.

Rodando sillas por las pantallas

Escrito por Francisco M. Benavent

teoria del todoEn cine, la silla de ruedas al igual que la cama articulada siempre ha sido un recurso dramático de gran utilidad para guionistas, directores y actores. Suele servir de apoyo sobre todo para que estos últimos se luzcan en papeles de paralítico, interpretaciones que suelen encantar a los miembros de la Academia de Hollywood a la hora de conceder el Oscar, como bien comprobó el Daniel Day-Lewis de Mi pie izquierdo (1989). El reciente estreno de La teoría del todo (2014) ha puesto de actualidad a Stephen Hawking, no sólo un extraordinario científico, sino todo un icono de la cultura popular por su característica figura indisociable de la silla de ruedas desde hace decenios.

            Sobre ellas suelen estar tronando por la pantalla zeus que no se resignan a un enclaustramiento impotente, como Lon Chaney en Los pantanos de Zanzíbar (1928), donde quedaba postrado en una silla de ruedas tras discutir con el amante de su mujer (Lionel Barrymore). Barrymore también era el temperamental cacique que en Duelo al sol (1946) estaba inmovilizado en una de ellas, silla de la que en una escena memorable de Cayo Largo (1948) trataba de levantarse. En este apartado se hallan también políticos como el Tim Robbins de Ciudadano Bob Roberts (1992), cuya popularidad aumentaba tras quedar minusválido; mafiosos como el Christopher Walken de Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto (1995); editores de revistas como el protagonista de El escándalo de Larry Flynt (1996); Robert De Niro poniendo en marcha la CIA en El buen pastor (2006); o el profesor Charles Xavier de X-Men: primera generación (2011).

            Si, como en este último caso, hablamos de científicos más o menos locos que arrastran su maldad entre ruedas se puede recordar al Peter Sellers de ¿Teléfono rojo? ¡Volamos hacia Moscú! (1964), al Donald Pleasence de Phenomena (1984), o al inquietante profesor que Boris Karloff hacía en La maldición del altar rojo (1968). En El gorila (1940), Karloff ya había sido un científico que quería devolver el movimiento a las piernas de un bella joven. A las viejecitas, como la de Amor (2012), de Michael Haneke, sólo les sirve ya para subir a la barca de Caronte, si es que esta tiene rampa de acceso. Y lo mismo que Karloff, Christopher Lee en El sabor del miedo (1961) y Narciso Ibáñez Menta en Tres días de noviembre (1976) eran sendos doctores malignos que vigilaban de cerca a muchachas imposibilitadas. Para estas jovencitas, la silla de ruedas era una trampa o una cárcel de la que resultaba difícil escapar. Eso mismo le ocurría a James Stewart en La ventana indiscreta (1954), cinta que fue objeto de una nueva versión de esas donde el arte imita a la vida, La ventana de enfrente (1998), en la que Christopher Reeve, tras caerse del caballo, ocupaba la plaza del anterior. Por angustias parecidas pasa el protagonista de la magnífica Atracción diabólica (1988), impedido tras un accidente ("No te preocupes, ahora podrás aparcar en las plazas reservadas a minusválidos"), o el Jude Law de Gattaca (1997) a la hora de incorporarse. Filmes como Avatar (2009) o Lourdes (2009) demuestran incluso que milagros como el de levántate y anda nada tienen de imposibles en el reino de la pantalla.

A la silla de ruedas se puede llegar desde los más variados pasados. Los desengaños amorosos, por ejemplo, como le sucedía a la modelo que así expiaba su intento de suicidio en el episodio homónimo de El placer (1952) de Max Ophuls, situación que luego fue recogida por Edgar Neville en Mi calle (1960) –la doncella enamorada del organillero- y por François Truffaut con el personaje de la Mme. Jouve de La mujer de al lado (1981). O bien las enfermedades degenerativas -Planta 4ª (2002), Mi otro yo (2014)- o las heridas de guerra, sufridas por soldados como Paul Newman -Traidor a su patria (1956)-, Jon Voight -El regreso (1978)- o Tom Cruise -Nacido el 4 de julio (1989). Tras combatir en el frente, los maridos también podían sacar a pasear los cuernos en su carrito, caso de Barry Lyndon (1975) o El amante de Lady Chatterley (1981).

