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¿Qué fue de la crítica de cine?

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

sala cineEntre los cinéfilos y cinéfagos más veteranos se ha extendido la sensación de cierta incomodidad ante la crítica de cine en nuestro país y hasta se afianza la convicción de que la crítica como tal ha pasado a mejor vida en beneficio de escrituras cinematográficas mucho más diversas y ricas en pluralidad de perspectivas, pero carentes de objetivos y funciones atribuidos tradicionalmente a la crítica, como el juicio estético o la educación del gusto. Se argumenta que deja mucho que desear, que hay una división esquizofrénica entre la crítica de prensa diaria y la de publicaciones especializadas, falta de profesionalidad y exceso de opinionismo y, lo que es más grave, problemas radicales de comunicación con el potencial espectador que lee muchas columnas sin saber a qué atenerse. Curiosamente, esta, digamos, crisis de la crítica viene acompañada de la celebración de cursos, másteres, talleres y diversas fórmulas -incluso aparece como materia de estudio en titulaciones universitarias- que ofrecen el aprendizaje del oficio de crítico de cine, profesión hasta ahora autodidacta y voluntariosa, gracias a exhaustivos itinerarios que comprenden el estudio de teoría del cine, narratología, análisis del filme, sociología, semiótica, estéticas, historia, géneros y movimientos, etc. Pudiera ser que la proliferación de esta oferta formativa –inédita hasta hace bien poco- fuera consecuencia de aquella incomodidad, es decir, que precisamente porque la crítica nos deja insatisfechos se aprecia como urgente la necesidad de formar críticos.

            De ningún modo quisiera dar la impresión de que cualquiera tiempo pasado fue mejor al reflexionar sobre la situación actual. De hecho la crítica de cine en la prensa diaria ha tenido momentos mejores, pero también mucho peores. Y la gratificación que supone revisar en las hemerotecas las colecciones de revistas de referencia como Film Ideal, Nuestro Cine, Casablanca, Contracampo, etc. queda mitigada al encontrar artículos donde se rechazaban películas hoy consideradas obras maestras indiscutidas o se menospreciaba a directores cuya trayectoria ha resultado modélica. La tradicional queja de los cineastas de que los críticos son directores frustrados ha dado paso a acusaciones mucho más matizadas y de mayor calado, como cuando en 2008 una lista notable de directores y gente de cine encabezados por Víctor Erice y José Luis Guerín se quejaba de que en el periódico de mayor tirada (El País) Carlos Boyero rechazara el cine de Abbas Kiarostami. Intentando clarificar el estado de la cuestión me atrevo a formular de forma muy provisional algunas ideas que pueden servir para debatir y profundizar en el tema.

1. Amateurismo, hiperespecialización y sectarización. La proliferación de soportes y los nuevos medios de comunicación de internet y telefonía inteligente (páginas web, pero, sobre todo, redes sociales) permiten una democratización de la opinión que ya no se encuentra en exclusiva en poder de líderes o de expertos, pero ello comporta rebajar el nivel de exigencia en los textos y en la crítica de la obra artística. Es bastante frecuente que en lugar de la valoración intersubjetiva del juicio estético ponderado y argumentado, propia de la crítica de cine, encontrarse con comentarios improvisados regidos por la pura subjetividad, sin otro argumento que el gusto personal e intransferible (y, por supuesto, indiscutible).  La mera verbalización del gusto y el narcisismo de su exposición pública sustituyen al juicio crítico; y se valora como “moderno” o “actual” el gusto diferenciado o a contracorriente, lo que pasa por opciones tan radicalmente contrapuestas como la atención a cinematografías periféricas y cineastas marginales junto a la reivindicación de géneros populares –hasta hace bien poco rechazados por el cine culto como el gore- y autores trash, lo que explica el ciclo dedicado a Jesús Franco por la Cinemateca Francesa.

