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El terrorismo en la pantalla global

Escrito por Sergio F. Pinilla

world trade 2“¿Qué le sucede, señor Bernstein, a la Tierra de la abundancia? ¿Dónde hay abundancia para pocos y nada para la mayoría?” repite en monólogo interior Sam Bicke (Sean Penn) en The Assasination of Richard Nixon (Niels Mueller).

El dislate entre su conciencia (“la seguridad es la enfermedad de los reyes...”, dice en otro momento de la película, “...y yo no soy un rey”) y su comportamiento cara al exterior (trabajo, familia, y patria, siguiendo este orden) estallará cuando Bicke (actualización del Travis Bikle de Taxi Driver ensaye el secuestro de un avión comercial, para estrellarlo contra la Casablanca del Presidente Nixon, al que culpa de todos los males de la sociedad). Este proceso esquizofrénico, de enfermedad interior que refleja un mal externo, y que cataliza en un choque frontal y violento contra las instituciones alienantes, articulaba también el discurso de El club de la lucha (D. Fincher), y constituye la primera manifestación del anarquismo violento en contra del Estado establecido, quizás la más temida por éste, al suponer la rebelión de sus propios súbditos.
 
V de Vendetta llega un paso más allá en la teoría de la evolución del terrorismo global, al suponer que la lucha armada de uno obtendría como fruto la rebelión de las masas en contra del Estado opresor. La ambientación de la película en un Reino Unido postnuclear y fascista, no resta contundencia a su mensaje político, duramente criticado por el autor del cómic original, Alan Moore, quien sí que diferenciaba en 1988 dos etapas en la lucha armada: la del caos y la destrucción, y la de un anarquismo creador (sin poderes, pero con un orden surgido de la voluntad de cada uno) que la sucedería, y que supondría la desaparición de aquellos terroristas que con sus atentados hubiesen posibilitado la llegada a esta segunda fase (sería algo así como suponer que ETA desapareciera de las negociaciones para el proceso de paz en Euskadi). La corresponsabilidad de los poderes fácticos en las acciones terroristas no sólo se ha tratado este año desde la metáfora de James McTeigue: también la parodia (El señor de la guerra, Andrew Niccol), y sobre todo la ficción política han responsabilizado a las empresas multinacionales de las políticas de sus gobiernos, y en especial con respecto al hambre y a la enfermedad en el Tercer Mundo (El jardinero fiel, F. Meirelles), y a las guerras (Syriana, S. Gaghan), que son devueltas a Occidente en forma de atentados terroristas. La película de Stephen Gaghan certifica sobre todo que el terrorismo internacional es un fenómeno complejo y contradictorio, más próximo al discurso documental y paranoico de Michael Moore en Fahrenheit 9:11, que a la tradicionalista y fundacional vendetta magistralmente narrada por Spielberg en Munich.
 
world trade 1Quizás la manera más honesta de aproximarse al terrorismo sea posicionar la mirada sobre aquellos que lo sufren. En 11/9 y Zona Libre, el israelita Amos Gitai ponía el énfasis en la barbarie que implica el acabar con la vida de seres inocentes; desde una perspectiva opuesta Paradise now abordaba cómo era el proceso y las motivaciones que convertían a un joven palestino en mártir para la causa de su pueblo. Siguiendo una visión redentora y de esperanza en el ser humano, Paul Greengrass, autor de Omagh y de Bloody Sunday, destaca en United 93 el heroísmo del pasaje del vuelo que estrelló su avión en Pensilvannia el día del 11-S. Y World Trade Center, la última película de Oliver Stone, descubre el rescate de los dos últimos bomberos atrapados entre las ruinas del antiguo edificio. Las desastrosas consecuencias que aquella acción terrorista tuvo para la política global quedan retratadas en Camino a Guantánamo, en la que Michael Winterbottom y Mat Whitecross reproducen el campo de concentración norteamericano en Cuba.
 
Una visión más sosegada y crítica es la que propone el cine de Extremo Oriente, que centra su atención en la difícil y extraña convivencia que se establece entre víctimas y verdugos, tras cometerse una acción terrorista. Canary, de Akihiko Shiota, y último éxito en Japón, cuenta la peripecia de un superviviente de la secta “Arca de la Verdad”, después de escapar del centro de menores en el que ha sido recluido. Por su parte, Distance, del director de Nadie sabe, Hirokazu Kore-eda, reflexiona, a partir del mismo acontecimiento luctuoso (el ataque terrorista con gas sarín al metro de Tokio), sobre los sentimientos que sienten los familiares de los terroristas, asesinados igualmente por sus compañeros en una cabaña en medio del bosque. En realidad, estas dos películas japonesas suponen un acercamiento introspectivo y naturalista a la violencia irracional del ser humano (una línea de cine que entronca con cineastas tan geográficamente distantes como Gus Van Sant, Lisandro Alonso, Apitchapong Weerasethakul, o Rithy Panh, quién en S21, La Machine de Mort des Khemeres Rouges, lograba la proeza de reunir en el mismo escenario del crimen a las víctimas y a los actuantes del genocidio camboyano.) En suma, la convivencia como el más valioso mecanismo para asegurar la supervivencia del hombre...

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