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Las nuevas cinematografías del Este de Europa

Escrito por Francisco M. Benavent

goodbye            La caída del Muro de Berlín en 1989 ha marcado un antes y un después para el cine de los países del Este europeo, sometidos hasta ese momento a los dictados de los respectivos regímenes comunistas. A pesar de haber sido devastados por la guerra y el estalinismo, varios de ellos (Polonia, Checoslovaquia, Hungría) siempre han mostrado una gran vitalidad cultural, siendo potencias cinematográficas cuyos filmes, con la financiación asegurada y no sometidos a la dictadura de la taquilla, en un número importante de gran calidad artística y alejados de la propaganda oficial, se estrenaban en las salas españolas por el circuito de V.O. o gracias a la Federación de Cineclubes.

            Colgado el cartel de "bienvenidos al capitalismo" sobre los cascotes del telón de acero, las nuevas reglas que impone el mercado no han sentado nada bien al sistema de producción de estos países. Han seguido alquilando sus estudios y sus experimentados equipos para los rodajes europeos y norteamericanos. Pero su producción cinematográfica se ha hundido, salvo contadas y valiosas excepciones, en la imitación del cine comercial occidental más mediocre. Sólo algunos filmes han dirigido la mirada hacia el pasado, revisando los acontecimientos históricos y contando lo que no se podía decir bajo la censura. Han descrito también críticamente la miseria del presente, que no es en ese technicolor que se prometía tras el desmoronamiento del socialismo real. Al pie del cañón han seguido todavía algunos de los grandes directores de la postguerra, a la vez que entre las nuevas generaciones algunos cineastas han logrado sobresalir a nivel internacional.

            Polonia tal vez sea la cinematografía que mejor ilustra esta transición del ayer al hoy. Los grandes maestros de antaño, combatientes entrados en años, han ido dejando de hacer cine, con excepciones como la del longevo Andrzej Wajda. Su puesto ha sido ocupado por otros cineastas más jóvenes que no han revalidado su altura (Malgoska Szumowska, Juliusz Machulski, Wojciech Smarzowski, Jan Komasa…). En estos últimos años la producción ha estado dominada por thrillers comerciales y las habituales superproducciones históricas, confiadas a veteranos como Wajda -Pan Tadeusz (1999), Katyn (2007)-, Jerzy Hoffman -Con sangre y fuego (1999)- o Jerzy Kawalerowicz -Quo Vadis (2001)-. Algunos filmes han abordado temas vedados, como los relativos al sindicato Solidaridad -Popieluszko: la libertad está entre nosotros (2009) de Rafal Wieczynski, Aquello que amamos (2009) de Jacek Borcuch- o el antisemitismo, caso de la magnífica Ida (2013) de Pawel Pawlikowski. Otros han retratado la corrupción económica en la actual Polonia: Polska Love Serenade (2007) de Monika Anna Wojtyllo, Circuito cerrado (2013) de Ryszard Bugajski…

El caso de Hungría, otro ejemplo de industria cinematográfica pujante durante el periodo socialista, es similar. Los históricos (Miklós Jancsó, Zoltán Fábri) han ido desapareciendo, o bien han dado sus últimas bocanadas, v.g. Béla Tarr con El hombre de Londres (2007) o The Turin Horse (2011). Dentro de la revisión del pasado histórico merecen citarse varias obras: Taxidermia (2004) de György Pálfi, Made in Hungria (2009) de Gergely Fonyó, The Exam (A vizsga, 2011) de Péter Bergendy, Sólo el viento (2012) de Benedek Fliegauf, El gran cuaderno (2013) de János Szász... En particular cabe reseñar también las películas críticas y sombrías de Kornél Mundruczó: Pleasant Days (2002), Delta (2008), Semilla de maldad (Tender Son) (2011), White God (2014)…

La antigua Checoslovaquia, hoy dividida entre la República Checa y Eslovaquia, tampoco ha seguido caminos aparte. La nueva ola de los sesenta hace tiempo que se disgregó o emigró a Occidente (Forman, Passer, Kadár), algo habitual entre los mejores directores formados en el Este (Polanski, Skolimowski, Szabó…). Los gigantescos Estudios Barrandov de Praga, antaño conocidos como el "Hollywood europeo", se han alquilado para rodajes como los de El caso Bourne (2002), El secreto de los hermanos Grimm (2005) o Casino Royale (2006), algo que Bond jamás hubiera imaginado. Sin embargo, y al igual que en Hungría, el cine de animación ha seguido teniendo una gran importancia, continuando la herencia de maestros como Jirí Trnka o Karel Zeman. De la parte eslovaca ha llegado un filme-faro sobre el tema de la transición, 66 temporadas (2004) documental en el que Péter Kerekes recoge los acontecimientos históricos que en torno a la piscina municipal de Kosice se han sucedido entre 1936 y 2002, 66 temporadas de baño que sirven para reflejar, a la manera de La sala de baile (1982) de Ettore Scola, la evolución histórica de la Europa Central y del Este, siendo las diferentes generaciones de bañistas que la han visitado el barómetro de los cambios políticos y sociales, de los gustos y las modas.

