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El barroco visto por el cine

Escrito por Francisco M. Benavent

rondadenocheEn septiembre de este año se han conmemorado los respectivos aniversarios de la muerte de Felipe IV de España (1605-1665) y de su sobrino y yerno Luis XIV (1638-1715), rey de Francia y de Navarra. Ello invita a volver la vista hacia aquel periodo en el que el poder hegemónico en Europa basculó de la España del Siglo de Oro a la Francia absolutista de los Luises, más o menos de 1.600 hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando los avances científicos (Newton, Torricelli, Leibniz, Galileo…) fueron allanando el camino hacia la Ilustración y el barroco estalló alumbrando un ingente número de genios en todos los campos artísticos.

En este paisaje dominado por la figura del "Rey Sol", Francia era el centro del mundo intelectual, siendo el francés la "lingua franca" que llegaba hasta la Rusia de los Romanov. Fue junto con la Italia de los pontífices y de las ciudades-república el vivero donde este movimiento floreció gracias al patrocinio nobiliario y eclesiástico. Los amos del poder veían en las artes una importante herramienta de propaganda que daba prueba de su poderío y magnificencia, aunque por debajo no todo era esplendor en aquellos años de fuertes injusticias sociales. Atento a lo fastuoso y monumental según el gusto de esos mecenas, el arte barroco valoraba especialmente lo plástico y escenográfico, opulencia visual de la que el cine se ha servido para mostrar esta época en una abundante serie de películas que constituyen todo un espectáculo para la vista y el oído, con una estética deslumbrante que se apoya en unas notables labores de fotografía, música, dirección artística y vestuario.

A la hora de fijar los grandes filmes que han recreado el Grand Siècle hay que empezar por Sacha Guitry y su colosal Si Versalles pudiera hablar (1954), en cuyos títulos de crédito se contiene el nomenclátor de todos los próceres que deambularon por el palacio de Versalles, salones y jardines que albergaron maniobras políticas, conductas licenciosas e intrigas tan atroces como las de los Borgia. Monarca obsesionado por la grandeza y la simetría, Luis XIV despachaba en ese escenario tan ostentoso como sobrecogedor los asuntos de estado, sujetando a su lado a unos cortesanos que se divertían llevando una vida de lujo y disipación mientras él afianzaba su poder absoluto. Fueron los años, como recuerda Guitry, en los que el "rey Sol" decía "Bravo!" a Molière, "Gracias" al mariscal Turenne, u "Os amo" a Luisa de La Vallière; cuando Voltaire aparecía por la puerta o Mme. de Pompadour paseaba por los jardines junto a La Fontaine. Antes de ello, la infancia y adolescencia de Luis XIV fueron respectivamente recogidas en Luis, niño rey (1993) de Roger Planchon y en La toma del poder por Luis XIV (1966) de Roberto Rossellini. Su agitada sucesión la plasmó Bertrand Tavernier con bastante humor en ¡Qué empiece la fiesta! (1974).

Junto a Guitry, el belga Gérard Corbiau ha sido quien ha dirigido otros dos suntuosos filmes-faro sobre este periodo histórico, Farinelli (1994) y La pasión del rey (2000). En el primero trazó la vida del más famoso de los castrati, Carlo Broschi (1705-1782), conocido como Farinelli. Actuó en Versalles (ante Luis XV "El bienamado"), tuvo una manifiesta rivalidad con Händel en Londres y en España fue un activo miembro de la corte de Felipe V. Stefano Dionisi, quien lo interpretó, fue igualmente protagonista de otro largo sobre un músico del barroco, Vivaldi, un príncipe en Venecia (2006) de Jean-Louis Guillermou. Ante el éxito obtenido, Véra Belmont, la productora del filme, se lanzó a dirigir Marquise (1997), nueva mirada sobre las relaciones entre artistas y nobles en la corte del "rey Sol". La música la puso el catalán Jordi Savall, lo mismo que había hecho en Todas las mañanas del mundo (1991). Un lustro después de Farinelli, Corbiau volvió más reposado al mismo escenario con La pasión del rey (2000), donde con unas espléndidas imágenes, unos majestuosos espectáculos de danza y una no menos cuidada selección musical narraba las relaciones entre Luis XIV y su compositor Jean-Baptiste Lully (1632-1687), siendo Molière el tercer personaje de esta historia inspirada por el libro "Lully ou le musicien du soleil" (1992) de Philippe Beaussant. Lully llegó a tener en sus manos prácticamente el monopolio de las artes musicales en Francia y supo explotar la grandeza y la teatralidad de aquella corte tan proclive a los fastos. Precisamente la expresión "roi Soleil" se debe a uno de sus ballets, donde el monarca estaba representado cual Apolo por un sol a cuyo alrededor giraban sus ministros.

