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Vuelve el melodrama

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Era la primera edición de José Luis Rebordinos al frente de nuestro festival más importante. De momento no ha habido ningún cambio significativo en la fórmula que Diego Galán acuñara ya hace un montón de años. Pero sí hay que señalar una mejora notable de calidad en los filmes de la sección oficial, debida no sé si a algún cambio en el comité de selección o a simple coincidencia coyuntural. Lo cierto es que lo menos interesante del concurso es lo que luego el jurado internacional habría de sancionar con premios.

Los pasos dobles de Isaki Lacuesta es, con diferencia, la típica obra que, so capa de vanguardia, aburre hasta las ovejas aparte de no entenderse nada de lo que se narra en ella. Pues ya ven, se llevó la Concha de Oro, nada menos. Lo único acertado de todo el palmarés fue el premio a la francesa Le Skylab, de Julie Delpy, excelente comedia coral, que recomendamos vivamente y, tal vez, el premio a María León (aunque había otras interpretaciones femeninas de gran valor).

Estos «fallos» de los jurados en todos los festivales producen general sonrojo y sorpresa por los despropósitos que habitualmente se cometen en sus veredictos (San Sebastián en eso se lleva la palma). La FIAPF debería revisar las normas que rigen la selección de sus miembros, porque los resultados en la mayoría de los casos son impresentables. No se habían apagado los ecos de las protestas por los premios en Venecia cuando se repite la canción en Donosti. No se arguya que es cuestión de dinero. Se pueden confeccionar jurados muchos más «sabios» con bastante menos gasto. San Sebastián tiene un presupuesto escasito y no puede permitirse las alegrías de sus colegas de la clase A, por eso debería poner su esfuerzo en olvidarse del glamour de fuera. En todo caso, el de «dentro» atrae hoy más público que los figurones de Hollywood. Las series televisivas ofrecen divos locales que arrastran fans y provocan atención de los medios.

Queda, con todo, la tarea más ímproba, la de encontrar una fórmula viable en esta época en que el cine pasa por un momento delicado y afronta su conversión en soporte digital con muchas incertidumbres. Para el asistente al festival resulta atractivo ver en una semana un buen ramillete de las películas que han triunfado a lo largo del año en diferentes certámenes, pero eso no puede ser su divisa, pues lo convertiría en un mero «festival de festivales» (como ya intentó Fernando Lara en su paso por la dirección de Valladolid).

La inclusión de las secciones informativas «Horizontes latinoamericanos» y «Made in Spain» tampoco tienen la consistencia necesaria, pues son pocos los distribuidores que vienen a comprar a San Sebastián. Así que ha de buscarse otro tipo de atractivos y acortar un tanto la oferta porque, a la postre, organizar tantos ciclos distintos supone gastos y dispersa la atención sobre lo nuclear del certamen. En este sentido, hay que sacar conclusiones a la vista de los resultados de taquilla. Donde se hacen las mayores recaudaciones es en la sección oficial y Zabaltegui con sus tres variantes (Nuevos directores, Perlas y Especiales). A más tardar el año próximo habría que sentar las bases de una fórmula diferente o, por lo menos, mejorada sustantivamente. Es tarea de Rebordinos y su gente.

Lo visto es que vuelve el melodrama en todas sus variantes. En épocas de crisis económica y conflictos bélicos los géneros que atraen al público son el terror y el thriller junto con el melodrama. Una mayoría de películas a concurso pueden incluirse en este último. La más brillante muestra es para mí el film portugués Sangue de meu sangue (Sangre de mi sangre) de João Canijo. En un suburbio lisboeta una madre soltera trata de sacar adelante a sus dos hijos jóvenes con la ayuda de su hermana. Las peripecias tienen un corte decididamente melodramático pero están contadas con brío y fuerza en medio de una ambientación que denuncia la situación social en que se desarrollan.

Otro melodrama, éste exquisito, es el que nos ofrece Terence Davies al adaptar una obra de Rattigan, el dramaturgo de Mesas separadas. Lleva un título que quizás tenga algún significado para los británicos, pero no para nosotros: The Deep Blue Sea (El profundo mar azul). La aristocrática esposa de un juez del tribunal supremo abandona a su marido para vivir con un ex aviador de la RAF que resulta ser un gandul y un sinvergüenza. La extremosa pasión amorosa de la protagonista está encarnada por una Rachel Weisz que borda el personaje y probablemente compitió con nuestra María León por el galardón a la mejor actriz. Davies narra con elegancia la historia pero ni el drama teatral ni el tema merecía resucitar esta obra de 1952, de hace casi sesenta años.

Y para que no falte nada tuvimos también la enésima adaptación de Madame Bovary, perpetrada en este caso por el mejicano Arturo Ripstein bajo el título de Las razones del corazón, que tampoco conmovió a la platea. El melodrama con niños tuvo dos representaciones dignas. Una, Kiseki (Milagro) del japonés Hirokazu nos habla de una familia en que los padres están separados y cada uno de ellos se ha quedado con un hijo. Los chicos anhelan verse y planean encontrarse en el punto medio del recorrido del tren-bala que enlaza las dos ciudades en que residen. La otra es china, se titula Once flores y narra una historia de represaliados por la revolución cultural el último año de Mao. Dos intelectuales y sus familias sufren las vejaciones de su condena a trabajar en el campo y en una fábrica. Los hijos son víctimas de la situación que sufren los padres.

Caracteres melodramáticos tienen también la película sueca Happy End (un joven adulto descubre que su padre se masturba con fotos de su hermana y arma la marimorena al revelarlo a la familia), la argentina Los Marziano (una historia de reconciliación entre dos hermanos que no se hablan en el marco de un cumpleaños familiar), la británica Albert Nobbs, de Rodrigo García, en la que el personaje que interpreta Glenn Close finge ser hombre (por cierto, lo hace muy bien) para poder trabajar en un hotelito familiar en la época victoriana, Take This Waltz, de Sarah Polley (una joven esposa “bien casada” acaba por rendirse al amor de un discreto y paciente admirador) y, finalmente, La voz dormida, un dramón de tomo y lomo, situado en el año 1940, año de juicios sumarísimos y ejecuciones de presos republicanos. La historia que ha hilvanado Benito Zambrano a partir del libro de Dulce Chacón es tan sesgada que, si con ella pretendía reivindicar la Memoria Histórica, me temo que pueda causar el efecto justamente contrario.

De las 16 películas a concurso, diez pueden clasificarse como melodramas, dos más son de policías violentos al borde la locura (No habrá paz para los malvados y Rampart), a cual más desmelenada, y otras dos de «arte y ensayo». Una de éstas, Amén, es del sucoreano Kim Ki-Duk que cada vez más se asemeja a Godard en su libertad de estilo y en su desinterés por agradar al público; la otra, Mundo injusto, del griego Filippos Tsitos, que se lleva dos premios del estrambótico palmarés. Con tanto melodrama en camino no queda si no hacer acopio de pañuelitos de papel.

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