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Los «no lugares» en el cine: espacios filmicos que pasan inadvertidos

Escrito por Francisco M. Benavent

up-in-the-airEl G.R.A., el Grande Raccordo Anulare, la autopista de circunvalación de Roma, es un escenario del que Federico Fellini ya se sirvió en Roma (1972), lo mismo que Luigi Comencini en El gran atasco (1978). Es uno de esos sitios de tránsito característicos de la periferia de cualquier gran capital, vías donde casi nadie para yendo velozmente hacia su destino, pero en las que pueden encontrarse curiosas colonias de gentes que han construído allí su hábitat. El reciente estreno de Sacro GRA (2013) de Gianfranco Rosi da pie para detenerse y fijarse en estos espacios. Su documental va desgranando, en un entramado parecido al de "Las ciudades invisibles" de Italo Calvino, un ecosistema formado por áreas de descanso, gasolineras, furgonetas-restaurante, casas-colmena, autocaravanas con transexuales, arcenes donde se citan prostitutas o palmeras corroídas por las termitas. Estos emplazamientos urbanos, comúnmente transitados pero apenas observados, han recibido el nombre de "no lugares".

Los "no lugares" son esos espacios de tránsito y carentes de personalidad por donde la gente pasa de forma presurosa y anónima. Se oponen a los "lugares antropológicos", provistos de una identidad definida y donde las personas comparten tranquilamente sus relaciones sociales (una plaza, el bar, la oficina, la iglesia…); en su extremo se situaría la vivienda propia, último refugio de la intimidad. Este concepto, uno de los paradigmas más debatidos dentro del arte contemporáneo, se debe al antropólogo francés Marc Augé (Poitiers, 1935). Para Augé la identidad del individuo se construye en función de su relación con esos espacios. Los "no lugares" son entornos ajenos donde las personas apenas se detienen, tierra de nadie donde no hay vocación de permanencia ni de arraigo (salvo para carteristas o mendigos sin hogar). En contraposición, los lugares privados albergan lo que uno siente como suyo, construyendo el individuo en ellos su yo identitario. Para el antropólogo, "la sobremodernidad [la cultura global y contemporánea] es la productora de los «no lugares»". Son símbolos característicos del mundo de hoy, donde, a diferencia del antiguo, estos entornos se hacen cada vez más numerosos debido a la globalización y la mayor cantidad de desplazamientos. Fruto de esta expansión es que constituyen una materia estudiada no sólo por la antropología, sino también por otras disciplinas convergentes, las de economistas, arquitectos, filósofos, geógrafos, historiadores… En cine, el documentalista norteamericano Jem Cohen es el autor de un filme fundamental, Chain (2004). Rodado a lo largo de seis años, en él pasa revista a gran parte de estos emplazamientos clónicos (centros comerciales, aeropuertos, cadenas de comida rápida, aparcamientos, parques temáticos, edificios de oficinas, hoteles baratos…) que son impulsados por las grandes corporaciones y cuya ubicuidad contrasta con su aparente invisibilidad, siendo un fenómeno al que se presta escasa atención.

A los "no lugares" apenas se les da importancia ya que nadie los siente como suyos. Son espacios cotidianos que pasan desapercibidos sin dejar huella en la memoria, aunque curiosamente suelen ser los viajeros, antes que los oriundos acostumbrados a ellos, quienes reparan en sus características. Son sitios impersonales y asépticos (como corresponde a un mundo cada vez más globalizado), de tonos gélidos (en contraste con los colores cálidos de los espacios privados), con música ambiente anodina, viajeros con prisa y maletas rodantes, llenos de señales y cámaras de seguridad, diseñados por arquitectos que a diferencia de Gaudí son incapaces de salir de la línea recta. Augé plasmó sus teorías en el libro "Los no lugares. Espacios del anonimato. Antropología sobre modernidad" (1992). "Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico" –escribió en él– "un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un «no lugar»". Los "non-lieux" se definen entonces no por la suma de ciertas cualidades, sino justamente por la ausencia de ellas. Pueden establecerse diversas dicotomías a este respecto: espacios provisionales frente a lugares estables en los que se vive; espacios públicos y abiertos frente a privados y de acceso limitado (objeto de un mayor cuidado al sentirse cercanos); espacios colectivos, compartidos y anónimos frente a los invididuales, acotados y nóminados; lugares donde impera la movilidad presurosa de los viajeros frente al sedentarismo y el arraigo de los autóctonos. La convivencia entre ambos mundos no siempre resulta pacífica, como mostraba Ron Fricke en Baraka, el último paraíso (1992), o Ursula Meier en Home, ¿dulce hogar? (Home, 2008), donde la vida dichosa de una familia se veía invadida y trastocada por la reapertura de una autopista adyacente a su casa.

            La cartografía de los "no lugares" puede hacerse tan amplia como se quiera, empezando por los relacionados con los medios de transporte: los andenes del metro, las estaciones de tren o autobús, aeropuertos -Up in the Air (2009) sería un título señero a estos efectos-, embarcaderos, aparcamientos, carreteras, autopistas (incluyendo gasolineras y áreas de servicio)... Sitios como los hoteles, restaurantes, mercados, galerías comerciales, las urbanizaciones de vacaciones, sin olvidar los cementerios. Lugares de esparcimiento como jardines públicos, parques recreativos, playas, cines (con mención a los autocines, los drive-in donde ni siquiera es necesario bajarse del coche) y museos (qué bien lo hizo Jean-Pierre Melville como lugar de encuentro para delincuentes: pocos recalan allí y menos la gente de la propia ciudad). Pueden estar situados en los extrarradios -polígonos industriales o barrios dormitorio como los de Leo (2000) o Barrio (1998)-, pero también en el centro de la ciudad, como esas calles peatonales que quedan vacías una vez cerrados los comercios y los edificios de oficinas.

