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Por qué todos fuimos Alfredo Landa

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

Landa1Hay actrices y actores poseedores de un aura que les eleva al Olimpo de las deidades; su mirada nos subyuga y nos seduce hasta creerlos inmortales, por ello se convierten en estrellas. Otros actores son admirados y aplaudidos por su técnica interpretativa, su prodigiosa capacidad para hacernos creer que son quienes, evidentemente, no son. Y luego están algunos como Alfredo Landa tan próximos y familiares que parecen uno de los nuestros, un primo del pueblo, un cuñado que trabaja en el banco, el vecino que saludamos en el portal. Porque, claro, lo que se dice glamour, Landa no tenía precisamente.

Ello no quita que fuese un gran actor, un estupendo actor, poseedor de una mirada magnética, muy directa, sincera. De esas miradas que proporcionan autenticidad al personaje, da igual si se trata de un campesino extremeño (Los santos inocentes), de un bandido de buen corazón (El bosque animado) o de un detective bastante doméstico (El crack). Pero esto lo descubrimos bastante tarde, cuando ya pasa de los cuarenta y tiene en su haber medio centenar de títulos, entre películas y series de televisión. Una actividad febril, estajanovista (sólo en 1971 trabaja en ocho películas), en cintas descuidadas, hechas deprisa, con demasiado grano grueso… aunque en la precariedad del cine español actual añoremos sus resultados de taquilla: con 4,3 millones de espectadores No desearás al vecino del quintoha figurado en los primeros puestos durante muchos años, y la mayoría no bajaba de dos millones, cifra que a la que hoy sólo llegan muy pocos títulos anuales en nuestro cine. Por supuesto, ese cine del landismo (¡cuantos quisieran su nombre propio transformado en categoría!) era y es –se sigue exhibiendo en las televisiones- un cine cutre, pero mostraba con bastante precisión rasgos decisivos para comprender la España del momento, como deja patente el reciente estudio El ‘cine de barrio’ tardofranquista. Reflejo de una sociedad (Biblioteca Nueva, 2012), de nuestros compañeros y amigos Michi Huerta y Ernesto Pérez Morán.

Los actores estaban muy por encima de las películas, como también se aprecia en las carreras posteriores de José Luis López Vázquez y Pepe Sacristán, a pesar de que la endeblez de los personajes les llevase a abusar de los tics y a composiciones repetidas de una película a otra. Pero los espectadores veían en ellos tipos muy cercanos, porque, con censura y todo, con sus omisiones, mistificaciones y fantasmadas, formaban parte de historias próximas, ambientadas en un reconocible y entrañable aquí y ahora. No eran héroes ni villanos, sino como cualquiera de los espectadores que les contemplaban desde las butacas, insisto, españolitos de a pie urgidos por quitarse el pelo de la dehesa, deseosos de prosperar económicamente, dejando atrás las estrecheces de posguerra, y supervivientes en una sociedad cerrada, autoritaria, con las fuerzas vivas de la tríada político-religioso-militar dictando una moral obligatoria; moral que excluye cualquier educación sentimental y reprime la dimensión afectiva tanto como la sexual.

Visto desde hoy, llama la atención en ese cine de barrio el enorme complejo frente a lo extranjero que revelan los españoles de la época: lo europeo y norteamericano es apreciado con valores opuestos, desde lo susceptible de ser rechazado por decadente, moderno, de costumbres licenciosas… (en contraste con la autenticidad y el pedigree de lo español) a lo envidiado por su riqueza, desarrollo o libertad. El juicio crítico hacia lo extranjero tiene relación con cuestiones de moral sexual y familiar (rechazo de las costumbres sexuales relajadas, del adulterio y del divorcio), mientras que la valoración positiva suele referirse a todo lo demás, particularmente a los avances tecnológicos, el progreso económico, la moda del vestido, las obras culturales, etc. Cuando los españoles viajan a Europa se subrayan sus dificultades con el idioma o las costumbres, la incomprensión mutua y la necesidad de superar cierto complejo.

Pero los espectadores también veían una España en proceso de transformación donde los ídolos de la canción ligera y la moda jipi comienzan a minar aquella moral autoritaria. Y donde el turismo mostraba otros estilos de vida, con el desenfado en el vestir de las famosas suecas –mujeres cosificadas como objetos sexuales por los patéticos personajes de ese cine- ya que el biquini empezaba a dejar de ser necesariamente pecaminoso. Landa estaba en aquellas películas y los espectadores se identificaban con él, tanto como con los miedos, represiones y fantasías de sus personajes.

Pasa el tiempo y llega Juan Antonio Bardem con la feliz idea de que aquel intérprete que acaba de rodar Mayordomo para todo, Esclava te doyo Los pecados de una chica casi decentepodría encarnar al protagonista de El puente, un mecánico en proceso de toma de conciencia y de reubicación en la sociedad posfranquista. Y poco después Mario Camus hace lo mismo al pensar que Landa podía dar cuerpo y, sobre todo, a hablar como el Paco el Bajo de Miguel Delibes en Los santos inocentes. Y ahí da la talla y sobrepasa todas las expectativas este hombre asociado a un cine casposo, pero cómico de verdad, con esa envidiable autenticidad que desprenden quienes se sitúan ante la cámara sin que parezca que actúan. Porque la cámara les quiere y, sobre todo, porque han nacido actores, porque vienen ungidos por la musa Talía. Landa2

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