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El último viaje de Elías Querejeta

Escrito por Norberto Alcover

querejeta1Eran los años setenta, a comienzos. Una tarde, Ángel Antonio Pérez Gómez y yo mismo visitamos a Carlos Saura, cuando vivía con Geraldine en Madrid, para entrevistarle, conversación que se publicó en la revista Reseña, casi una primicia entonces. Y ante nuestro estupor, porque si bien respetado ya entonces no habíamos caído en la cuenta del significado completo de Elías Querejeta para el cine español, nos dijo que sin Elías en la producción, el cine español que comenzábamos a disfrutar en aquellos momentos, y que presagiaba la novedad democrática a partir de 1976 no habría transitado desde el franquismo. Ese mismo año, produciría nada menos que El desencanto (Jaime Chávarri, 1976), una especie de ajuste de cuentas con la época anterior mediante la historia interpuesta de una familia, tan cruel como entristecedora, la familia de Leopoldo Panero, tras la muerte del poeta.

Hemos comenzado así porque en varias intervenciones del hombre que naciera en Hernani (Guipúzcoa) en el lejanísimo 1935, en plena guerra incivil, insistía en que jamás pretendió producir “cine político”, cuando la verdad, como se desprende de las palabras de Carlos Saura, su realizador mimado hasta el extremo de rodar juntos trece películas, la verdad es que el conjunto de su producción constituye una intensa y extensa historia política de una época, puede que más sociológica y humanista que estrictamente ideológica. Pero, en definitiva, los traumas de una época, desde Peppermint Frappé (Carlos Saura, 1967) hasta Tasio (Montxo Armendáriz, 1984), recorren un camino español que nos abrió a las corrientes cinematográficas y, en fin, culturales europeas y anglosajonas.

Al final de su vida, abandonó el cine nacional para reencontrarse con su memoria vasca, al producir tres obras casi documentales, dirigidas por Eterio Ortega, entre las que destaca por su tremenda sobriedad y alcance Asesinato en febrero (2001), donde se nos narra el asesinato de Fernando Buesa y de su escolta Jorge Díaz Elorza, cuando ETA comenzaba declinar. De esta manera, un hombre de cine que comenzó nada menos que con La caza (Carlos Saura, 1965), acabaría con esos documentales en un retorno descarado a sus raíces vascas tras atravesar el conjunto de los paradigmas de España entera durante y tras la herencia de una dictadura sumida en una censura cultural empobrecedora.

Elías Querejeta comenzó estudiando Químicas y Derecho, pero a la vez se dedicó al fútbol, jugando en su querida y nunca olvidada Real Sociedad. Por su amistad con Antonio Eceiza, del que produjo varias películas más llamativas que de verdad relevantes, se sumergió en el universo cinematográfico como productor, como guionista y como referente de una forma de escribir y de realizar cine completamente innovadora, hasta convertirse en el creador de “la marca Querejeta”: películas interiores pero no menos referenciales, con un escondido margen de misterio humanístico, realizadas con una medida contención estilística, pero sobre todo, con unos guiones, que en ocasiones él mismo escribiera, casi sintéticos en torno a alguna historia cruda y lacerante.

Desde nuestro punto de vista, el caso de Elisa, vida mía (1976), realizada por un mayestático Carlos Saura, es emblemático: una historia escrita por el mismo productor en que la mesura, la analítica y el dolor de un Saura antológico, recorren la meseta castellana de la mano de Fernando Rey y Geraldine Chaplin. Feliz conjunción que también se daría en tantas películas con otros directores. En concreto en varias óperas primas que consiguieron lanzar a las pantallas, entre aplausos y admiración, a varios directores fundamentales en la generación de los 70-90. Escribamos algo sobre esta importante gestión de Querejeta.

En 1973, descubrimos probablemente al realizador más perfecto del cine español de la segunda mitad del siglo anterior: Víctor Erice. En El espíritu de la colmena (1973), un hito en la percepción del misterio, ínsito en los marginados de la guerra civil, combinada con una historia infantil absolutamente onírica pero perceptiblemente política, en las referencias humanísticas tantas veces referidas en estas líneas. Tiempo después, Erice congelaría casi del todo su actividad como autor de largos y así quedaría como una rarísima avis, siempre admirada pero siempre también interrogante. Más tarde, en 1976, convierte a Jaime Chávarri en un fenómeno nacional con El desencanto, ya citada, muestrario de una especie de terrorismo psicológico a la española, de extraña belleza en su detonante tristeza. Pero fue al apoyar a Ricardo Franco, un tipo del todo punto complejo e hirsuto donde los hubiere, cuando se adentró la producción de Elías en un terreno tan oscuro como Pascual Duarte (1976), según la obra de Camilo José Cela, una visión de la pobreza material y moral de unos años durísimos, de nuevo en ese campo español herido de muerte por el odio más impasible.

Y cerramos este valiente apoyo desarrollado por Querejeta de realizadores nada conocidos, con esa maravilla también citada que es Tasio (Montxo Armendariz, 1984), una de las obras más perfectas estéticamente de “la marca Querejeta”, tersa, incisiva, mistérica y, en fin, penetrante. Pero añadamos a otros autores a los que también lanzó, como Manuel Gutiérrez Aragón, Emilio Martínez Lázaro, Francisco Regueiro y un largo etcétera. Comprenderán los lectores que hayamos clasificado a Elías Querejeta como un hombre absolutamente capital en la renovación del cine español de la segunda mitad del siglo XX, cuya significatividad nunca ha sido reconocida en todo lo que merece, en su momento y para generaciones posteriores. Muy olvidadizos y demoledores somos los españoles con quienes nos ennoblecen en ese juego de cuchillo que es nuestra actividad cultural.

querejeta2Elías Querejeta deja como sucesora directa a su hija Gracia Querejeta, una realizadora exquisita y feminista, tan sensible como inteligente, quien apareció en 1992 con Una estación de paso, todavía mediocre, pero en 1996 se afianzaba como una realizadora de enorme sensibilidad e interioridad de sus personajes, en el mejor estilo del padre, con El último viaje de Robert Rylands y obras posteriores. Pero, sobre todo, la herencia de nuestro personaje subsiste en todo el cine actual español, en la medida en que autores como Jaime Rosales, por ejemplo, siguen moviéndose en este territorio tan lírico como crítico, sin alterar el sentido común estético, que impuso este vasco un tanto engreído, puede que sin pretenderlo, y sobre todo polémico compañero de camino de tantos realizadores a los que hemos admirado toda una generación de cinéfilos. Y, no lo olvidemos, excelente gestor y sagaz empresario a la hora de establecer el marketing de sus criaturas.

Con el tiempo, el antiguo jugador de la Real Sociedad, fue inclinándose, pero su melena al viento, siempre perfectamente cortada y sus vestiduras siempre negras sobre las que se movía, oscilante, su bolsa de libros y papeles mil, es de esperar que permanezca en el recuerdo de una cinematografía que haría bien en activar su momento fílmico en lugar de intentar experimentos tan llamativos como perecederos. Carlos Saura, como gran testigo todavía viviente, nos ofrece sus películas en número de trece, como garantía de que nuestra admiración por este extraordinario productor está ahí con razón. Ojalá surjan imitadores en este difícil trabajo de hacer de las películas objetos para poblar nuestra imaginación. Y de esta manera, ayudarnos a sobrevivir entre tanta oscuridad ambiental como nos domina. Descanse en paz, con su permanente sonrisa irónica, ahora que ha emprendido su último viaje.

 

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