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Superdotados, excéntricos y otros matemáticos de ficción

Escrito por Francisco M. Benavent

menteNormalmente el cine es una disciplina de humanidades, pero no falta en él un apartado dedicado a las matemáticas y a los genios de esta materia. El nexo empieza por las películas sustentadas sobre argumentos algebraicos, rompecabezas que suelen poner a prueba la lógica del espectador, caso de títulos como Primer (2004) de Shane Carruth, La habitación de Fermat (2007) de Luis Piedrahíta y Rodrigo Sopeña, o Coherence (2013) de James Ward Byrkit. Precisamente el estadounidense Carruth es licenciado en Ciencias Exactas, especialidad universitaria en la que se han formado un buen puñado de cineastas cuya narrativa se caracteriza por una identificable concepción geométrica: Einsenstein, Antonioni, Curt Siodmak, Robert Altman (diplomado por la Universidad de Misuri), Marguerite Duras (su padre era matemático además de colono), Marie Noëlle, el griego Apostolos Doxiadis (por Columbia), el franco-mejicano Dany Saadia -3:19 (2008)-, el suizo Marcel Langenegger –La lista (Deception, 2008)-, el ruso Andrey Kravchuk –El almirante (Admiral, 2008)-, el bielorruso Sergei Loznitsa -Schastye Moe (2010), En la niebla (V tumane, 2012)-, el español Lluís Josep Comerón… Además de en Exactas, Krzystof Zanussi, Paul Verhoeven y hasta Omar Shariff aprovecharon y se graduaron en Físicas. Compañeros de estudios fueron también músicos como Art Garfunkel (igualmente por Columbia), guionistas (Al Jean) o escritores (Bram Stoker, Lewis Carroll, Robert A. Heinlein o Juan Mayorga).

            El retrato que el cine suele hacer de los matemáticos es muy variado. En el origen se hallan los jóvenes superdotados, imberbes de gran capacidad para el cálculo mental y descifrar complejas operaciones, aunque por lo mismo con muchos problemas personales y de adaptación, caso de los protagonistas de El pequeño Tate (Little Man Tate, 1991), En busca de Bobby Fischer (Searching for Bobby Fischer, 1993), Antonia (Antonia’s Line, 1994), Matilda (1996), El indomable Will Hunting (Good Will Hunting, 1997), Los crímenes de Oxford (2007), Vitus (2007) o Summer Wars (2009)

            Ya crecidos, en su cabeza se suele poner a prueba la tenue frontera entre la genialidad y la demencia, como le sucedía al protagonista de Pi, fe en el caos (1997), de Darren Aronofsky, empeñado desde su oscuro apartamento en encontrar los patrones numéricos de la vida cotidiana, formulando disquisiciones sobre Dios, la existencia humana, el infinito y la fragilidad de la realidad. Ese personaje prefiguraba al de Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, 2001), donde Russell Crowe componía, a partir de la vida de John Forbes Nash, al típico modelo que el cine suele hacer de los matemáticos: excéntrico, arrogante, solitario, un talento brillante pero mentalmente trastornado, sin habilidad para las relaciones sociales, lleno de soberbia intelectual. La homosexualidad de Nash fue sin embargo sustituida en el filme por una romántica relación con su alumna. Igual de misántropo era el Anthony Hopkins de La verdad oculta (Proof) (2005), cuya hija (Gwyneth Paltrow) y novio seguían sus pasos. La ciencia-ficción suele ser un género proclive para que los cabeza cuadradas se dediquen a resolver complejos teoremas. En Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), las ecuaciones de Sam Jaffe, con el pelo alborotado a lo Einstein, eran rápidamente corregidas y solucionadas por Klaatu sobre la pizarra. Igualmente brillantes eran las teorías de Jeff Goldblum en Parque jurásico (Jurassic Park, 1993) o las del argentino Roberto Angelelli en Moebius (1996).

