.

Cine y jazz

Escrito por Ángel Luis Inurria

bird1895 fue un feliz año en el que nació el cinematógrafo. Las primeras proyecciones públicas de los hermanos Skladanowsky tuvieron lugar en el Wintergarden berlinés con un programa que mostraba la filmación de varios números circenses y de variedades, en los que ya se ofrecían rótulos intercalados, colores adicionales y acompañamiento musical. Algo después, el 28 de diciembre, tuvo lugar la más recordada de los hermanos Lumière en el eterno París del fin de siglo. Un año tan bueno como cualquier otro próximo a él para señalarlo como el del nacimiento del jazz, la denominada música clásica del siglo XX, que hay que diferenciarla de la música negra. En 1897 se abrió el pecaminoso barrio de Storyville, un año después de que se pusiera de moda el ragtime. El jazz, pecaminoso y evangélico, creció a impulsos del latido africano, ritmo que acompasó por igual la recogida del algodón y las plegarias evangélicas de sus recolectores, que se amparó en los prostíbulos y que explotó su alegre reclamo en los barrios de Nueva Orleáns, en bailes y marchas, al reclamo de las agudas notas de Buddy Bolden, cuya intensidad heredó Louis Armstrong para exportarla a Chicago y desde allí a todo el universo.

El naciente cine, aún silente, desde el primer momento lo incorporó al piano que acompañaba las proyecciones en ilustres teclados por los que pasaron, entre otros, Count Basie y Chico Max. Y cuando por primera vez se presentó como sonoro El cantor de jazz (The jazz Singer, Alan Crosland, 1929), tuvo como introductor a Al Jolson, un popular cantante y silbador, todo un showman famoso por pintarse la cara de negro para actuar, como hacían para satirizar a los negros artistas blancos, los minstrels, desde 1840. La historia del jazz, reflejada en el cine, tanto de ficción como documental, así lo refleja, siempre ha tenido una cierta pugna entre preservar el jazz para los negros o para convertirla en música de blancos. Los músicos blancos, seducidos por el jazz, brillaron en dicho estilo, tal como Red Nichols, para algunos alter ego del malogrado Bix Beiderbecke, y el clarinetista judío Benny Goodman, que también cuenta con biografía fílmica, y que llegó a ser proclamado “rey del swing”, estilo y esencia propia del jazz, que se impuso a partir de los años veinte: la “Era del Jazz”, como la denominó Scott Fitzgerald, tiempos en los que se imponía una forma de vida reproducida en cientos y cientos de escenarios fílmicos, época donde el alcohol el baile y quienes controlaban todo sus escenarios, políticos y gánsteres, se convirtieron en protagonistas principales de los guiones de Hollywood. Otro famoso que “chupó del jazz”, fue Glenn Miller (Música y lágrimas, The Glenn Miller Story, Anthonny Mann, 1954) eran los años en que había orquestas blancas que querían sonar como las de los negros, y orquestas negras que deseaban hacerlos como las blancas. Hasta que un día desparecieron los salones de baile y las grandes orquestas, y renacieron los clubes y surgió el estilo bop, como refleja el filme de Scorsese New York New York.

Pero volviendo a El cantor de jazz, hemos de señalar que no se trata de una película sobre el jazz ni sobre un jazzman, aunque se hace referencia al origen del denominado “jazz de la sinagoga” y se incluye un estándar de Irving Berlin, “Blue Skay”, influencia que se prolonga hasta nuestros días en el entorno de saxofonista John Zorn y su grupo Masada. Enseguida, 1929, ¡Aleluya!, (Hallelujah, King Vidor),  donde también interviene el citado compositor de origen judío Irving Berlin, nos presentaba en el transcurso de su cuento moral una significativa selección de blues y espirituales debidos al excelente trabajo de Eva Jessy y Henry Thacker Burleigh, interpretado íntegramente por afroamericanos (en las películas de Griffith, dicen que no era muy amante de los negros, la mayoría de los que aparecían en sus películas eran blancos maquillados de negro). Conforme el séptimo arte se iba desarrollando en su doble vertiente se ficción y documental, el jazz se iba instalando en él; a veces para rendir homenaje a dicha música y mostrar su esencia, el swing, como en el filme Stormy Weather, realizado en 1943 por Andrew L. Stone, a través de las actuaciones de algunas de sus más grandes figuras, el mismo año en el que Vincente Minelli rodó Cabin in the Skay, la historia de la caída y arrepentimiento de un ludópata, negro, como todos los protagonistas del musical, filme donde aparece Duke Ellington con su orquesta y también la inevitable y atractiva Lena Horne, aunque la presencia más recordada sea la de Louis Armstrong como travieso diablillo, que también aparece en la película Nueva Orleans (Arthur Lubin, 1947).

