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El cine rumano tras la “edad de oro”

Escrito por Francisco M. Benavent

madre e hijo 1Rumanía nunca ha dado lugar a grandes reflexiones sobre su cine, pero ha sido la gran sorpresa en los últimos años dentro del "Roma quanta fuit ipsa ruina docet" que han tenido las cinematografías del Este. Al igual que en el resto de países sometidos a la obediencia soviética, su producción se ha visto marcada por la caída del régimen comunista, con la destitución y muerte de Ceaucescu en 1989. No cuenta con infraestructura industrial y apenas se producen entre diez y veinte películas al año, aunque siguiendo el modelo francés el Consejo Nacional de Cinematografía ofrece, desde hace poco, subvenciones para unos filmes cuyo reducido presupuesto va desde los doscientos mil hasta el millón de euros. El festival de cine de Transilvania que se celebra en junio no cuenta con muchos invitados.

            Tampoco ha habido gente conocida delante o detrás de la cámara. En los albores se puede señalar a Lupu Pick y a Jean Negulesco, cineastas que hicieron su carrera fuera del país. Tras la II Guerra Mundial el gobierno comunista se propuso dar un nuevo impulso al cine, destacando cuatro nombres: Liviu Ciulei, autor de Valurile Dunaril ([Las olas del Danubio], 1960) o Padurea spânzuratilor ([El bosque de los ahorcados], 1965), que le supuso el premio al mejor director en Cannes; Andrei Blaier con Diminetile unui baiat cuminte ([Las mañanas de un buen chico], 1967); Sergiu Nicolaescu, autor de la gran epopeya histórica La última cruzada (Mihai Viteazul, 1970) y de Ciuleandra (1985); y sobre todo Lucian Pintilie, el más internacional de los directores rumanos, firmante de Balanta ([El roble], 1992), Un verano inolvidable (1994) o Ultima parada: el paraíso (1998).

            Posteriormente, los nuevos aires de libertad fueron trayendo películas muy alejadas de las obras de propaganda o evasión producidas durante la etapa comunista, con una fuerza y calidad que las ha hecho competir y ganar premios en los principales festivales internacionales, en particular Cannes, que ha servido de plataforma casi exclusiva para el lanzamiento de los filmes rumanos. Al igual que poco antes había sucedido con el chino, el iraní o el surcoreano, el cine rumano se puso de moda en la década de los dos mil con la eclosión de la llamada Noul val românesc ("Nueva ola rumana"), compuesta por una joven generación de cineastas, nacidos bajo el antiguo régimen y sin alcanzar todavía los cuarenta años, cuyo talento encontró bajo la democracia el terreno abonado para expresarse en libertad: Cristan Mungiu, Cristi Puiu, Cristian Nemescu, Corneliu Porumboiu, Catalin Mitulescu, Radu Muntean, C?lin Peter Netzer, Nae Caranfil…

Marfa si banii ([Mercancías y dinero], 2001) de Cristi Puiu pasa por ser el filme abanderado de este movimiento que ha colocado a Rumanía sobre el mapa, aunque el pistoletazo se produjo cuando Trafic (2004) de Catalin Mitulescu ganó la Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes. Por este festival han pasado y han sido premiadas algunas de las mejores películas rumanas de estos últimos años. La muerte del señor Lazarescu (2005), de Cristi Puiu, fue el primer largo que alcanzó fama internacional tras ser galardonado por su visión cargada de humor negro sobre el kafkiano sistema de sanidad rumano. Fue seguido de otros títulos igualmente premiados por este certamen, como 12:08 al este de Bucarest (2006), alusión al momento en que Ceaucescu intentaba escapar del país en helicóptero, una divertida tragicomedia de Corneliu Porumboiu que se llevó la Cámara de Oro; California Dreamin' (2007) del fallecido Cristian Nemescu, se ambientaba durante la guerra de Kosovo y fue premiada en la sección "Un certain regard"; 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007), de Cristian Mungiu, desolador drama sobre el aborto y las duras condiciones de vida bajo el régimen comunista, fue recompensado con la Palma de Oro; Policía, adjetivo (2009) de Corneliu Porumboiu, o Más allá de las colinas (2012) de Cristian Mungiu, un elaborado guión que se adentraba en el oscurantismo religioso, fueron igualmente películas distinguidas en el palmarés del festival galo.

