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Redenciones cinematográficas

Escrito por Norberto Alcover

Hay en el cine una pulsión redentora de la precariedad humana. Como si en el ombligo mismo del audiovisual se escondiera la modernidad en estado puro y dijera que no a la petulancia tan miserable de la postmodernidad: las series televisivas españolas, de peligrosas audiencias, que más tarde, o bien con anterioridad, cobran carne en sus correspondientes películas.

Al otro lado de la cama es un radiante ejemplo de esta capacidad para narrar sin aportar nada de nada, porque la vida es tan frágil que no merece ser tomada en serio. Nada de cosmovisiones ni de ideologías, nada de conceptualizaciones incomprensibles para espectadores coyunturalistas, y solamente instantes fugaces, como si espacio y tiempo hubieran desaparecido. La traición al universo teórico de José María Sthaelin, para satisfacción de Diego Galán, tan frívolo él cuando pretende subyugar a la neoizquierda divinista. Pero dejémonos de rodeos y vayamos al núcleo de la cuestión.
 
Las cuatro mejores películas del pasado 2005, son auténticas maravillas humanísticas en la medida en que llevan a cabo redenciones cinematográficas de alto alcance: La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet (España), Million dollar baby, de Clint Eastwood (USA), Saraband, de Ingmar Bergman (Suecia) y Match Point, de Woody Allen (Reino Unido). Todas ellas plantean situaciones de quebranto, desarrollan sus intrínsecas posibilidades de autoconfrontación, hasta alcanzar un clímax en el que sucede cualquier tipo de catarsis definitiva, sin que tal cosa signifique finales felices sino, más bien, cierres terriblemente redentores de aquellas situaciones originarias: redenciones angélicas o por el contrario del todo demoníacas. Redenciones como salvaciones de la propia culpa en un sentido o en otro. Que ahí está la grandeza de estos testimonios de vida y de muerte tan desconcertantes. Como la existencia misma de toda historia humana.
 
Isabel Coixet cierra una historia de profundo desamor existencial mediante un reencuentro con el mismo sentido de la vida primera (esa voz de la protagonista siendo niña, que domina todo el cuerpo narrativo del film). El cadencioso Eastwood descarga el látigo conclusivo sobre su protagonista al situarlo en ese barucho en el que estuvo con su hija adoptiva, mientras lo observamos por la ventana y comprendemos hasta qué punto su anterior decisión es tan traumática como necesaria (algo del final de Ciudadano Kane se dibuja en este plano tan doloroso e impúdico). En Saraband, la desnudez, ese recurso solamente posible en casos magistrales, convierte la pobreza interior de dos derrotados en esperanza de comunicación tierna y acogedora (todo convertido en fotografía al comienzo y al final como homenaje al precine). Y, en fin, el cinismo más esplendoroso consuma esa pequeña obra de arte de Allen en la secuencia conclusiva, con el aparente triunfo del arribismo más feroz y despiadado (todos charlando, pero él al margen, como un auténtico grano en ese cuerpo tan atroz).
 
Siempre redenciones cinematográficas, pero, repetimos, redenciones desde el Bien y desde el Mal, en un lenguaje absolutamente maniqueo pero seguramente inteligible para todos. Es decir, que la modernidad, cuando se hace cinematografía, ausculta lo humano más recio desde la permanente pugna entre el amor y el odio, la donación y el egoísmo, el futuro tremendo al sumergirse en lo maligno o bien, por el contrario, la esperanza relajante al combinar los preciados factores de la bondad humana. Pero sin escamotear nada de nada. Más todavía, llevándonos de la mano hasta nuestras propias enfermedades interiores y colectivas, para enseñarnos los fantasmas a los que nos enfrentamos si vivimos de verdad, es decir, en ese filo de la navaja al que solemos escapar por aquello de la prudencia y del miedo.
 
Así, en estas cuatro películas hay cosmovisiones históricas y no menos desarrollos del todo conceptuales y hasta rotundamente lógicos, de tal manera que nos obligan a pensar con detenimiento sobre esa realidad que llamamos con tanta simplicidad la vida y que solamente es nuestra vida si somos capaces de asumirla en todos sus matices, por dolorosos que puedan resultar. Así, sin más. Pero por las zonas interiores de tanto desdén humano, corre el agua profunda de las correspondientes redenciones cinematográficas, hasta dejarnos perplejos ante nosotros mismos. Y entonces, uno piensa en El cielo gira, de nuestra Mercedes Álvarez, extraña esperanza española en este 2005 fenecido.
 
¿Por qué tiene tanto miedo el cine español a la verdad verdadera? He aquí uno de nuestros misterios nacionales, con perdón.

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