Figuras señeras del jazz reciben el homenaje de cineastas de prestigio, como hace Francis Ford Coppola en Cotton Club (1984) y Robert Altman en Kansas City (1996) y, en ocasiones, como biografía fílmica de alguna de sus figuras, tales como The Benny Goodman Story (1955), realizada por Valentine Davis; Tu mano en la mía (The Fine Pennies,  Melville Shavelson, 1959), biografía del trompetista, Red Nichols, o la más reciente Bird, dedicada a Charlie Parker, dirigida en 1988 por Clint Eswood, biopic que contiene instantes de acertado pulso bopper, cineasta amante del jazz, que se apoya frecuentemente en el trabajo del jazzístico Lennie Niehaus para sus bandas sonoras. Particular es la alternativa elegida por Bertrand Tavenier en Alrededor de la medianoche (Round about Midnight, 1986), título de la emblemática composición de Thelonius Monk, libre, pero fiel adaptación fílmica de “Le danse des infidéles”, en la que el saxotenorista Dexter Gordon da vida a un músico de jazz que durante su estancia parisina entabla amistad con un fiel admirador. Más allá y más acá de la ficción no puede olvidarse el singular documental protagonizado por el trompetista y vocalista Chet Baker, Let´s Get Lost que ilustra por igual sobre su vida y obra, obra de referencia en el haber de Bruce Webber.

              Pero el jazz, más allá del documento, de la presencia de sus figuras en títulos biográficos y/o musicales, en muchos e importantes títulos fílmicos, y en otros no siempre notables, ha dejado su poso en la música de una gran parte, casi la mayoría, de las bandas sonoras fílmicas de éxito. A través de las melodías, de los arreglos y de los compositores que en su gran mayoría han tenido contacto con el cine, incluso músicos ajenos al mundo del cine, como Miles Davis y Duke Ellington, son responsables, respectivamente de dos de las más inquietantes bandas sonoras del cine, Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1957) y Anatomía de un asesinato, (Otto Preminger, 1959). Tampoco hay que incidir, por evidente, la presencia del jazz en el universo Disney y en los dibujos animados de otros estudios, influencia presente hasta en los de la Pantera Rosa, algo lógico en Mancini.

              El cine y el jazz han sido en gran medida los exploradores culturales que facilitaron la influencia estadounidense en Europa: primero en Gran Bretaña y Francia, y finalizada la segunda guerra mundial en todo el continente, y en todo el mundo. El fenómeno fue menos notorio en la España de las dictaduras, sobre todo en el apartado jazzísitco, y también en las librerías, por lo que era obligado traer de fuera, del extranjero, se decía entonces, libros y discos. El catálogo discográfico era aún mucho más pobre. Al menos, los libros de cabecera de entonces lo siguen siendo hoy, Historia del Jazz, de Marshall W. Stearns, The Encyclopedia of Jazz, de Leonard Feather, y el la imprescindible obra de Joachim E. Berendt, El Jazz; pero era muy difícil conseguir discos de “swing” o de música sincopada, que se decía entonces, e imposible en los días de los discos de pizarra. Tampoco se nos daba muy bien el inglés, hoy seguimos en penuria, como ejemplifican nuestros presidentes de gobierno y algunas traducciones de los títulos de Louis Armstrong y sus Hot Five editados en microsurco que respondían al genérico “Música para Bailar”, cuyo “Potato Head Blues”, ya con los Hot Seven, forma parte del decálogo que expone Woody Allen en Manhattan, homenaje a Gershwin, otro judío, sobre las cosas por las que merece la pena vivir. Y es precisamente dicho cineasta quien, en nuestros días, más allá de su afición al clarinete, aúna el mensaje jazzístico y cinematográfico en una amplia y variopinta filmografía en la que se encuentra varias obras maestras, aunque la influencia de la denominada música clásica del siglo XX está en toda la música popular de nuestros días y, por supuesto, en las actuales bandas sonoras.

CA00256201El fenómeno lo recogió David Meeker en su libro Jazz in the Movies, con más de tres mil setecientas reseñas de películas relacionadas con el jazz o en las están presentes sus músicos, precedido por un breve comentario, libro incluido en la bibliografía del actual de Carlos Aguilar,  celebrado autor de la Guia del Cine,  titulado Cine y Jazz (Madrid, Cátedra, 2013, 384 pp.), aunque viendo su portada podría titularse “Jazz y Cine”, pues en ella vemos a Ella Fitzgerald, la cantante con más “swing” de todo el jazz, junto a la rubia Marilyn, la más “sexy” actriz del universo fílmico, la chica que se movía como nadie tocando el ukelele en Con faldas y a lo loco (Some Lake It Hot, Billy Wilder, 1959). Esta película aparece junto a la de los filmes relacionados con dicha música, juiciosa y personalmente comentados por el autor, en este diccionario donde filmes y jazzmen comparten protagonismo junto a numerosas y escogidas ilustraciones, tras un prólogo en el que se une cine y jazz. Volumen en el que se puede encontrar la pista de lo aquí expuesto, y muchas cosas más; y que colmará por igual la curiosidad del cinéfilo como del jazzadicto, y no digamos de los que, como yo mismo, compartimos ambos amores.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.