            Entre los checos han seguido en buena forma históricos como Jan Sverák -Un mundo azul oscuro (2001), Sueños de juventud (2007)-, Jirí Menzel -Yo serví al rey de Inglaterra (2006)- o Jirí Svoboda, firmante de Cuatro sentencias de muerte (2004), thriller sobre las maldades de la economía capitalista. Los nuevos han tocado temas como las drogas -Katka (2010) de Helena Trestikova- o las condiciones de vida en la Chequia postsocialista, caso de Algo parecido a la felicidad (2005) de Bohdan Sláma o Los solitarios (2000) de David Ondricek, hijo del prestigioso director de fotografía Miroslav Ondricek.

El cine de la República Democrática Alemana, que durante el reinado de la gran productora DEFA se atrevía con géneros -convenientemente ideologizados- como la ciencia-ficción -Destino espacial: Venus (1959) de Kurt Maetzig- o el "western" –Lobo blanco (1968) de Konrad Petzold-, ha quedado fagocitado por la gran Alemania, aunque aquel ayer ha servido para alumbrar éxitos como Goodbye, Lenin! (2003), La vida de los otros (2006) o Al otro lado del muro (2015).

Yugoeslavia tiene un punto y aparte. Desmembrada en media docena de países, la principal preocupación del cine llegado desde los Balcanes ha sido reflejar los desgarros producidos por la guerra de principios de los noventa. Dejando aparte una coproducción entre Croacia y Eslovenia, De fosa en fosa (2005) de Jan Cvitkovic, la producción cinematográfica ha tomado cuerpo en las dos zonas enfrentadas, Serbia y Bosnia. De Serbia han continuado estrenándose las películas de veteranos como Goran Paskaljevic –con una mención a Honeymoons (2009), un duro retrato de la tierra de promisión occidental que espera a dos parejas procedentes de Serbia y de Albania- o las del vitalista Emir Kusturica –La vida es un milagro (2004), Prométeme (2007)-. También han conseguido distribución internacional algunos títulos serbios de interés como The Trap (2007) de Srdan Golubovic, Tears for Sale (2008)- de Uros Stojanovic, Ordinary People (2009) de Vladimir Perisic, La mujer con la nariz rota (2010)- de Srdan Koljevi?, Parada (2011) de Srdjan Dragojevic, Mamarosh (2013) de Momcilo Mrdakovic, o A Serbian Film (2010) de Srdjan Spasojevic. Desde tierras bosnias, Danis Tanovic –En tierra de nadie (2001), Cirkus Columbia (2010), La mujer del chatarrero (2013)- ha unido su nombre al de nuevos valores, caso de las directoras Jasmila Žbani? -Grbavica: el secreto de Esma (Grbavica, 2005), En el camino (2010)- o Aida Begic -Djeca (2012)-.

            Bulgaria ha conseguido por su parte colocar algunos títulos en festivales o en salas comerciales de Europa Occidental. Merecen destacarse Tres mujeres (2005), donde Milena Andonova –hija de Metodi Andonov, quien en los setenta revolucionó el arte y ensayo español con Cuerno de cabra (1971)- indaga en la sociedad búlgara de los años sesenta, ochenta y dos mil. También Georgi and the Butterflies (2004) y The Mosquito Problem and Other Stories (2007) del documentalista Andrey Paounov, La zona muerta (2009) de Milan Todorovic y Milan Konjevic, Operation Shmenti Capelli (2011) de Ivan Mitov, y La Lección (Urok) (2014) de Kristina Grozeva y Petar Valchanov.

en-tierra-de-nadiePor último, Albania sigue sin poder beber la "Kremlin Cola", pero ha visto también surgir en el postcomunismo una nueva y relativamente abundante (a tenor de lo que había antes) generación de cineastas: Gjergj Xhuvani mostró en Slogans ([Lemas], 2001) una feroz crítica al adoctrinamiento promovido por el régimen de Enver Hoxha; Fatmir Koçi hizo lo propio sobre la figura del dictador en Nekrologji ([Necrológica], 1994), y en Tirana, viti zero ([Tirana, año cero], 2001) indagó en la emigración del país que busca en Occidente una vida mejor; Kujtim Çashku tiene dos películas, Kolonel Bunker (1998) y Syri magjik ([Ojo mágico], 2005), igualmente notables a la hora de enjuiciar el pasado histórico, lo mismo que Bujar Alimani con la premiada Amnistia (2011), visión poco complaciente de la actual sociedad albanesa. Pueden citarse también, aunque en registros diferentes, a Artan Minarolli con Nata pa hënë ([Noche sin luna], 2004) y a Rudina Vojvoda con Femrat (2013), la primera comedia romántica filmada en Albania, esperemos que sin tractor de por medio.

Francisco M. Benavent

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