En literatura ha sido J.G. Ballard quien ha convertido en dramatis personae a los "no lugares". El escritor inglés, quien en vida estuvo afincado en Shepperton, el distrito cercano al aeropuerto de Heathrow y rodeado por la autopista M25 (la M30 o el GRA de Londres), ha ambientado varias de sus novelas en estas áreas urbanas desoladas: el centro comercial de "Bienvenidos a Metro-Center", el terraplén entre dos autopistas donde queda aislado el arquitecto de "La isla de cemento"... En cine, los directores que han elevado los "no lugares" a categoría de protagonista son muchos. Wim Wenders, por ejemplo, cuyas primeras películas de los años setenta son un buen compendio de estos escenarios donde situaba a sus personajes solitarios y a la deriva: Summer in the City. Dedicated to "The Kinks” (1970), El miedo del portero ante el penalti (1971), Alicia en las ciudades (1974) –uno de los títulos más destacables, con el peripatético Philip Winter-, Falso movimiento (1975), En el curso del tiempo (1976), Paris, Texas (1984)... Lo mismo puede decirse de Michelangelo Antonioni con el urbanismo geométrico que informaba su trilogía sobre la incomunicación: La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962). Alfred Hitchcock fue otro de los grandes a la hora de filmar el espacio fílmico -Los 39 escalones (1935), Extraños en un tren (1951), Con la muerte en los talones (1959)-. O maestros como Fritz Lang, Jean-Pierre Melville, Jacques Tati -Play Time (1967), Tráfico (1971)- y tantos otros.

            Incontables son también las películas que se sitúan en "no lugares" como los andenes de las estaciones, con una mención a las cantinas ferroviarias –v.g. las de Breve encuentro (1945) de David Lean, o Café central (1999) del holandés Jos Stelling- o a los bulliciosos hervideros humanos retratados por Vittorio De Sica en Estación Termini (1953), Youssef Chahine en Estación Central (1958), Walter Salles en Estación Central de Brasil (1998) o Martin Scorsese en la imaginaria terminal parisina de La invención de Hugo (2011). Los aeropuertos, lo mismo que estaciones y hoteles, son encrucijadas aptas para que un grupo de personajes desconocidos compartan unas horas, como sucedía en Aeropuerto (1953) de Luis Lucia, Hotel Internacional (1963) de Anthony Asquith, o Desfase horario (2002) de Danièle Thompson. Area de servicio (1991) de Allison Anders, y el sinfín existente de "road movies", ilustran las carreteras y autopistas dentro de este apartado. Y los centros comerciales, uno de los "no lugares" por los que los "no muertos" suelen sentir predilección –Zombi (1978), Amanecer de los muertos (2004), La niebla (de Stephen King) (2007)- sirven de territorio para películas como Escenas en una galería (1991) de Paul Mazurski, o Mallrats (1995) de Kevin Smith.

Una vez acotada la geografía de los lugares y los "no lugares", queda por ver las relaciones que se establecen con las personas que transitan o habitan en ellos, dándoles sentido. Si en los espacios privados encontramos individuos arraigados y con su propia identidad, en los "no lugares" hay gentes anónimas que establecen con ellos un vínculo fugaz y limitado. Las relaciones interpersonales también varían, caracterizándose por ser más bien "no relaciones", lazos a lo sumo provisionales o de una efímera cortesía. Son sitios donde los transeúntes no se detienen, aunque vean a alguien tirado e inmóvil en la acera, v.g. Cowboy de medianoche (1969). Con todo, el ser humano, aunque sea en forma de masa anónima y acelerada, es indispensable sobre el tablero de los terrains vagues. Si por ellos no pasa ya gente quedan abocados a un lento proceso de deterioro y decadencia, a desaparecer convertidos en ruinas vacías y polvorientas.

Marc Auge- Los no lugaresEn los "no lugares" también pueden aparecer ciertos microcosmos, como se veía en Sacro GRA, personas que se han detenido y han echado raíces en ellos. Desde el Quasimodo de Nôtre Dame o el no menos escurridizo Fantasma de la Ópera hasta los emigrantes que quedan encerrados a su pesar en los aeropuertos de En tránsito (1993) o La terminal (2004). Lo mismo que el protagonista de Un banco en el parque (1998) de Agustí Vila, quien todos los días esperaba allí sentado a ver pasar la mujer de sus sueños; o el de Hotel de Love (1996), cuya curiosa afición consistía en contar los pasajeros que eran recibidos por sus parejas en el aeropuerto y los que viajaban solos. En particular, los pasillos del Metro suelen ofrecer cobijo a carteristas -Subway (en busca de Fredy) (1985)-, indigentes -Una época formidable (1991)-, cantautores sin suerte -Cantando bajo la tierra (2004)-, y hasta cocineros de fama mundial -Jiro, sueños de Sushi (2011). 

            Ciertamente, y regresando al principio, las teorías de Augé son criticables y se pueden volver por pasiva. El propio autor aclaraba que "el lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente". De la misma forma que en los espacios privados puede haber gente tan solitaria y desubicada como en un cuadro de Hopper, decir que sólo hay vacío en los "no lugares" puede resultar tan limitado como impreciso: ¿En una galería como las italianas no hay identidad, ni relaciones, ni historia?. ¿O un centro comercial es para los jóvenes actuales un sitio de encuentro con su propia identidad social antes que un "no lugar" de paso?.

 

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