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Expectativas ante la crisis (permanente) del cine español

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

goyas2015En poco más de un año, hemos pasado de “La industria del cine español, en coma” a “El mejor año del cine español”, según rezan los titulares de prensa (El País, 27-9-2013 y 11-12-2014). Y es que parece haberse producido un milagro al incrementarse en diez puntos la cuota de pantalla, esto es, las entradas vendidas de películas españolas en el propio país, que han pasado de una media de 15% en los últimos años a más del 25% en 2014. Dicen las estadísticas que hace la friolera de 37 años que no había unas cifras tan favorables para nuestro cine. Milagro aún mayor si tenemos en cuenta la disminución de las ayudas del Estado, que bajaron hasta 33,7 millones de euros. La celebración de los Goya puede alimentar un optimismo que, a poco que se piense, resulta infundado; aunque esos datos sirvan –lo que no es poco- para enterrar el derrotismo y la baja autoestima en que hemos tenido el cine español en el pasado más reciente, pensando que los taquillazos (blockbusters) sólo estaban al alcance de las grandes producciones norteamericanas y las películas españolas habían de limitarse a ocupar un lugar subsidiario.

En efecto, el incremento de la cuota de pantalla se explica, en gran medida, por el caso absolutamente excepcional de Ocho apellidos vascos, que con 56 millones de euros de recaudación y casi 9,5 millones de entradas vendidas ha batido todas las marcas, sobrepasando ampliamente los mejores resultados de los filmes más vistos desde que hay datos fiables: Los otros (2001)(6,4 millones de espectadores), Lo imposible (2012)(5,9 millones) y La muerte tenía un precio (1966)(5,5). De la excepcionalidad del comportamiento en taquilla de la película escrita por Borja Cobeaga y Diego San José da cuenta el hecho de que ella sola representa casi la mitad de toda la recaudación del cine español de 2014. Por tanto, la buena noticia de estos datos de 2014 no corresponde a una tendencia de crecimiento de nuestro cine, que sigue en la misma “crisis” de hace varios decenios, esto es, desde que en los años 60 mantuviera una cuota de pantalla próxima al 30 por ciento. Pero ya se sabe que crisis significa oportunidad, replanteamiento, y esta paradójica situación ha de servir para algunas reflexiones.

1. Insuficiente cuota de pantalla. En comparación con otros países europeos, el cine español ocupa un lugar minoritario por su cuota de pantalla, muy por debajo de Francia (un 40% en 2014, también en un año excepcional), Italia, Reino Unido, Dinamarca o Alemania. Sin embargo, por el número de películas producidas, España es una de las cinematografías más potentes del continente (4º lugar): es decir, se ruedan muchas películas, pero se ven poco, pues ese exiguo 15% de media de taquilla contrasta con el 60-70% que se lleva el cine norteamericano en un desequilibrio que no existe en otros ámbitos de la cultura, como el teatro, los libros o la música pop.

2. Oligopolio de la taquilla. Esa posición minoritaria presenta, además, la fragilidad que supone una taquilla dependiente de unos pocos títulos. En 2014 ha sido Ocho apellidos vascos y otros años las cifras engordaban si contábamos con un Torrente o un estreno sonado de Almódovar, pero los porcentajes caían estrepitosamente si no se estrenaba un filme con garra el año en cuestión. El año pasado las cinco películas con mayor recaudación (la citada y El niño, Torrente 5, La isla mínima y Relatos salvajes) se llevan nada menos que el 75% de las entradas del cine español, lo que significa una situación de oligopolio que, me temo, no beneficia al conjunto ni sienta las bases para una mejora sustancial al dejar al azar de unos pocos títulos la sintonía con el público. Fidelizar a los espectadores del cine español conlleva apostar por una mejor difusión de las películas más pequeñas.

3. Políticas públicas insuficientes. La protección del cine español por parte del Estado debe ser una política firme y decidida si se considera que el cine forma parte de la cultura y las películas constituyen obras de creación artística capaces de cultivar la sensibilidad de los ciudadanos, de ayudarles a reflexionar sobre el pasado histórico o de contribuir a su inserción crítica en la democracia en construcción. Están vigentes medidas legales de protección, como la obligatoriedad para los canales de televisión de invertir en cine y series, que son acertadas y constituyen una exigencia mínima: no deben dolernos prendas en reconocer el apoyo de RTVE al cine español, tanto en la emisión de películas (el 92% de toda la producción; 30,8 millones invertidos en 2013) como en programas informativos, culturales, divulgativos, crónicas de festivales, tertulias, etc. que sirve para la difusión de nuestro cine. Pero ni los citados 33,7 millones de euros para la amortización de largometrajes ni el IVA del 21% (Hacienda ingresa 25,8 millones de las películas españolas) permiten deducir que el Estado tiene en consideración a nuestro cine, sobre todo porque si se descuenta a esas aportaciones directas la recaudación del IVA el resultado se queda en unos exiguos ocho millones de subvención neta.