          El barroco y sus fastos lo ha reflejado el cine poniendo la vista en diferentes escritores, músicos, pintores, aventureros e incluso cocineros. Este último es el caso de Vatel (2000), en la que siguiendo la vida real de este cocinero franco-suizo (1635-1671) Roland Joffé recreó las fiestas cortesanas junto con los ágapes, conciertos, representaciones teatrales, fuegos de artificio y los juegos de agua que en ellas se organizaban. Carente de la grandiosidad de las artes plásticas, la literatura no fue la rama que más destacó en la época, por más que por ella desfilaron Jonathan Swift -"Los viajes de Gulliver" (1726), objeto de incontables versiones en cine y televisión-, John Milton -"El paraíso perdido" (1667)-, Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen -"El aventurero Simplicíssimus" (1669)-, La Fontaine, Perrault, Boileau, Marivaux –adaptado por Clare Peploe en El triunfo del amor (2001)-, Corneille, Racine o Molière. De este último, todo un especialista en satirizar mediante el "castigat ridendo mores" a la corte versallesca, se puede recordar aquel magnífico fresco sobre la vida de los cómicos que era Molière (1978) de Ariane Mnouchkine; el resto de los citados apenas han tenido intervenciones  episódicas en algunas cintas. En cuanto a las artes escénicas (teatro, ópera, ballet) disfrutaron en estos años de una gran bonanza gracias a la Comédie Française fundada en 1680 por Luis XIV, a los corrales de comedias en España (Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca), a la Commedia dell'Arte en Italia o al teatro isabelino y la comedia de la Restauración en Gran Bretaña.

            Particularmente, el cine se ha servido de buen número de aventureros, espadachines y libertinos salidos de la pluma de estos literatos y cuyos lances tienen lugar bajo el reinado de los Luises. Alejandro Dumas (padre), quien siempre se sintió atraído por este periodo –publicó la serie biográfica "Luis XIV y su siglo" (1844), "Luis XV y su corte" (1849) y "Luis XVI y la Revolución" (1850)- fue el creador de "Los tres mosqueteros", cuyas andanzas tenían lugar en la Francia de 1625 bajo el gobierno de Luis XIII –George Sidney firmó la adaptación canónica en 1948-, y de "El hombre de la máscara de hierro" –llevada a la pantalla por Allan Dwan (1929), James Whale (1929), Henri Decoin (1962), Mike Newell (1976), Ken Annakin (1978) y Randall Wallace (1998)-, en la que se especulaba con la posibilidad de que Luis XIV tuviera un hermano gemelo al que mantenía preso para evitar su llegada al trono.

            El marsellés Edmond Rostand fue el creador del no menos celebrado Cyrano de Bergerac, héroe romántico y espadachín pendenciero, amigo de Molière y de Descartes. En el París de Luis XIII, el de los aristócratas, caballeros, favoritas, lacayos, guardias, cadetes, monjas, preciosas, pasteleros, poetas, rateros, pajes, comediantes y alojeras, presta sus servicios en la guardia pretoriana del rey, los leales mosqueteros, a la vez que corteja vicariamente a su prima Roxanne. Augusto Genina (1923), Michael Gordon (1950) y Jean-Paul Rappeneau (1990) han plasmado sus peripecias llenas de agudeza tanto con la pluma como con el estoque. En Cyrano y D'Artagnan (1963) Abel Gance filmó el hipotético encuentro entre esos dos espadachines que corrían buen número de aventuras en ese París lleno de intrigas.

          Saltando al reinado de Luis XV, hazañas de capa y espada son las que también se ven en Cartouche (1961), típico Philippe de Broca lleno de acción y romanticismo con Jean-Paul Belmondo. Y en Fanfán el invencible (1951) de Christian-Jaque, era Gérard Philipe quien incorporaba a otro seductor y hábil duelista. Más vodevilescas resultan las que Edouard Molinaro plasmó en Beaumarchais, el insolente (1995), donde a partir de la obra de Sacha Guitry, fruto a su vez de un filme que no llegó a rodar, se asiste a la vida de este audaz hombre de mundo (1732-1799), quien fuera agente secreto al servicio de Su Majestad, profesor de arpa, rival de Marivaux, editor de las obras completas de Voltaire, creador de la Sociedad de Autores francesa, juez, traficante de armas, infatigable Casanova a la hora de atender a las damas, hábil con la espada como Cyrano y no menos hiriente con la pluma, de la que surgieron las comedias satíricas que han servido para festejar su nombre, en especial "El barbero de Sevilla" y "Las bodas de Fígaro".

