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Tres cineastas frente al espejo: Abbas Kiarostami, Víctor Erice y Jaime Rosales

Escrito por José A. Planes Pedreño

El fascinante coloquio que mantuvieron el pasado 8 de marzo los cineastas Abbas Kiarostami, Víctor Erice y Jaime Rosales en el marco del Festival Internacional de Cine de Murcia (IBAFF) dejó en el aire algunas cuestiones que tienen mucho de esclarecedoras. Evidentemente, la convocatoria de estos directores no es casual, ya que se trata de tres figuras que, pese a diferencias generacionales y culturales, “parten de la realidad para dotar a esta de la verdad de la ficción”, en palabras de Erice. El cine que cultivan, de tradición realista, tiene mucho de viaje al conocimiento a partir de un aparato formal reducido a la mínima expresión. Y, a menudo, estas exploraciones desembocan en un interregno en donde ficción y realidad tienden a confundirse.

KiarostamiNo obstante, escuchando sus inquietudes, es difícil no apercibirse de que los secretos de la dirección cinematográfica, sea cual sea el discurso adoptado, y pese a las virulentas transformaciones que ha sufrido el cine en las últimas décadas, siguen descansando en tres pilares intemporales. Rosales concreta cuáles son: “Cómo disponer el espacio fílmico; cómo y a qué distancia colocar la cámara; y cómo relacionarse con los actores”. Evidentemente, el proceso de realización de un largometraje puede complicarse sobremanera. Erice, de hecho, reconocía que durante la larga preparación del rodaje de El embrujo de Shanghai (2002) –de cuyo proyecto se acabó desvinculando– le fue imposible trabajar con unas “cuantas cuartillas como guión”, como solía hacer en otras películas con el fin de dejar la puerta abierta a lo imprevisto. Pero, por muy elevado que sea el alcance y magnitud del rodaje –incluido el trasiego de localizaciones y escenarios ficticios, digitales o reales–, el cineasta, antes o después, ha de afrontar esas cuestiones nucleares.

Y, sin embargo, a esa tríada de parámetros habría que añadir, a juicio de Rosales, uno más que galvaniza los restantes: el conjunto de decisiones que determinan qué hechos de la historia quedarán a la vista del público y cuáles serán omitidos. O dicho de otra forma: el establecimiento de una particular dicotomía de presencia/ausencia con la que definir qué será «superficie» y qué «profundidad» en la línea argumental. Porque, para el director de La soledad (2007) –de igual forma que para Erice y Kiarostami–, cualquier acto creativo presupone la formalización de un código personal con el que el cineasta dilucidará qué filmará y qué no. Ni qué decir tiene que, en general, esta disciplina brilla por su ausencia en el cine contemporáneo, en donde la vertiente más radical de la crítica posmoderna ha desprestigiado la auto-exigencia de determinados programas estéticos. Representar la realidad o poner en práctica un cine militante desde un punto de vista político son, para quienes defienden esa interpretación extremista, rescoldos de un humanismo ingenuo y desfasado. Eso sí: llama la atención que en un panorama audiovisual tan complejo como el actual sigan existiendo autores empeñados en mantener vivos esos rescoldos.

DSC 7830-SLos tiempos han cambiado. Los tres cineastas, que suelen trabajar de espaldas a la industria –no por su propia voluntad, claro– y bajo coordenadas estéticas alejadas del cine convencional, lo saben, a pesar de que muchas de sus obras hayan obtenido importantes distinciones en los festivales más importantes del mundo. En cierta manera, se saben beneficiarios del aligeramiento de los métodos de producción y de las nuevas ventanas de exhibición –DVD, Internet, smartphones, museos, etc.–; de eso que, en conjunto, suele designarse como la democratización de la expresión cinematográfica. Sin embargo, ninguno de los tres duda de que la experiencia colectiva del cine en una sala de exhibición es proclive a un “sentimiento de comunidad” más difícil de generar cuando el visionado es individual. Pero, ¿cómo acceder a esos espacios privilegiados cuyas políticas de distribución cierran a cal y canto las manifestaciones cinematográficas más audaces? Y es más: ¿habría espectadores que pagarían el precio de una entrada por un cine de esas características? Parece claro que, aunque la distribución se halle en un estado lamentable, el problema es mucho más complejo; apunta de lleno a la ausencia de una verdadera educación audiovisual desde las edades más tempranas en España. Porque Roberto Rossellini, Luis Buñuel, John Ford, Akira Kurosawa, Carl Theodor Dreyer, Federico Fellini, etc., deberían ser estudiados en igualdad de condiciones que los más importantes creadores procedentes de disciplinas como la música, el arte o la literatura. Es evidente que esta laguna educativa es un factor más que convierte en misión imposible la exhibición de las aventuras estéticas más arriesgadas del arte cinematográfico actual.

Como vemos, los aspectos aquí tratados no son precisamente nuevos, lo cual nos deja sensaciones agridulces. Porque, por un lado, redescubrir lo que tienen de universales los planteamientos creativos de estos tres importantes cineastas constituye una señal, al menos para el que estas líneas suscribe, esperanzadora en cuanto que en el cine, a pesar de las lejanías culturales, sociales, políticas y geográficas, existe una tradición de la que, mejor o peor, se siguen nutriendo sus artífices, lo cual siempre dará lugar a un estimulante punto de encuentro. Pero, por otro lado, el maltrato que sufren Erice, Rosales y Kiarostami por parte de la distribución tradicional reabre las viejas heridas de la cultura cinematográfica española, heridas que, no nos engañemos, trascienden nuestras fronteras y cada vez son más pronunciadas y difíciles de reparar.

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