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Qué es una buena película

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

Tres relecturas con especial voluntad reflexiva y con el talante gratuito –esto es, no productivo- del verano sirven para replantear, una vez más, la pregunta que encabeza estas líneas. Los libros son el ensayo con breves pero enjundiosas sentencias que Robert Bresson recopila en las Notas sobre el cinematógrafo (1975) y que, a mi juicio, tiene especial interés para indagar en la relación del cine y el teatro –esto es, todo lo demás, fuera del territorio común de la dramaturgia- y en el valor de la banda sonora; la sucinta pero muy global Historia de las Ideas Estéticas (1997) de Valeriano Bozal y el breve tratado de estética de Laurent Julliet titulado justamente ¿Qué es una buena película? (2002, edición española en Paidós, 2006).notassobreelcinema

Como toda pregunta de raíz filosófica –y la antedicha es una cuestión esencial a la estética, a la filosofía del arte cinematográfico- no tiene una respuesta completa y definitiva porque su contestación abre un abanico de repuestas condicionadas por el enunciador, las filias y fobias particulares del receptor, la sensibilidad de la época, los géneros y formatos considerados, el estilo o el talante, el momento de recepción, la cultura del público… por no hablar de ese concepto tan insoslayable como inasible e insobornable que es el gusto. En fin, que definir una buena película es complicado y bien puede suceder que lo que hoy (o para unos) parece de calidad, mañana (o para otros) se estime vulgar y redicho.

Pero ello no significa que no haya que hacerse –una y otra vez- esa pregunta, porque su mera formulación ya implica la preocupación por la belleza, la autenticidad, el valor estético y ético, el buen gusto, el compromiso con la realidad o las emociones que ponen en pie algunas películas cada temporada; a lo mejor no más de ocho o diez, tampoco hay que pecar de optimismo. Verbalizar los valores de un filme, reflexionar sobre sus estrategias de comunicación o admirar los dispositivos para transmitir con fuerza inédita emociones de calado son operaciones espontáneas en el espíritu del espectador; a la salida del cine nos preguntamos si nos ha gustado (emocionado, sorprendido, fascinado, enseñado, sobrecogido…) y por qué, si hay que recomendarlo a los amigos y en qué clave ha de verse/oírse cada obra singular. Todos somos críticos, inevitablemente; y, aunque fuera en otro sentido, ya lo dejó dicho François Truffaut: “Los franceses tienen dos profesiones: la suya propia y la de crítico de cine”.

Esta pregunta es más pertinente en tiempos en que, en buena medida, la crítica cinematográfica –es decir, la reflexión sistemática y ponderada sobre la cualidad de la obra artística llamada película- ha sido sustituida por la mera verbalización del gusto más personal, por la reacción visceral que ha suscitado o, peor aún, por una miscelánea de datos de taquilla, anécdotas de rodaje, reportajes de producción y cotilleos de glamour; por no hablar de discursos crípticos a cargo de escribientes narcisistas cuyo ego literario desprecia cualquier voluntad de comunicación, es decir, críticas que no se entienden porque el crítico oculta su renuncia a juzgar la obra tras un discurso tan sofisticado como pseudointelectual, muy fecundo en barroquismos posmodernos. Todo ello acaba por eclipsar cualquier aproximación medianamente crítica al filme en cuestión, lo que sucede muy a menudo con obras fallidas de autores consagrados y con películas tenidas por importantes o novedosas en aspectos tecnológicos. Los propios espectadores se contagian de esa renuncia a la crítica, que conlleva la renuncia al placer del análisis, la reflexión y el propio conocimiento sobre la obra artística.

Nunca se ha visto tanto cine y tan variado, pero nunca ha estado el espectador tan desarmado frente a la mercadotecnia que impone unos títulos sobre otros, fabrica éxitos artificiales, crea franquicias o, en general, dicta autoritariamente lo que hay que ver. A nadie se le escapa que conseguir una buena película es difícil, incluso para maestros que tienen en su carrera obras fallidas o mediocres. Pero hoy vemos cierto papanatismo en la valoración que se hace de naderías en 3D con superhéroes acartonados, en tantos títulos desmedidos en su condición de largometrajes, en pretendidas comedias que nos hacen añorar el cine ¡de hace ochenta años!, en historias calcadas y fórmulas de éxito repetidas ad nauseam, en telefilmes disfrazados de cine y cortos hinchados con recursos de manual de buen guionista.

La mayoría de los cinéfilos –no todos: también hay cinéfilos que hacen daño al cine- y los usuarios de bienes culturales dotados de sensibilidad aspiran a un cine de calidad y piensan que una buena película posee entidad estética similar a una buena novela, concierto, exposición, comedia o ensayo, por tanto se somete a las exigencias de la obra artística, bien distintas del negocio del entretenimiento y del espectáculo. No digo que haya que desechar el cine puramente comercial, uno no pueda distraerse con un etéreo James Bond o haya que esconderse para reír el Torrente 4 de una tarde desganada. Pero ello se ubica en los márgenes de la experiencia estética del visionado de una película que siempre ha de aspirar a enriquecer nuestra mirada gracias a su condición de ventana con que asomarse al mundo o de espejo con que asomarnos a nuestro interior.queesunabuena

Esa experiencia alcanza cierta plenitud cuando una película nos llama la atención por la originalidad de la historia, la verdad de los personajes o del mundo reflejado, las reflexiones del tema propuesto, las emociones suscitadas en el público, la destreza en la narración, la elegancia de la construcción audiovisual, el diálogo con los géneros o los formatos heredados, la proporción entre las energías desplegadas y el resultado obtenido, el rincón en la Historia del Cine al que aspira, la humildad y hasta el pudor del discurso, la sorpresa de descubrirnos realidades ajenas u otras miradas sobre la realidad, las renuncias a la impostación, la capacidad de sumergirnos en el mundo más real o de evadirnos con la fantasía más imaginativa… en fin, esa cualidad inherente a la experiencia estética de ensanchar el espíritu y vivir –siquiera sea virtualmente- alguna forma de utopía o de rozar con los dedos la plenitud de la felicidad; experiencia que se ha formulado de muchas maneras y que Theodor W. Adorno concreta en que “Aquel que se sumerge en la obra de arte está por ello mismo dispensado de la miseria de una vida que se le aparece siempre como insuficiente”.

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