Otras películas imprimen un mayor tono de comedia a esta situación, bastante negra en el caso de El cochecito (1960), o más dulciamarga en los respectivos viajes que en pos de la felicidad emprenden los minusválidos de Nacional 7 (1999), Hasta la vista (2011), Mundo pequeño (Món petit) (2012) o Anochece en la India (2013). En esta última, el protagonista, que ha pasado los últimos diez años de su vida en una silla de ruedas, aquejado de una enfermedad que ha alcanzado su fase final, marcha al país oriental acompañado de su asistenta rumana.

Lo mismo que el incapacitado, los asistentes que se encargan de atenderlos son pieza fundamental dentro de este tipo de películas, como demuestra la reciente Intocable (de Eric Toledano y Olivier Nakache) (2011). Este esquema de cuidador y paralítico ya se encontraba poco antes en Nuestra canción de amor (2010), donde Forest Whitaker se ocupaba de la cantante lisiada que interpretaba Renée Zellweger. En Extraña petición (1998) a Kenneth Branagh le asignaban también cuidar a una joven confinada en una silla de ruedas a causa de una esclerosis y que apenas podía comunicarse por medio de un sintetizador de voz, algo parecido a lo que sucedía en la coetánea Hazme bailar mi canción (1998) de Rolf de Heer. En Passion Fish (1992), John Sayles describía la relación inicialmente hostil entre una actriz que quedaba parapléjica y una enfermera negra que llevaba a cuestas su doloroso pasado. Y el musculoso David Prowse, antes de abrazar el lado oscuro de la fuerza como Darth Vader, arropaba al escritor tullido de La naranja mecánica (1971). Pero sin lugar a dudas el filme-faro de este apartado sería ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), donde Joan Crawford veía amargada su existencia por culpa de Bette Davis. Justicia poética, esta última aparecía postrada en una silla de ruedas en la estupenda Sembrando ilusiones (1972), memorable como la millonaria norteamericana que desplumaba a sus contricantes en las partidas de cartas.

Las relaciones amorosas entre el impedido y otra persona cercana son el armazón de películas como La mujer, esa cosa maravillosa (1964) (el segundo episodio); Malas temporadas (2005), con Leonor Watling y su amante cubano; Carmo (2008), con Fele Martínez y una joven brasileña a la fuga; De cintura para arriba (2010), sostenidas entre un preso y una muchacha paralítica que le escribe cartas, o De óxido y hueso (2012), donde un exboxeador metido a guardia de seguridad se ocupaba de una joven a la que una orca había dejado sin piernas.

           godard-coutard-wheelchair-06132012-140956 Pero no son sólo caritativos ayudantes quienes empujan la silla de ruedas. Los buitres aprovechados también suelen rondar al indefenso, como le sucedía al amnésico accidentado que José Luis López Vázquez interpretaba en El jardín de las delicias (1970), y poco después, esta vez como pintor, en Mil millones para una rubia (1972). La palma se la lleva Paco Rabal en La gran mentira (1956), uno de los mejores trabajos de Rafael Gil, donde era un actor de carrera declinante que veía la oportunidad de resurgir fingiendo enamorarse de una joven en silla de ruedas con la intención de llevar al cine su desdichada vida. En justo castigo a esa maldad, Rabal también iba sentado en una de ellas en ¡Atame! (1989) de Pedro Almodóvar –el manchego también puso a Javier Bardem en la misma tesitura en Carne trémula (1997)-, encarnando a un director de cine de rasgos buñuelianos. Como él, en la vida real muchos realizadores han rodado sus últimos trabajos sentados en uno de estos carricoches: Visconti, Huston, Antonioni, Bertolucci, Jesús Franco, Jacinto Molina, Nagisa Oshima… Otros como Roberto Pérez Toledo -Seis puntos sobre Emma (2011)- las ruedan sin arredrarse desde su carrito. Y si se recuerda a Godard y a muchos de los cineastas nuevaolistas, hacer un travelling no es sólo una cuestión moral, sino también física, siendo el “chariot” uno de los aparatos más socorridos sobre el que montar la cámara.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.