Por su parte, el Festival de Cine de Berlín dio el Premio Especial del Jurado a Si quiero silbar, silbo (2010), thriller carcelario de Florin Serban. En 2013 otorgó el Oso de Oro a Madre e hijo (2013), otro de los filmes fundamentales en el que Calin Peter Netzer radiografiaba la corrupción de las instituciones y de los nuevos ricos arribistas en la actual Rumanía. Previamente ya lo había hecho con tonos de humor en Medalla de honor (2009), otro retrato sobre una sociedad destruida por décadas de ineficacia, corrupción y falta de libertades. Esta corrupción que han traído los nuevos tiempos es también el tema de cintas como Filantropica (2002), de Nae Caranfil, con un profesor de instituto dispuesto a hacer dinero fácil con la ayuda de una joven modelo, o de Love Sick (2006) de Tudor Giurgiu.

Otras películas también han tenido repercusión internacional, caso de El papel será azul (2006) de Radu Muntean; Cómo celebré el fin del mundo (2006), rememoración de Catalin Mitulescu sobre la vida en los años de la dictadura; La chica más feliz del mundo (2009) de Radu Jude, donde el premio de un coche acababa por destrozar una familia; el drama sobre el adulterio Martes, después de Navidad (2010) o Todos en nuestra familia (2012).

Una mención especial merecen Historias de la edad de oro (2009), filme-faro del cine rumano en el que a lo largo de cinco episodios –un sexto voló por su cuenta y dio lugar a 4 meses, 3 semanas y 2 días- se adaptan las leyendas urbanas más surrealistas y la vida cotidiana bajo el régimen comunista; los últimos quince años del régimen de Ceaucescu fueron los peores de la historia de Rumanía, pero la maquinaria propagandística de la época solía referirse a aquel periodo como la "Edad de Oro". O Mi hermoso Dacia (2009), codirigido entre Stefan Constantinescu y el cineasta pamplonés Julio Soto, documental que describe los cambios en la sociedad rumana tomando como hilo conductor al famoso coche "Dacia" (el 600, o más exactamente por estética, el R-12 rumano), uno de los símbolos más carismáticos del país, lo mismo que el "Trabant" lo fue para Alemania –y que dio lugar a alguna comedia como Go, Trabi, Go (1971) del berlinés Peter Timm.

Historias-de-la-edad-de-oroCaracterísticas comunes a estas películas son, en lo temático, su compromiso a la hora de enjuiciar el régimen totalitario de Nicolae Ceaucescu, el paso del comunismo a la economía capitalista ("La gente pensó que con la revolución todo iba a cambiar de un día a otro. Esperaba vivir como veíamos que se vivía en las películas americanas. El comunismo te empuja a pensar en blanco y negro, y de repente había colores" dijo no sin cierto desengaño alguno de estos cineastas), la plasmación crítica de los recuerdos y de la herencia de aquel periodo todavía vivo en la memoria colectiva, la radiografía de una sociedad donde los nuevos ricos y la corrupción sirven para dar rienda suelta a al humor negro y la ironía, habiendo hecho los rumanos del absurdo una forma de arte.

En lo formal, y como cabe esperar en uno de los países menos desarrollados de Europa, el rumano es un cine de pocos medios pero, como ha quedado expuesto, con ganas de decir cosas en libertad y de enjuiciar ese pasado reciente y ese presente de la Rumanía postcomunista. Como afirmó Christian Mungiu "Lo más importante es la honestidad; buscamos un estilo simple, una manera directa de filmar, un cierto tipo de realismo. La vida es nuestra inspiración, no otras películas o libros". Haciendo de la necesidad virtud, el nuevo cine rumano lo forman películas que se caracterizan por un estética austera y realista, sin efectismos, con pocas localizaciones, actores en muchos casos no profesionales, planos fijos de larga duración, rodajes en espacios públicos, y sin apenas banda musical. Algo que recuerda a movimientos de parecido signo como el neorrealismo italiano. 

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