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63º Festival de Cine de San Sebastián: se agota la «fórmula Rebordinos»

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

Donostia2Se cumple el primer lustro de José Luis Rebordinos como director. A estas alturas me atrevo a sacar el denominador común de su modelo de festival. Esbozo a continuación algunos rasgos que lo configuran y, también, que amenazan su pervivencia.

En primer lugar, para la sección oficial se escogen películas de temas socialmente controvertidos y de estilo supuestamente innovador. Entre las primeras, en la presente edición, podemos situar Amama (nostalgia por una vida rural ya periclitada, vinculada al caserío vasco), El apóstata (la dificultad para desapuntarse de la Iglesia católica), Les chevaliers blancs (turbios manejos de una ONG), Freeheld (pensión de viudedad para la pareja homosexual), High-Rise (un rascacielos de viviendas como paradigma de nuestra enloquecida sociedad), Moira (juventud delincuente por falta de trabajo en la actual Georgia), El rey de la Habana (promiscuidad y lumpen cubano), Sunset Song (campesinado tradicional en Escocia en la década de la Gran Guerra), Regreso al Norte (el síndrome de la «familia perdida», la de aquella cuyo hijo único fallece antes que sus padres y sin dejar descendencia), 21 nuits avec Pattie (sobre la pérdida de un ser multi-querido) y Sparrows, la flamante Concha de oro de este año, de la que hablaremos más adelante.

Respecto al vanguardismo de estilo, el comité de selección se anda con más tiento, porque los apartados de Nuevos Realizadores y Zabaltegi son los que alojan los títulos más despendolados o extravagantes. Sin embargo, a concurso se ha proyectado la francesa Evolution, un experimento que recuerda a El pueblo de los malditos (Village of the Dammed, 1960), pues se trata de una comunidad de mujeres y niños, a los que se somete a un proceso de clonación, obteniendo nuevos bebés a partir de unas incisiones que se les practica en el abdomen, es decir, una especie de madres de alquiler pero con chicos de corta edad. El film pertenece al género fantástico, pero el tratamiento que le da su directora Lucile Hadzihalilovic es, sencillamente, ridículo, y trata de emparentarlo con los procesos de las algas y las estrellas de mar (ya se sabe, reproducen automáticamente el brazo amputado). Una soberana tontería que recibió, sin embargo, el premio especial del Jurado…

Otro rasgo característico de la «fórmula Rebordinos» es la abundancia de la representación española para que no protesten «los del Ministerio» y la gente de nuestro cine. Es verdad que la mayoría de los festivales (Cannes, sobre todo) carga la mano con los film nacionales pero lo de este año aquí colma el vaso. Nueve películas, nada menos, en la sección oficial sobre un total de veintidós, es decir, un 41% (cuatro de ellas fuera de concurso).

Esta actitud tan ventajista para «lo nuestro» contrasta con la escasísima presencia de las majors norteamericanas en la programación. Siempre se justifica apelando a la cercanía temporal de otros festivales («Hollywood prefiere Venecia») y el poco interés que «las grandes» muestran hacia San Sebastián. La misma razón que se esgrime para explicar la ausencia de grandes figuras del cine en la alfombra roja, que este año ha sido particularmente clamorosa. Sólo se ha dado un premio Donostia (a Emily Watson) cuando habitualmente suele haber doblete. Muy contados han sido los astros y estrellas que iluminaron las noches festivaleras.

Es ya proverbial –en la entrega de premios de los festivales de clase A– que se llame fallo al veredicto del Jurado, porque no suelen dar ni una. El de este año en San Sebastián puede pasar a los anales del despropósito. La distinción mayor ha ido a parar a una obra vulgar y hasta repulsiva sobre el enésimo caso de un joven que lucha por hacerse adulto, como hijo de un alcohólico y una madre incestuosa, en un fiordo casi sin nombre de Islandia. Nada, absolutamente nada nuevo, excepto la escena misma del incesto, bastante más explícito que aquel famoso de Le souffle au coeur (1971) de Louis Malle. ¿Será porque la presidenta del jurado es una actriz danesa y la película es coproducción de su país y la isla que se separó de Dinamarca? No encuentro razón alguna para semejante decisión, sino ésa. Al único que ha debido contentar el premio es al comité de selección, porque sin duda la incluyó por ese chocante incesto, presentado con una naturalidad apabullante.

Hay otro tema que siempre ronronea por los pasillos y que, si no es verdad, resulta muy plausible: que los premios de interpretación no se los conceden a quienes no quieren o pueden trasladarse a San Sebastián a recogerlos. Tanto Ricardo Darín como Javier Cámara estuvieron en el escenario del Kursaal para retirar el suyo, bien merecido, al igual que la cubana Yordanka Ariosa, a la que tal vez se lo dieron por estar en Donosti. Julianne Moore, que se lo merecía bastante más que la cubana, no vino y se quedó sin él.

La composición del mismo Jurado es, por último, otra cuestión pendiente que va de mal en peor. Los últimos años lo han formado personas sin relieve internacional alguno. ¿Quién conoce a Paprika Steen, Nandita Das, Daniel Monzón, Hernán Musaluppi, Julie Salvador, Uberto Pasolini y Luciano Tovoli? Probablemente, los más aficionados señalarán a Tovoli (un buen director de fotografía) y a nuestro compatriota Monzón. El resto no da, sencillamente, la talla. Y de aquellos polvos, estos lodos…

La receta de Rebordinos no es mala: películas de contenido social y vanguardia estilística. Lo que ocurre es que los ingredientes están siendo de muy baja calidad. En la encuesta que El diario vasco hace a los críticos de los principales medios sólo dos películas alcanzaron el notable, las que yo mismo resalto a continuación. El resto no pasaba del aprobado, alguna de ellas muy raspado. El crédito se le acaba a Rebordinos, porque una calidad media tan baja, a la larga, acaba por volverse contra él.

Donostia1Queda por decir lo mejor de la sección oficial. Me decanto claramente por Truman del catalán Cesc Gay, una comedia muy humana y divertida, y Sunset Song del británico Terence Davis sobre un tema similar al de Amama, pero resuelto con mayor fuerza dramática y una narrativa contundente. También en la sección oficial, pero fuera de concurso, gustó al público Mi gran noche de Álex de la Iglesia, comedia desmadrada con gags y situaciones hilarantes, sobre la grabación –semanas antes– de una gala televisiva de fin de año.

Termino recomendando Nuestra hermana pequeña de Hirokazu Kore-eda, que vuelve a sorprendernos con una sencilla historia de familia. Sin pizca de dramatismo nos mantiene enganchados en su trasparente y delicada manera de abordar las relaciones fraternas entre cuatro mujeres. Una delicia de realización y narración. Su cine se asemeja cada vez más al del maestro Ozu, su compatriota.

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