gutiérrez Aragón ratifica dos decisiones radicales tomadas hace un decenio, casi en la edad de su jubilación legal: abandonar el cine y dedicarse a la literatura. Se trata de decisiones arriesgadas pero coherentes una con otra: no es fácil dejar una profesión en la que te ha ido bien –e incluso en la que has alcanzado un prestigio y reconocimiento notables- durante treinta y cinco años para iniciarte en un campo tan competitivo y saturado como el de la novela. Pero, al mismo tiempo, ¿qué mayor continuidad para un narrador de relatos audiovisuales que seguir contando historias, ahora a través de palabras?

En el debate interminable sobre literatura y cine se suele discutir el valor (éxito o fracaso) de las adaptaciones, siendo muy frecuente el balance de aquellas películas que no añaden nada a la novela original o, peor aún, la traicionan por la vía del abaratamiento, con la esquematización de personajes, adelgazamiento de la trama y, en general, menor profundidad y entidad estética en el resultado. Menos se suele hablar de los cineastas escritores (o viceversa): creadores que han compatibilizado la literatura y el cine para sus piezas, de forma indistinta o haciendo más hincapié en uno de los medios.

Ahí están novelistas y dramaturgos con algunas películas como Jean Cocteau, Sam Sephard, Norman Mailer, Peter Handke, David Mamet, André Malraux, Alain Robbe-Grillet, Marguerite Duras o Susan Sontag; y cineastas con una obra literaria consistente, como Pier Paolo Pasolini o, en nuestro país, Edgar Neville, Jesús Fernández Santos, Fernando Fernán-Gómez o Gonzalo Suárez. Pero hay una tercera especie, la de cineastas que se jubilan del cine –siempre exigente y lleno de incertidumbres a lo largo de todo el proceso de producción y con el público cambiante al cabo de los años- para dedicarse a la escritura: Jean Renoir compone una obra teatral, una biografía de su padre, recopilación de ensayos, sus propias memorias y varias novelas. Por tanto, no es nada excepcional esta trayectoria del cineasta torrelaveguense, novelista de piezas condensadas y poéticas, refractarias a toda verborrea y poseedoras de raíces personales y antropológicas.

Como sus tres trabajos anteriores, El ojo del cielo es una novela breve con capítulos de pocas páginas, casi un esquema para un guion de cine, aunque se trate de un texto estrictamente literario, con ribetes poéticos y trazos de autoconciencia muy propios de la novela actual. Al igual que la anterior, Cuando el frío llegue al corazón, está ambientada en los valles pasiegos, territorio de supervivencia y de jóvenes que han de hacerse a sí mismos; y con la película La vida que te espera (2004) forman una trilogía pasiega fílmico-literaria, como hacía notar el editor Jorge Herralde en la presentación en el Museo Thyssen. El protagonista y narrador de Cuando el frío llegue al corazón, un muchacho llamado Ludi Rivero Pelayo, es ahora el joven periodista Ludi Pelayo Pelayo. Se erige en narrador de la mayor parte del relato, aunque se trate de un falso narrador-personaje, pues no es testigo de los sucesos contados.

Ludi es reponsable de menos de la mitad de la veintena larga de breves capítulos; el resto corresponden a su novia Valen y a la hermana de ésta, Bel. Una tercera hermana, Clara, cierra el relato con un episodio trágico en el penúltimo tramo. Esta plurifocalización con breves sucesos, apenas apuntes de historias que podrían desarrollarse, son coherentes con las películas de Manuel Gutiérrez Aragón, que siempre evitan la narración lineal con personajes unívocos y desarrollos dramáticos estándares a favor de un relato más deshilachado, impresionista, donde coexistan sucesos reales, históricos, con elementos mágicos o maravillosos: Sonámbulos (1978), El corazón del bosque (1979) y, sobre todo, Maravillas (1981) se sitúan en esa perspectiva.