            En este sentido, desde los años 90, las nuevas tecnologías digitales están permitiendo una extraordinaria facilidad para la circulación y visionado del cine, de manera que hasta las obras más remotas y periféricas son accesibles a espectadores de latitudes y culturas muy distantes. Ello ha supuesto una muy afortunada ampliación del conocimiento, con el beneficio constatado de juicios críticos de mayor fundamento, pero también el cultivo de aficiones especializadas y hasta el frikismo de la sectarización (secta como grupo automarginado y excluyente en sus opiniones refractarias a todo debate) en arrogarse en especialista máximo de raros y curiosos. Esta sectarización tiene como resultado la anulación de cualquier jerarquía estética, pues el gusto particular y la valoración de lo marginal o raro se impone por encima de la crítica.  

2. Variedad de soportes y formatos. Del mismo modo que nunca como hoy hemos disfrutado de tanta facilidad para acceder a las películas más remotas, también sucede que proliferan todo tipo de comentarios en la red sobre el cine más ignoto; aunque, ciertamente, los trabajos de calidad y de cierta entidad son escasos, hay que reconocer en esta facilidad de acceso una oportunidad para nuestro conocimiento del cine.Dentro del género tradicional de la crítica de cine, se suele distinguir (David Bordwell), al menos, la crítica periodística, el ensayo fílmico y la crítica académica que han tenido su soporte en la prensa diaria y en revistas especializadas y libros. En cualquiera de estas fórmulas hay una evidente voluntad de análisis de la obra de arte, de reflexión y diálogo con el lector sobre lo que la obra aporta, de juicio sobre sus cualidades estéticas y, en definitiva, de orientación y/o educación del gusto, pues una crítica de cine es un texto con la función irrenunciable de decir al espectador el interés (valor, calidad, etc.) de una película. El crítico no puede escribir cualquier cosa ni dejarse llevar por la pura subjetividad so pena de encastillarse en su juicio particular y renunciar a la comunicación con la comunidad de lectores, necesariamente plural.

            La crítica de cine como género ha quedado dinamitada desde la proliferación de páginas web con revistas digitales, blogs, portales, comunidades de Facebook y sitios de difícil clasificación donde se publican todo tipo de escritos sobre cine: comentarios subjetivos, glosas, perfiles biofilmográficos, diarios de cinéfilos, informaciones complementarias, textos promocionales tipo press book, etc. Estos textos –en gran medida alimentados por el gusto particular- vienen a sustituir a la crítica ponderada, reflexiva y dialógica, mucho más exigente en sus requisitos y compromisos, pues aquellos escritos suelen estar presididos por la espontaneidad carente de cualquier exigencia.

3. Crítica como comunicación/ literatura. Pero, probablemente, el mayor problema que tiene hoy la crítica en nuestro país sea en cuanto género literario;  y no me refiero principalmente a sus cualidades estilísticas desde el punto de vista lingüístico, sino en cuanto mera herramienta de comunicación. Abundan demasiado en la prensa de papel los comentarios críticos que, una vez leídos, el cinéfilo no sabe a qué atenerse porque no deduce si la película le ha gustado al crítico o no, si le ha parecido interesante o novedosa, etc. El crítico se pone estupendo y, revestido de una prosa pseudointelectual y barroca, se lanza a digresiones aparentemente cultas, con una supuesta erudición destinada a deslumbrar al lector, pero impotente para un juicio ponderado que nos sirva de orientación o guía, algo tan sencillo como saber si entrar en la sala 3 o en la 7 de los multicines una tarde de miércoles. Al mismo tiempo, la democratización de la publicación en internet, donde la mayoría de los sitios carecen de filtro de control de calidad, ha llevado a que muchos de los textos reflejen una alarmante ínfima calidad en su escritura, con errores sintácticos, proliferación de barbarismos y neologismos, preferencia por el circunloquio y los archisílabos (Aurelio Arteta) y, en general, un engolamiento expresivo como cortina de humo ante la falta de claridad de ideas o de una opinión consistente más allá de la última ocurrencia.

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