Otro asiduo visitante de las alcobas femeninas, el veneciano Giacomo Casanova, fue el prototipo del amante y aventurero capaz de salir airoso de las situaciones más apuradas, un libertino cuyas correrías galantes por la Europa dieciochesca se han hecho famosas gracias a la literatura y después al cine: Giacomo Casanova (1927) de Alexandre Volkoff, Infancia, vocación y primeras experiencias de Giacomo Casanova, veneciano (1969) de Luigi Comencini, El Casanova de Fellini (1976), Giacomo Casanova (2005) de Lasse Hällstrom… Además de en la Europa continental, por tierras británicas abundaron también los vividores y salteadores. Tom Jones (1963), filme sobre las aventuras eróticas de un joven y humilde casanova rural daba una visión irónica y desenfadada de aquella Inglaterra del siglo XVIII. Su gran éxito hizo que Tony Richardson continuara explotando el filón adaptando otra novela picaresca de Henry Fielding, Joseph Andrews (1977). Entre medio también surgió Moll Flanders (1965), en la que Terence Young llevó a la pantalla la novela publicada en 1722 por Daniel Defoe, nuevamente adaptada por Pen Densham en Moll Flanders, el coraje de una mujer (1995), ocupando Robin Wright el lugar de Kim Novak.

El erotismo caracteriza también a otras heroínas de esos años llenos de penalidades, caso de la Fanny Hill creada por John Cleland en su novela "Fanny Hill or, Memoirs of a Woman of Pleasure" (cuatro veces llevada al cine) o, volviendo al otro lado del Canal de la Mancha, de la Angélique protagonista de los libros de Serge y Anne Golon, enviada por el rey Luis XIV a diversas misiones especiales. Bernard Borderie firmó las cinco traslaciones que se han hecho a la pantalla. La nómina de bandoleros que recorrían los caminos de la pérfida Albión puede seguir con El ladrón rebelde (1969), donde James Clavell relataba las aventuras de Jack Sheppard, ladrón y prófugo que llegó a ser un héroe popular en el Londres de 1720. En Plunkett y MacLeane (1999) Jake Scott hacía lo propio con las fechorías de estos dos salteadores ingleses. En Black Jack (1979) Ken Loach describía con su estilo desprovisto de romanticismo las aventuras del proscrito así apodado en el Yorkshire de 1750, mostrando la dureza de la vida en aquella época. Situada un año más tarde, Secuestrado (1960) es una de las numerosas adaptaciones del "David Balfour" de Robert Louis Stevenson, un joven conde de Montecristo cuyas peripecias discurrían por las tierras de Escocia. Por ellas también tenían lugar las legendarias de Rob Roy (1671-1734), defensor de las tradiciones escocesas contra la opresión inglesa que alcanzaron gran popularidad gracias a la novela de Walter Scott (1818) y a las versiones para el cine de Harold French (1954) o Michael Caton-Jones (1995).

Adentrándose más en el "Siglo de las Luces", Stanley Kubrick filmó Barry Lyndon (1975) a partir de la novela de William M. Thackeray, haciendo un suntuoso recorrido por la Europa de la primera mitad del siglo XVIII por medio de otro superviviente nato, un arrogante e impulsivo aventurero irlandés dispuesto a todo por medrar y adquirir fortuna. La película capta magistralmente el ritmo y las convenciones de la época, ofreciendo unas imágenes pictorialistas y una banda musical memorable.

Acorde con el temperamento de la época, la música del barroco fue una de las expresiones artísticas más variadas y vigorosas, escuchándose en todas partes: palacios, iglesias, teatros... En Italia surgieron los compositores más aclamados (Vivaldi, Albinoni, Scarlatti, Corelli, Monteverdi), extendiéndose la influencia a Francia (Lully, de origen italiano; Couperin, Rameau), Alemania (Bach, Telemann, Pachelbel), Gran Bretaña (ingleses de nacimiento como Henry Purcell o nacionalizados como Händel). Sus composiciones han sido utilizadas en todas las grandes películas sobre este periodo, con unas bandas sonoras en las que se prolonga la riqueza de decorados y vestuario. "La marche pour la cérémonie des turcs" de Lully, la "Troisième leçon de Ténébres" de Couperin, las arias "Cara sposa" y "Lascia ch'io pianga" de la ópera "Rinaldo", así como la "Zarabanda" de la "Suite para clave nº 11", todas ellas de Händel, elevan a sublimes algunos de sus momentos.

