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José Luis Borau: el cine rodado, el cine escrito, el cine vivido

Escrito por Ignacio Lasierra

borauDecía un personaje de Tata mía (1986), que “como en este país leemos poco y menos aún historia, la moral ya no nos sirve”. Con moral o sin ella, si leyéramos más e hiciéramos un poco de justicia con la historia, José Luis Borau debería ocupar un lugar privilegiado cuando habláramos de cine español. La realidad, desgraciadamente, es otra. En la actualidad, ni siquiera existe una edición en condiciones, que recopile buena parte de sus películas. Borau, como muchos otros, no ocupará tantos ríos de tinta como los que puedan cubrir los tres o cuatro directores bien consabidos por todos. Sin embargo, su pasión por el cine y su determinación, le convierten (o deberían) en una de las figuras cinematográficas que, probablemente, más haya contribuido a nuestro cine. Quizá no como director, pero sí como pedagogo, guionista, productor, investigador, incansable escritor de libros, inmaculado presidente de la Academia e ilustre miembro de la RAE. Como para no editar una antología con todas sus películas.

Borau nos ha dejado en este 2012, marchándose con un buen puñado de películas escritas y dirigidas, con unas cuantas producidas, otras tantas actuadas, varios libros editados,  numerosos proyectos sin terminar y un montón de palabras para el futuro de nuestro cine. Hijo de una zaragozana y un monegrino de ideas republicanas, Borau, aragonés hasta la médula,  siempre fue mal estudiante, niño travieso y excelente mentiroso en sus primeros años. Cualidades, que según se mire, debería tener cualquier cineasta. Creció admirando los textos de Baroja y Unamuno, y soñando con hacer películas como las de Fritz Lang, Rosselini y Mizoguchi. Descubrió su pasión por el cine desde muy joven. Su primer intentó por entrar en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas terminó en suspenso. Como buen aragonés, no cesó en su empeño y fue readmitido al año siguiente, graduándose como “director-realizador” en 1960.

Tras dirigir el cortometraje En el río (1960), su primera oportunidad le llega por encargo. Borau debuta con Brandy (1964), como director de encargo. Y lo hace, de forma bastante atípica; con un western genérico –uno más entre un montón, aunque de notable factura por su parte- donde aprende y se brega en las labores de dirección y montaje. A Brandy le seguiría una segunda película completamente a la contra del cine que se hacía en aquel momento. Crimen de doble filo (1965), thriller que se estrenó casi de forma desapercibida y con tibia acogida, posiciona ya a Borau como un director distinto y atrevido.

En esa época, Borau empieza a dar clases de guion en la Escuela de Cine y de dirección en la Universidad de Valladolid, con fama de ser un profesor exigente pero único por su manera de proceder. Tras sus dos primeras experiencias como director, Borau toma la decisión de formar su propia productora, para así tener el control total sobre sus películas. Nace El Imán, y con ella, varios cortos producidos por Borau de directores como Iván Zulueta o Jaime Chávarri. En 1972, Borau escribe junto a Jaime de Armiñán, la polémica Mi querida señorita (1972), sin duda la película que le catapultó de forma notable. La nominación al Oscar, a pesar de no ganarlo (el premio lo recibió Buñuel por Tristana), le sirvió para que se hablara de él como uno de los directores más importantes de la primera generación del cine español, emparejándolo con directores como Saura, Summers, Patino o Camus. Mi querida señorita, con la actuación inolvidable de José Luis López Vázquez, tuvo tanto impacto, que el propio Borau estaba convencido de que Sidney Pollack encontró algo más que “inspiración” en ella para su Tootsie (1982).

Sin embargo, pasan nueve años desde Crimen de doble filo hasta que Borau rueda su siguiente película: Hay que matar a B (1973). En este caso, Borau se hace máximo responsable de la cinta, encargándose de su producción, guion y de dirección. Decide rodarla en inglés, sabiendo de la importancia del idioma para acceder a un mayoritario mercado internacional (en ese sentido, fue todo un precursor). Sin embargo, pese al empeño puesto en este cinta, la crítica la califica de metálica y fría, tachando al director como alguien demasiado “milimétrico”.

Como si de un resorte se tratara, Borau pega un fuerte golpe sobre la mesa, en parte influido por la mala acogida que tuvo Hay que matar a B, para rodar, la que a la postre, sería su gran obra: Furtivos (1975), que estrena, paradójicamente, el año en el que muere Franco. Se le han buscado múltiples interpretaciones y analogías políticas y socioculturales, sin embargo, el director aragonés ha intentado huir siempre de los posibles simbolismos presentes en la obra, reconociendo que a él lo que le interesaba, era demostrar que era capaz de rodar de forma naturalista, orgánica y terriblemente española. Justo todo lo contrario a sus anteriores películas, calificadas de poco españolas. Furtivos se estrena con grandes problemas debido a los últimos coletazos de la censura. Gana la Concha de Oro en San Sebastián, a pesar de haber sido rechazada anteriormente en Berlín y Cannes. Es elegida por la prensa norteamericana como una de las diez películas de su año y se cuela como una de las cinco mejores películas españolas de todos los tiempos. Su tremendo éxito solo se vio empañado, por la denuncia de la Sociedad Protectora de Animales debido a algunas de sus escenas más naturalistas, que obligó al director a “exiliarse” durante un tiempo a EEUU. Más allá de este hecho, lo cierto es que Borau siempre ha querido desvincularse lo máximo posible de que Furtivos haya sido su mayor éxito, sintiéndose molesto por el hecho de que solo le recordaran por esta película. Si bien, lo intentamos evitar, no podemos sino reconocer que, sin duda alguna, lo es. 