Hay en esta novela otras huellas de la filmografía del director cántabro: las tres hermanas que crecen con una madre autoritaria y un padre misteriosamente ausente nos recuerdan la historia escrita con Gracia Querejeta Cuando vuelvas a mi lado (1999) y, cambiando los roles de padre y madre, es un esquema similar al de La vida que te espera, asimismo ambientada en los montes de Pas, con una familia trashumante en una cabaña, dueña de una vaca que también se llama Vanesa. Las figuras de vacas y toros poseen la entidad totémica presente en Habla mudita (1973), El corazón del bosque, Demonios en el jardín (1982) y La mitad del cielo (1986); en esta última hay varios banquetes, como el que Abderramán cuenta presidido por el rey. El ganadero antagonista llevaba por nombre Severo; también ahora los nombres son reflejo de las personalidades (Macho Sañudo, Cobo Menudo) o, al menos, tienen eco en los apellidos de la comarca (Ludi Pelayo, Bustamante de Mier, Mantecón) y en los nombres de los sementales (Holofernes, Sansón, Nabucodonosor); son fácilmente identificables los topónimos Torre (lavega) y Vega (de Pas). El nombre de la capital del Besaya ya aparecía, disfrazado, en el cartel con el yugo y las flechas del pueblo Torre del Valle en Demonios en el jardín.  

            Podíamos rastrear otras citas y referencias; no es nada excepcional cuando la personalidad del creador deja su huella en los relatos, tanto cinematográficos como literarios. Esa impronta se aprecia en tres dimensiones. En primer lugar, en la autoconciencia del texto con narradores que parecen titubear con los tiempos verbales y los nombres propios (Maribel, Isa, Bel o Clara, Clarita, la Niña), relatos de segundo nivel como los de Abderramán y elementos irónicos y guiños al lector (Santander tiene por nombre Smart City), autoconciencia que lleva a Clara a dejar que una narración se prolongue porque “hay que salir a tiempo de las historias, si no serían como la vida”.

En segundo lugar por la vertebración realidad / ficción o la imbricación de elementos mágicos, literarios o fantásticos en la realidad cotidiana, como la sombra del padre en la foto, la gata que imita la cojera o el gusto de Clara por el miedo “pero solo en los cuentos, no en el mundo real” y, sobre todo, el radar situado en lo alto de un monte que da título a la novela y que aparece como “ojo mágico que todo lo veía”.

            Ese radar representa el trasfondo de Gran Hermano de la sociedad actual, como ratifica la canción de The Alan Parsons Project Eye in the sky que hace referencia a la novela 1984 de George Orwell. Carece de función narrativa precisa, pero trae el relato al presente y aun al futuro, evitando el costumbrismo y la etnografía literaria de hablar de la historia de los pasiegos y sus peculiaridades, o hacer mitología fácil, aunque Abderramán pondere la fama del heladero Mantecón y “lo lejos que puede llegar un pasiego cuando sale por el mundo con su cuévano a la espalda”, dicho sea metafóricamente. Por el contrario, Manuel Gutiérrez Aragón abunda en los problemas económicos de los ganaderos y se hace eco de los numerosos desahucios desde la crisis de 2008, toma nota del absentismo escolar y las dificultades para las relaciones sentimentales medianamente gratificantes de las jóvenes pasiegas; su historia refleja la inmigración y la sociedad multicultural con episodios racistas, la desconfianza hacia los informes financiados por bancos que edulcoran la realidad de la supervivencia como un ecosistema admirable de desarrollo sostenible…

            Por todo ello, además de una muy sugerente novela preñada de referencias y apuntes secundarios, hay que valorar El ojo del cielo como pieza que manifiesta y refuerza la personalidad creadora de un cineasta-novelista, un narrador en definitiva, que habla de la realidad inmediata y del contexto histórico de nuestro país –y de Cantabria en particular- aunque muchas veces mediante el lenguaje oblicuo de fantasías, cuentacuentos, leyendas y elementos mágicos.

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