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Mediocre San Sebastián 2013

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

PELO MALO 2013 1Después de los esplendores y ditirambos de la edición pasada, esta sexagésima primera ha resultado mediocre, es decir, por debajo de una calidad media, algo muy constatable en las secciones oficial (concurso o fuera de él) y en Perlas, y en la escasísima, por no decir inexistente, presencia de figuras de relumbrón en la alfombra roja.

La multiplicación de secciones paralelas, que no dejan de crecer, son árboles que pretenden ocultar el bosque. Así, se ha celebrado la segunda edición de Cine y gastronomía y la primera de Cine salvaje (dedicada a deportes de riesgo), y se ha dividido la sección Zabaltegi en sus tres componentes tradicionales Perlas, Nuevos realizadores y Vanguardia (en temas o estilos). Las tres, por cierto, con un nivel también muy bajo en la presente convocatoria. La retrospectiva dedicada a Nagisa Oshima, muy completa e interesante, pasó casi desapercibida en una edición a la que se sumaron además Animatopia (consagrada a la animación) y las ya habituales secciones de Horizontes Latinos, Cine español (Made in Spain), Cine vasco (Zinemira), Cine en construcción… Y ya se sabe, el que mucho abarca, poco aprieta.

Ésta es la tercera singladura de José Luis Rebordinos como director del festival. La primera, muy floja, se la perdonamos por la novatada, la segunda fue realmente brillante, pero la tercera ha vuelto a recursos del pasado: cuando no se consiguen películas del primer mundo (sobre todo, norteamericanas) se echa mano de las latinoamericanas y el festival de este año parecía el de Huelva: siete películas hablaban castellano entre las dieciséis del total. También el palmarés ha resultado prácticamente copado por filmes hispanos, aunque no fueron los mejores, en mi opinión, sobre todo en lo que respecta a Club Sándwich de Fernando Eimbcke, infumable colega de “Reygadas y sus mariachis”, con propensión a los larguísimos planos vacuos y tediosos, con un argumento que no daba para diez minutos y que desarrolla en ochenta (y se hacen eternos).

El público que llenó los cines resulta –es curioso– menos exigente que el de antaño que pateaba y vociferaba cuando un film era un “pestiño” o de un vanguardismo de tres al cuarto. Ahora aplaude, compasivo o quizás con menos criterio, a todo lo que se proyecta pensando tal vez que no hacerlo sería tanto como contradecir al comité de selección al que se supone entendido. El número de entradas vendidas en los ocho días ha sido de 160.000, lo que es un nuevo record. La ciudad se ha llenado de visitantes y curiosos, y eso está bien, pero no sé si lo es para el mismo festival en su vertiente estrictamente cinematográfica. Puede enmascarar la falta de criterio de sus rectores y la debilidad a la hora de lograr que films y actores de las grandes producciones pasen por San Sebastián. Los festivales de Venecia y Toronto, cercanos e incluso coincidentes en fechas, suponen un bocadillo que se merienda a Donosti. Sólo con imaginación, valentía y rigor se puede plantar cara a tan feroces adversarios. Y Rebordinos no me parece hombre para semejante aventura. Dicho sea con todos los respetos, pues es persona honesta y bien intencionada.

Pero vayamos a las películas. Llama la atención un tema redundante en varias de ellas: las relaciones de los progenitores con sus hijos. Es el asunto de la ganadora de la Concha de Oro, Pelo malo de la venezolana Mariana Rondón, y de Club Sándwich, Concha de Plata a la mejor dirección (!!!), pero también de las «perlas» De tal padre, tal hijo del japonés Kore-eda Hirozaku y La postura del hijo del rumano Calin Peter Netzer. Estas dos últimas, lo mejor que pude ver en los ocho días de festival junto con La mirada del amor de Arie Posin. Pero dicho tema aparece también en La herida, Vivir es fácil con los ojos cerrados y Octubre y noviembre. El problema de la filiación biológica o social acaba causando problemas de identidad en el hijo y no pocas veces en las madres y padres, reales o supuestos, que los adoptan, educan o… malcrían. También, conectado a él, asoma el problema de la familia monoparental femenina y, en general, el negativo efecto de la ruptura del matrimonio en los hijos, que es evidente incluso en la fallida Condenados (Devil’s Knot) de Atom Egoyan (un gran fiasco).

Hablando de decepciones, hay que sumar a ésta la de Futbolín, incursión de Juan José Campanella en el cine de animación y en 3D, con resultados menos que regulares. Hay en ella muchos guiños al espectador adulto (referencias futbolísticas y también cinéfilas), pero escasa enjundia en el argumento y tratamiento fílmico. Otro tanto puede decirse de Enemy, del canadiense Denis Villeneuve, que aborda el tema del doble desde una perspectiva poco convincente, o de François Dupeyron que en Mon âme pour toi guérie presenta el caso de un curandero que se resiste a ejercitar este don, recibido de su madre, en beneficio de toda clase de enfermos. También defraudó Manuel Martín Cuenca. Su Caníbal no pasa de discreto. A fuerza de parsimonia «congela» un relato que, en otras manos, podría haber sido un volcán.

Destacaron, en cambio, El largo viaje (The Railway Man) por su mensaje de perdón y reconciliación entre un antiguo prisionero en un campo de concentración japonés y su verdugo treinta años después, la bienintencionada y simpática Vivir es fácil… de David Trueba, Le Week-end de Roger Mitchell –una comedia sarcástica sobre un matrimonio británico, ya mayor, que se hostiga mutuamente durante un fin de semana en París– y, por último, la bufonada Quai d’Orsay de Bertrand Tavernier, una farsa sobre un parlanchín y necio ministro de Asuntos Exteriores francés que trae de cabeza a todos sus colaboradores con sus repentinos cambios de humor y de criterios (me pareció un poquito exagerada y algo reiterativa, aunque no carece de gracia).

 Y ¿qué decir de la astracanada de Las brujas de Zugarramurdi? Es, en mi opinión, la apoteosis de la vaciedad, de la nadería, que comienza muy fuerte y acaba deshinchándose como un globo en una gigantesca ventosidad sin olor mefítico a pesar del estruendo de la misma: viento, viento y nada. Sirvió para rendir homenaje a Carmen Maura, premio Donostia, convertida por gracia de Álex de la Iglesia en matriarca de todas las brujas en un aquelarre interminable. Espero y deseo que al festival donostiarra no le ocurra lo mismo. Sería verdaderamente lamentable.

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