Tras este éxito, Borau escribe y produce dos películas para que las dirijan otros -Camada negra (1976) y El monosabio (1977)- pero no será hasta 1979 cuando regrese con un proyecto propio: La Sabina, un retrato entre lo fantástico y lo folclórico, ubicado en la serranía andaluza. De nuevo se arriesga buscando un mercado internacional, con una coproducción hispano-sueca, que le permite dirigir a una de las musas de Bergman, Harriet Andersson, junto a una jovencísima y radiante Ángela Molina. La Sabina nos muestra al Borau más etnográfico, pero también más intelectual.  De nuevo, muy alejado de sus primeras películas. Se explaya en diálogos más elaborados, que traídos hoy a la palestra, bien servirían para dedicarles toda una tarde. Sirva como ejemplo, una de las múltiples perlas que salen por la boca de su protagonista: “cualquiera sabe que bajo una cuestión política, late otra económica”. Sencillo pero contundente, como buena parte de su obra.

Tras La Sabina, Borau cae en picado con una producción internacional que le hace pisar el barro y le consume durante cuatro años de su vida. Río abajo (1984) se convierte en la perdición del director. Borau, quien a esas alturas, ya se ha trasladado a vivir a EEUU, se arruina económicamente para sacar la película adelante. Con un reparto internacional encabezado por David Carradine y acompañado por la versión más sensual de una jovencísima Victoria Abril (que interpreta aquí a una prostituta que termina siendo una auténtica heroína), Borau agota el dinero cuando solo ha rodado el 60% de la película. Con la mitad del film montado, pulula por varias productoras, que no muestran el más mínimo interés. La película, que aborda el problema fronterizo entre Texas y México a través de un trío amoroso (algo habitual en buena parte de su filmografía), corre el riesgo de no finalizarse. Finalmente, con la ayuda de Pilar Miró, Borau consigue una reclasificación de una película que era estadounidense, para que finalmente, termine siendo española. De esta forma, pide un crédito al banco y puede terminar de rodarla en un verdadero acto de fe. A pesar de ello, Río abajo recibe unas críticas más bien tibias, es rechazada en Berlín y al director le queda el único consuelo de recibir las palabras de Víctor Erice, quien le reconoció se trataba de su mejor película.

Después de haber vivido toda una pesadilla en su periplo estadounidense, a Borau todavía le queda cine suficiente cine en las venas para otra de sus mejores obras: Tata mía. Regresa a España, vuelve a rodar en su Aragón natal y une aquí a tres generaciones distintas, representadas en tres de los mejores intérpretes de la historia del cine español: Imperio Argentina, Alfredo Landa y Carmen Maura. Cada uno, representa a su vez, a las tres Españas diferentes, con planteamientos distintos y opuestos sobre el futuro de un país. Curiosamente, no fue ninguno de ellos quien recibiera el Goya.  La grata sorpresa recaería sobre un magnífico Miguel Rellán, que encuentra en Tata mía, a uno de los mejores papeles de su carrera. Borau se muestra nostálgico y entrañable con el pasado, pero atrevido frente a la incipiente España, y de nuevo a través de una historia más bien sencilla, termina estableciendo algunas líneas magistrales sobre cuestiones de gran calado sociocultural.Furtivos

Hacia el final de su carrera, a Borau todavía le queda fuelle, para un par de películas más donde muestra toda la experiencia adquirida. Niño nadie (1997) y Leo (1999), son sus dos últimas producciones cinematográficas. Borau se despide mostrando de nuevo una cruda historia, más naturalista si cabe, que buena parte de sus películas, sugerente y cargada de fuerza. Como el último plano con el cierra Leo: una navaja abriéndose al aire sobre un fondo oscuro. Como si así, también quisiera establecer un diálogo con el plano más reconocible de su compatriota Luis Buñuel. Sin duda, una sugerencia para que el espectador cierre el propio relato.

Más allá del cine rodado, también está el cine escrito y vivido por Borau: la dirección de un apabullante éxito televisivo en TVE – Celia (1992) – que alcanzaría los 7 millones de espectadores, el magnífico compendio titulado Diccionario del cine español, la presidencia durante cinco años de la que para muchos ha sido la mejor época de la Academia del Cine, el puesto que ocupó desde el año 2008 y hasta su fallecimiento en el sillón B de la Real Academia Española, varios volúmenes publicados en su propia editorial, y por supuesto, una ilusión para las futuras y venideras generaciones de guionistas, directores, productores y estudiantes de cine, que trasciende a la propia obra del cineasta. Hoy nos quedan sus películas, sus palabras, un discurso magnífico sobre la influencia del cine en nuestro lenguaje, un reciente premio de guiones que, merecidamente, llevará su nombre, pero sobre todo, un legado inmaterial en el que nos demostró que el amor al cine, parte de la pasión irracional, pero se cultiva con el empeño y la reflexión. Por mucho que a él le pesara, Borau ha sido y será, un furtivo en nuestro cine español. 

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