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Lo siniestro de un arcoíris: Starewitch, Svankmajer y los hermanos Quay

Escrito por Rafael Arias Carrión

Existe un amplio grupo de artistas en quienes, a lo largo sus obras, se puede observar que han habitado de forma interrummetamorfosis tp 0pida, permanente o puramente casual, el fulgor del otro lado del espejo. Traspasar esa imaginaria línea, buscar donde se halla el inicio o el final (tanto da) del arcoiris, implica abstraerse para adentrarse en lo siniestro o, en palabras de Svankmajer “cerrar los ojos para poder ver”. Escritores como Jonathan Swift, Lewis Carroll, ETA Hofmann, Franz Kafka, Dante Aligheri, los hermanos Grimm, Nikolae Gogol, Lyman Frank Baum, junto a pintores y dibujantes como El Bosco, Francisco de Goya, Salvador Dalí, James Ensor, Alfred Kubin, Giuseppe Arcimboldo resultan tan dispares entre ellos que difícilmente se les podría aunar en un texto si no fuera porque habitaron, puntual o permanentemente, ese espacio de lo siniestro.

El cine ha permitido, gracias a su capacidad reproductiva, aunar el movimiento de la imagen con la capacidad para penetrar en terrenos oníricos. Durante el año 2014 y principio de 2015, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, en primer lugar, y la Casa Encendida de Madrid tomando el relevo (apoyados por el museo de Ciencias Naturales que mostró algunos de los animales creados por Starewitch y el museo Lázaro Galdiano, donde pudimos ver algunos de los objetos recolectados por Svankmajer), recibieron la excelente exposición titulada Metamorfosis. Visiones fantásticas de Starewitch, Svankmajer y los hermanos Quay. Tres autores –o cuatro, dada la bicefalia de los hermanos Quay; incluso podrían ser cinco por la obra de Ewa, esposa y colaboradora de Jan Svankmajer hasta su muerte en 2005–, cuyo trabajo en forma de bocetos, maquetas, películas, marionetas, textos, dibujos, esculturas de animales antropomórficos, pósteres, fotografías, han permitido al visitante valorar sus obras como de las más representativas del siglo XX y clara referencia de autores actuales como Terry Gilliam, Wes Anderson, Tim Burton, David Lynch, Tarsem Singh, Guy Maddin, Peter Greenaway y comprobar las intersecciones e interferencias producidas entre los protagonistas de la exposición y la obra de coetáneos como Charley Bowers, Segundo de Chomón, Lotte Reiniger, o posteriores como Walerian Borowczyk o Luis Buñuel.

Como se afirma en el catálogo de la exposición “los estadounidenses hermanos Quay (1947) se reconocen admiradores del checo Jan Švankmajer (1934) y los tres beben de la obra del pionero del género, el ruso Ladislas Starewitch (1882-1965)”. Por tanto, la exposición es un descubrimiento parcial del segundo –el más conocido para el público actual, pues es habitual de filmotecas, incluso algunas de sus obras han llegado al mercado del devedé– y un descubrimiento del primero y tercero, cuyas obras se esconden para transitar únicamente los caminos de la caverna platónica, pues conseguimos ver de ellos únicamente las sombras que nos permite el espacio limitado de una exposición –y también finito, pero no tanto, de internet, donde se almacena parte de la obra de los autores citados–.

Al igual que la filmografía de George Méliès pervive gracias al tesón de su nieta Madeleine Marthête-Méliès, la obra del polaco afincado en Moscú, y más tarde en Francia Ladislas Starewitch lo ha hecho por el tesón de su nieta Leona Beatrice. La entomología recorre la pasión del director en sus cuarenta películas. Sus animales que cobran vida virtual mediante stop-motion, especialmente insectos, son los personajes principales junto con las marionetas para animar cuentos para niños, herederos de la tradición clásica del cuento de hadas. El cuento del zorro (1930) rescatada de las sombras, se revela ahora como esa película desconocida que todos creíamos haber visto, escenas diseminadas en otras muchas películas de otros autores.

Jan Svankmajer, nacido en Checoslovaquia, tiene una obra amplia –desde los años 60 hasta la actualidad– en lo numérico pero todavía más en la variedad. Si hubiera que caracterizarlo de alguna forma es que busca en el cine una expresión plástica. Y no es una imposibilidad física pues consigue a menudo que percibamos táctilmente sus obras, sus personajes, creaciones de un mundo orgánico, vivo, manejable, listo la trasformación. Construir y deconstruir, arrancar y pegar piezas cuyo camino lleva a la creación de un mundo antropomórfico y surrealista que invade las propias habitaciones del autor, habitaciones leonera por la capacidad de almacenaje de objetos, o bien, como lo define el autor la “necrofilia del objeto”, que no es otra cosa que el almacenaje, no de los objetos, sino del uso vital que han tenido, las vivencias de los mismos en las diversas manos por las que han pasado.

Svankmajer 1Por último, los gemelos Quay (Stephen y Timothy) nacidos en Estados Unidos pero residentes en Londres y ocasionalmente en Polonia, cuya obra, desde la maravillosa Street of Crocodiles (1986), considerada por Terry Gilliam como la mejor película de animación, se sumerge en las luces –intensidades, desenfoques, difuminaciones– y los objetos –las máscaras sin ojos serán su base representativa– se sitúa en un campo en el que nada se concreta. La abstracción se forma y la concreción emocional se destila a través de la imaginación del espectador.

Obras singulares, heterodoxas que confluyen para bifurcarse, que se unen para potenciarse en su separación. Posibilidades nacidas de una exposición, de unos espectadores que se sumergen en un mundo de ciencia y de cuentos de hadas, bosques, máscaras, marionetas. La “supervivencia de la obsesión como legado de la infancia”, en palabras, otra vez, de Jan Svankmajer.

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