El Estado está siendo poco generoso con la cultura en general y es preciso terminar con el agravio que supone el 21% de IVA, duplicando el de países como Francia, Italia o Alemania (han tenido mucha razón los cineastas que se quejaron en la ceremonia de los Goya ante el ministro Wert). En los presupuestos de Cultura el cine (50 millones en 2015) aparece relegado frente a otros sectores como museos y exposiciones (144 millones), música y danza (92 millones) o teatro (53 millones). Incluso desde criterios puramente economicistas es preciso cuidar la política de ayudas públicas al audiovisual en atención a su volumen como industria que proporciona casi cien mil puestos de trabajo, factura 8.000 millones y supone una aportación importante al PIB (un punto de los 3,6 de la cultura en su conjunto).

            Las tres constataciones enunciadas en los párrafos anteriores de forma urgente y esquemática deberían llevar a una reflexión de conjunto sobre una política de Estado del audiovisual español. La Academia de Cine publicó el informe Cine español: El estado de la cuestión (abril de 2012; disponible en www.academiadecine.com) que plantea bastantes claves y no ha sido suficientemente atendido. Ahí se propone, entre otras medidas, mejorar las fuentes de financiación, mayor compromiso de las televisiones, incrementar la promoción y la distribución independiente, apoyar la digitalización de las salas, atajar la piratería y potenciar las plataformas legales, reforzar la dimensión internacional… Me permito, por mi parte, señalar unas líneas de fondo, para trabajar al largo plazo que exige esa crisis permanente:            

4. Tomar conciencia de la “excepción cultural”. Afortunadamente ha quedado atrás la baja estima y hasta el menosprecio mostrado hacia el cine español. En términos generales podemos decir que el público es receptivo a las películas españolas y valora algunos temas, directores y actores por encima de los de otras cinematografías. Pero aún falta tomar conciencia de su naturaleza y recabar la “excepción cultural” que no es otra cosa que intervenir desde los poderes públicos para evitar un darwinismo del mercado por el que se tiende a la homogeneización de las películas según parámetros del cine de consumo y a la expulsión del cine más original y/o comprometido. La sociedad en su conjunto y el Gobierno que la lidere deben cuidar el cine español con el mimo con que se restaura una tabla flamenca de El Prado.

ochoapellidos5. Abogar por la filmodiversidad. La naturaleza cultural lleva en sí misma la exigencia de pluralidad y diversidad en todos los órdenes. El cine más comercial y los taquillazos sobreviven por sí mismos, de ahí que el Estado haya de apoyar particularmente el cine minoritario para garantizar la filmodiversidad: películas experimentales o de vanguardia, hechas por mujeres, en régimen de cooperativa, sobre temas marginales, comprometidas con los derechos humanos, enraizadas en las diversas culturas ibéricas… Además, abogar por esta pluralidad resulta obligado para superar el citado oligopolio del cine español, donde unos pocos títulos se llevan la mayoría de la taquilla.

6. Racionalizar el mercado. Aunque desde la incuestionada economía liberal las políticas de intervención en el mercado se aprecian como injerencias que no son de recibo, hay que plantearse el exceso de películas españolas que nunca se estrenan o lo hacen en pésimas condiciones porque el mercado no es capaz de absorberlas. Parece un despilfarro los ¿20, 30? filmes que se quedan en las latas cada año.     

7. Establecer una educación audiovisual. La toma de conciencia sobre el carácter cultural del cine –superador de la consideración de mero espectáculo o entretenimiento ligado al tiempo de ocio- exige un cambio de mentalidad en el conjunto de la ciudadanía que solo se alcanza a largo plazo, trabajando desde el sistema de enseñanza. Por ello, nos parece urgente la introducción de una educación audiovisual que cultive la sensibilidad ya desde la infancia, facilite la sintonía con las películas españolas clásicas y modernas, y proporcione los conocimientos teóricos e históricos necesarios para un aprecio estético del cine. 

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