Descendiendo desde las alturas de la teoría pura, y más cerca de las dolencias terrenales, se hallan los matemáticos que se dedican a la enseñanza, pudiendo aflorar bajo su aspecto pacífico e intelectual los instintos más primarios, como le sucedía al Dustin Hoffman de Perros de paja (Straw Dogs, 1971) a la hora de defender el honor de su doncella. En Lecciones inolvidables (Stand and Deliver, 1987), Edward James Olmos se las veía con los conflictivos alumnos del peor instituto de Los Angeles. Dramas, en este caso de corte político, son los que sufren los profesores de matemáticas represaliados por las dictaduras latinoamericanas, caso de La frontera (1991), del chileno Ricardo Larrain, o de El perro (1997) de Antonio Isasi, sin olvidar al desilusionado protagonista de Muerte de un matemático napolitano (Morte di un matematico napoletano, 1992).

Las penalidades suelen ser frecuentes en el ramo de la enseñanza de los números. Ahí están el Sean Penn de 21 gramos (2003), necesitado de un transplante de corazón, lo que no debe extrañar en esta gente tan fría y racional. O el de Hakase no aishita sûshiki ([La ecuación preferida del profesor], 2006), de Takashi Koizumi, con problemas de memoria. Los profesores de matemáticas pueden entregarse a la bebida, como hace el Alec Baldwin de Recortes de mi vida (Running with Scissors, 2006). Darse a la fuga, como los que asisten a la misteriosa oleada de suicidios de El incidente (The Happening, 2008) de M. Night Shyamalan. Sufrir alucinaciones tras la muerte de su mujer, como es el caso de Butterfly Dreaming (2008) de Rufus Williams. Afrontar un tormentoso pasado, como le sucedía a la joven hija de Incendies (2010). O incluso hacer frente a violentos tornados, como el Richard Armitage de En el ojo de la tormenta (Into the Storm, 2014).

MorteSiguiendo en el terreno de los enseñantes que se dejan llevar por las emociones, más alegres resultan El amor tiene dos caras (The Mirror Has Two Faces, 1996), donde a Jeff Bridges le intentaba echar el lazo una profesora de literatura de su misma universidad (Barbra Streisand). O Ahora me toca a mi (It's My Turn, 1980), en la que Claudia Weill contaba otra relación amorosa, la de una profesora de matemáticas (Jill Clayburgh, en uno de los escasos papeles en pantalla de mujeres dedicadas a esta materia) que deja atrás la acomodada vida que lleva junto a su esposo para irse con un antiguo jugador de béisbol (Michael Douglas). Pero no todo es teoría. Los matemáticos también pueden salir de las aulas y aplicar sus conocimientos a la realidad práctica. Al igual que informáticos y expertos en explosivos, suelen formar parte habitual de equipos de acción destinados a desfacer entuertos. En
Cube (1997) una joven utilizaba sus conocimientos matemáticos para que el grupo escapara de la extraña prisión donde se hallaban. Parecidos retos tienen Dirk Bogarde en Sebastian (1967), Samuel L. Jackson en Esfera (1998) o Dougray Scott en Enigma (2001) a la hora de descifrar claves secretas. Lo mejor, sin embargo, es utilizar esta destreza para ganar millones en los casinos de Las Vegas, como hacen los estudiantes de 21: Black Jack (21, 2007).

            Estos genios soberbios también tienen su lado amable y emotivo. Como el don Anselmo que hacía Tony Leblanc en El astronauta (1970), profesor jubilado que según sus palabras le había dado clases a Von Braun. Y si vamos a Brasil, Lambada, fuego en el cuerpo (Lambada, 1990) trataba sobre otro dicharachero profesor de matemáticas que por las noches se transformaba en un movido bailongo de discoteca, aprovechando además sus conocimientos de geometría para el juego del billar. Incluso pueden llegar a casamenteros, si se recuerda El genio del amor (I.Q., 1994), comedia rosa en la que Einstein (Walter Matthau) intentaba casar a su sobrina (Meg Ryan) con un mecánico (Tim Robbins). Prototipo del genio científico, Einstein no es que haya tenido muchas apariciones cinematográficas: Principio o fin (The Beginning or the End, 1947), de Norman Taurog, Insignificancia (Insignificance, 1985) de Nicolas Roeg, o hasta El jovencito Einstein (Young Einstein, 1988) de Yahoo Serious.

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