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San Sebastián 2012: sesentón pero con músculo

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

El festival donostiarra cumplía este año su sexagésima edición y José Luis Rebordinos, que se hizo cargo de su dirección en la anterior, se propuso hacer honor a la efeméride y a fe que lo ha logrado. Puede decirse, sin reservas, que ha sido con diferencia el mejor festival en muchos, muchos años. Y eso por las razones que expongo a continuación. En primer lugar, las películas de la sección oficial –incluidas las que no entraban en competición– han tenido un nivel medio alto. Todas ellas han sido interesantes, bien por su temática, bien por su tratamiento o por ambas cosas a la vez, bien por su autor o procedencia. Sólo han desmerecido un poco El muerto y ser feliz de Javier Rebollo (son para mí inexplicables la atención y los premios que consigue este cineasta) y Atraco! de Eduard Cortés, una comedia fallida por falta de ritmo y humor sostenidos.san-sebastian1

En segundo lugar, es una rareza que la crítica y el jurado hayan coincidido en destacar los mismos filmes. Dans la maison de François Ozon (director que, por cierto, no me había convencido en sus anteriores películas) ha sido sin duda el más valioso de la sección oficial. Adaptación de una obra teatral del madrileño Juan Mayorga (El chico de la última fila), recuerda vagamente a Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968) pero maneja magníficamente el doble universo del profesor de Literatura y el de la familia burguesa en que se introduce su alumno preferido con el aula como  escenario-puente de ambos ámbitos. Su estructura sutil y bien tejida desemboca en un final también elegante y convincente, sin concesiones. No llega a la categoría de obra maestra, pero es ciertamente un film magnífico.

Blancanieves y El artista y la modelo le fueron a la zaga en el palmarés. Las dos son españolas y tienen en común su fotografía en blanco y negro. La primera, la del bilbaíno Pablo Berger, debutante en el largometraje, es una espléndida recreación del cine mudo y del cuento de los hermanos Grimm ambientado en el mundo del toreo al final de los años veinte en nuestro país. En comparación con The Artist, es mucho más rico en recursos lingüísticos y dramáticos, propios del cine silente, y a la vez resulta un ejercicio preciosista de anacronismo inteligente. Eso, el preciosismo, y la falta de una interpretación del cuento (sea social, simbólica o surrealista, pongo por caso) son los defectos que le veo. La de Fernando Trueba, en cambio, peca de morosa y discursiva, aunque también el aspecto formal (muy notable la fotografía en blanco y negro de David Vilar) destaca sobremanera; está dirigida con primor, pero al argumento le sobra contemplación y le falta acción. También aquí advierto cierto narcisismo y regodeo estilísticos, aunque hay que situarla por encima de las últimas obras de su filmografía. Se advierte en ella un empeño mayor y una gran maestría expresiva. El «artista» maneja con soltura los útiles del arte cinematográfico, aunque el guión se queda corto y al mismo tiempo resulte retórico en sus disquisiciones estéticas.

Del resto destacamos el poderío expresivo de Rhino Season del kurdo Bahman Ghobadi (le sobran minutos pero sus imágenes son muy impactantes), la demagogia eficaz de Costa-Gavras en El capital al denunciar los chanchullos de los bancos, el minimalismo entrañable de Carlos Sorin (Días de pesca), la «aventura» americana (no del todo lograda ) del francés Laurent Cantet (Foxfire cuenta las peripecias de un panda de chicas de los años cincuenta del pasado siglo que se reúnen en sociedad secreta para defenderse de los abusos machistas y acaban siendo un «gang» delictivo), dos melodramas con pretensiones (Venuto al mondo de Sergio Castellitto y Disculpas de la china Emily Tang) que quedan por debajo de sus ambiciones, y una nueva incursión en la culpabilidad alemana respecto a sus ascendientes nazis (Die Lebenden). Convencional me pareció El hipnotista, thriller nórdico de Lasse Halström y muy inverosímil aunque bien llevada El atentado de Ziad Dueiri. Subrayo el interés de tres filmes fuera de concurso: Lo imposible de J.A. Bayona, una reconstrucción muy hollywoodiense del tsunami de 2004 en las playas de Tailandia que hará fortuna en taquilla, Argo, convincente y muy bien armada película de «rescate» dirigida con pulso por Ben Affleck y Quartet, espléndido debut en la dirección de Dustin Hoffman con una Maggie Smith, como siempre, sensacional.

