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Entre lo que se es y no se es

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

quijoteTodo por culpa de una preposición. La que encabeza el título A los actores (Anagrama, 2015), último y espléndido libro de Manuel Gutiérrez Aragón. Primer relato de no ficción tras la veintena de narraciones cinematográficas y sus tres novelas: La vida antes de marzo, Gloria mía y Cuando el frío llegue al corazón. La preposición pasó inadvertida para este distraído lector que pensó, reductivamente, que se trataba de un libro sobre los actores, algo así como un tratado desde la perspectiva de un cineasta, escrito por un director que coloca a los actores en el engranaje de la película, no por un profesor de Arte Dramático que les ayuda a componer a los personajes; esto me resultaba de mucho interés porque lleva uno tres decenios haciendo crítica y análisis de cine y siempre tropieza con el terreno resbaladizo de no disponer de una herramienta para valorar lo que el actor aporta al personaje y a la propia película, precisar cuándo un intérprete es adecuado para un personaje o, simplemente, para juzgar si una interpretación es buena o mediocre; es decir, poseer algo así como una “estética o semiótica de la actuación”, cuya inexistencia, por otra parte, constata este libro en sus páginas conclusivas: “No hay un sistema para codificar la interpretación como sí lo hay para codificar el lenguaje” (p. 162).

  Deliberadamente uno rechaza los libros sobre aprendizaje del arte dramático, los manuales para aprender el oficio de la interpretación, porque no le interesa esa vertiente profesional. Este libro de Gutiérrez Aragón habla de los actores, naturalmente. Pero la preposición otorga al título el valor de una dedicatoria, de un homenaje: no en vano el libro ha surgido de la constatación del cineasta, tras dejar el cine como director, de echar de menos a los actores. Y podría ser sustituida casi por cualquier otra y dejar el título en Con los actores, Cabe los actores, Desde los actores, Entre los actores, etc. No es, exactamente, un tratado sobre los actores ni un ensayo sobre la interpretación. Es mucho más. Pero antes, permítame el lector advertirle que uno ha leído este libro despacio, tanto por la pena de agotar pronto sus 164 páginas como por el placer de releer muchas veces párrafos enjundiosos que condensan sabiduría de décadas: es la ventaja de leer a un autor maduro, que no está necesitado de demostrar nada ni de hacer carrera literaria. Sus frases son el decantado de años de reflexiones, no como otros libros de escritores profesionales que se piensan mientras se escriben y, a veces, se escriben antes de ser pensados.

Creo que se puede comprender desde cuatro perspectivas o líneas. En primer lugar –pero no porque sea lo más importante- A los actores es una memoria personal del trabajo actoral de varios de los intérpretes (grandes del cine español de las últimas décadas: Fernán-Gómez, Ángela Molina, López Vázquez, Landa, Óscar Jaenada…) en una docena de películas del cineasta cántabro, quien nos cuenta por qué eligió a un determinado actor o actriz, qué le aportaba, cómo se enfundó al personaje, las sorpresas del rodaje, etc. en un relato que logra siempre hacer de la anécdota categoría y, así, convertir pequeños apuntes de la historia profesional del director en la base para reflexiones de mayor calado y enorme interés.

En segundo lugar, el cineasta habla en primera persona sobre el cine visto –además del cine imaginado, escrito y rodado- desde la constatación, aparentemente perogrullesca, de que lo primero que se impone en el visionado de una película, incluso físicamente, es la presencia del actor que llena el fotograma: “los actores están antes de todo lo demás (…) antes de que los hilos se tejan en la historia y de que estemos prendidos en ella” (p. 14). Ello explica que el espectador primigenio, fenomenológicamente primario, puede identificarse con el espectador infantil que fue M. Gutiérrez Aragón, quien atribuía las películas a los actores y no a los directores, como advierten los primeros párrafos del libro. En este sentido, hay un ensayo por el lugar del actor en la película, la relación actor-personaje, lo que aporta la fisicidad del cuerpo del intérprete… hasta el punto que se puede decir que en este trabajo el cineasta lleva a cabo una exposición de su visión del cine desde la figura del actor.

Tanto por el recorrido por sus películas como por la narración del cine visto e imaginado, A los actores deviene también –diríamos que inevitablemente- un libro autobiográfico o, mejor, un libro de memorias, pues el cineasta habla siempre desde la experiencia personal, desde sus recuerdos y sus convicciones, desde sus relaciones profesionales con los actores y desde el cine y el país que le ha tocado vivir. Así, leemos frases que proporcionan claves importantes para una comprensión global del cineasta: “El cine me ayudó a estructurar el mundo, y a verme desde fuera de mí mismo. Un niño que fingía ser niño siéndolo” (p. 57). Por ello, este libro es importante para las futuras biofilmografías sobre uno de los directores más significados del cine español de las últimas décadas, no por casualidad doblemente académico, de Bellas Artes y de la Española.     

Y, por último, pero muy en primer lugar, A los actores va desgranando en pequeños párrafos y, a veces, en frases sueltas con valor de sentencias (me ha recordado las Notas sobre el cinematógrafo de Robert Bresson) el lugar del actor en el filme en muchos y muy diferentes sentidos. Pero también otros aspectos de la realización cinematográfica. Así, podemos entresacar algunas ideas y frases que llaman nuestra atención, como el subrayado sobre la convencionalidad de la interpretación en el teatro (p. 18); la necesidad de elaborar cuidadosamente una actuación para que parezca natural (“La naturalidad también tiene que ser construida, la naturalidad no es ‘natural’, y debería estar tan controlada como la sobreactuación. Hay naturalidades insufribles” p. 20); lo que supone el fuera de campo y el primer plano para el actor; los disfraces o roles que adopta el director cuando llega al rodaje; la cualidad inmaterial del trabajo del actor (inexistencia de un trabajo productivo); la puesta en escena y la actuación en entornos alosactoreslaborales de nuestra sociedad (la gente hace mucho teatro); la relación actor-personaje: “Al actor le persiguen los personajes que ha interpretado como un cortejo de sombras” (p. 66); el fenómeno de la fotogenia; la presencia del cuerpo y el valor del desnudo, muy distinto en cine que en pintura o fotografía; las formas de interpretación según distintos actores (pone los ejemplos de Fernán-Gómez, Cristina Marcos y José Luis Fernández, Pirri); los estilos de la dirección de actores y los celos del director; la influencia de las series televisivas y el cambio de la construcción del personaje a la producción del personaje; la mirada del actor y el tabú de mirar a la cámara o al público pues el actor puede “decirnos que, si nos mira, nos echará fuera de la película” (p. 131); las convenciones del casting y los personajes que el público imagina; los actores como lugar de cohabitación de la palabra y la imagen; etc. hasta llegar esa formulación tan filosófica como real al final del ensayo: “Ser actor es estar en tensión entre lo que se es y no se es”.  

            Como reza uno de los intertítulos de este enjudioso ensayo, Manolo Gutiérrez Aragón ha escrito “Entre mi tía abuela y Roland Barthes”, es decir, asumiendo sin pudor vivencias personales, experiencias profesionales y lecturas de semiólogos (también cita a Eco, Pierce y Austin, entre otros) para llegar a una síntesis creativa. Al final, uno espera que nuestro cineasta venza cualquier pereza y, al margen de los actores, escriba su particular manual para hacer cine, como el Así se hacen las películas (Rialp) de Sidney Lumet o el Cómo se hace una película (Alianza) de Claude Chabrol.

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