En tercer lugar, el gran número de «estrellas» y celebridades que acudieron a San Sebastián. No tiene parangón en ninguna de las anteriores ediciones. Los cinco premios Donostia a Oliver Stone, Dustin Hoffman, John Travolta, Ewan McGregor y Tommy Lee Jones aseguraron su presencia en el festival, pero es que además estuvieron Richard Gere, Susan Sarandon, Jean Rochefort (que merecía con creces el premio de interpretación por encima de un desangelado José Sacristán), Claudia Cardinale, Catherine Deneuve, Isabelle Hupert, Penélope Cruz, Costa-Gavras, Maribel Verdú, Mónica Belucci, Bernardo Bertolucci, Lena Olin, Ben Affleck, Alan Arkin, Benicio del Toro… Una panoplia de famosos como no se conocía en años. Su visita añadió un glamour que se había echado en falta en las últimas ediciones carentes de ese brillo que, nos guste o no, da color a un festival.

En cuarto lugar, la asistencia del público rebasó las expectativas más optimistas. Y eso aunque hubo una jornada de huelga general en la que se redujeron el número de proyecciones para dar apariencia de «servicios mínimos» y, por consiguiente, los ingresos de taquilla correspondientes. Los donostiarras acuden al festival en gran cantidad y aumentan también los forasteros que se toman una semana para disfrutar del cine en un sitio que, por otra parte, ofrece otros atractivos no menos valorados hoy día: playa, paisaje, gastronomía... Es verdad que «la ciudad» siente el festival como suyo. Las salas volvieron a estar abarrotadas como si no existiera crisis ni aumento del IVA.

En quinto lugar, y parece un camino con futuro, la dirección del festival se ha esforzado por aunar intereses comerciales y artísticos, y ha incluido en la programación películas de las grandes distribuidoras americanas cuya promoción publicitaria comienza en San Sebastián. Hace tiempo que no veíamos filmes de la Warner o la Universal en el festival. La presencia del equipo artístico de estas cintas, en vez de acudir a Madrid en fechas posteriores, adelanta su viaje para coincidir con las del certamen. Así la organización se ahorra dinero pues los gastos corren a cargo, al menos en buena parte, de las casas distribuidoras. Por decirlo de una manera inteligible el festival de San Sebastián se aleja de la fórmula de Sundance (cine independiente) para acercarse a la de Berlín, Venecia y Cannes, sus competidores de clase A que suelen acoger, aparte de exquisiteces cinéfilas, grandes lanzamientos de filmes de temporada.san-sebastian2

También la sección de Nuevos Realizadores (ellas y ellos, los tiempos mandan) se ha separado de Zabaltegui que se reserva ahora a obras premiadas en otros festivales y proyecciones especiales. Continúa con buen paso –es su segundo año– Culinary Zinema, consagrada a la gastronomía y se inicia el Foro de Producción que pretende que el festival se convierta en lugar donde se firmen acuerdos para financiar proyectos con participación de varios países. Por supuesto, siguen las secciones dedicadas al cine español (Made in Spain), vasco (Zinemira) e iberoamericano (Horizontes Latinos), las retrospectivas temáticas (Very Funny Things, sobre comedia norteamericana reciente, y Cine Brasileño contemporáneo), el homenaje (a Georges Franju, en esta edición) y Cine en Construcción, aparte de otras sesiones para niños y de gran espectáculo (surf, ski…). Enhorabuena, pues, a Rebordinos y su equipo que, en tiempo de crisis y recortes, ha sabido encontrar patrocinadores privados que compensen el descenso drástico de ayudas públicas ganando en atractivo sin perder calidad (e incluso aumentándola). ¡Que sea el comienzo de una buena racha!

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