Las vidas de varios de estos músicos han sido llevadas al cine, de forma protagonista o episódica. Además de las citadas La pasión del rey (2000) o la mucho más mediocre Vivaldi, un príncipe en Venecia (2006), merece ser destacada Todas las mañanas del mundo (1991), donde la confrontación c. 1660 entre dos virtuosos de la viola de gamba, Sainte-Colombe y Marin Marais, simbolizaba las dos concepciones clásicas sobre la función del arte. El primero, ascético y solitario, siempre se negó tajante a que su música fuera un regalo para Luis XIV y sus frívolos cortesanos, siendo sus composiciones una religión que busca "transportar el alma"; por el contrario, para el joven Marais suponía una herramienta para alcanzar la riqueza y los aplausos. "Careces de corazón y de alma, y no llegarás a saber qué es la música, ni para qué existe" -truena el viejo instrumentista- "Para saber esto es necesario huir del mundo y de su ostentación. La música no es para alegrar al rey, sino a Dios. La música es la voz de los que no tienen voz". La misma contraposición entre calidad y comercialidad que Händel le reprochaba a Farinelli. La misma tirante relación entre el maestro y el joven que llegaba a la corte del emperador José II de Austria de Amadeus (1984). El mismo duelo entre arte y poder que Dominique de Rivaz mostraba en Una fuga real (2003) con ocasión del encuentro entre Bach y Federico II en mayo de 1747.

Igualmente sobre la música de este periodo se pueden destacar las no del todo digeribles El silencio antes de Bach (2007) de Pere Portabella, sobre el gigantesco legado del Fénix de la música barroca germana, y Crónica de Anna Magdalena Bach (1968) de Danièle Huillet y Jean-Marie Straub, su biografía a partir del célebre álbum para clave que compuso para su segunda mujer. Junto a ella, De occulta philosophia (2012) del vallisoletano Daniel V. Villamediana es otro ensayo musicológico sobre los misterios de la música barroca, tratando como en el caso de la anterior de emular la conexión entre espacio y acústica, recuperando aquellas notas originales (de las que no quedan registros obviamente) situando los instrumentos históricos en los espacios (iglesias, conventos, ermitas) donde sonaban.

            Junto con la arquitectura y la escultura (Bernini, Borromini), la pintura fue otra de las artes más solicitadas y valoradas por el patriciado europeo, habiendo inspirado las telas de Velázquez, Zurbarán, Rubens, Vermeer o Rembrandt las imágenes de casi todos los filmes sobre el barroco, vid. los interiores en penumbra de Georges de La Tour en Todas las mañanas del mundo. Como en el caso de los músicos, estos pintores han sido protagonistas de diferentes películas, aunque curiosamente, los dos más significativos de la corte francesa, Charles Le Brun (1619-1690), el favorito de Luis XIV quien durante treinta años se ocupó de decorar Versalles y de dar fasto y grandeza a la figura del monarca, y Hyacinthe Rigaud (1659-1743), extraordinario retratista de cuyos cuadros se han servido con profusión los decoradores y figurinistas, apenas han tenido huella cinematográfica.

            Rembrandt (1606-1669) ha sido uno de los más biografiados por el cine –Alexander Korda (1936), Hans Steinhoff (1942), Charles Matton (1999)-, y La ronda de noche (2007) le sirvió a Peter Greenaway para hacer otra recreación de su vida profesional y amorosa. El cineasta inglés también se adentró en este periodo con El contrato del dibujante (1982), descripción fascinante de las costumbres inglesas cuando en 1694 una aristócrata contrata a un ambicioso pintor para hacer doce cuadros de su mansión campestre. Con una memorable banda musical de Michael Nyman, la cinta también mostraba la forma en que la jardinería estuvo vinculada a la arquitectura durante el barroco. Sobre otro holandés, Johannes Vermeer (1632-1675) y sus cuadros de reducidas dimensiones, puede reseñarse La joven de la perla (2003), en la que Peter Webber contó la historia de este cuadro pintado hacia 1665. Lo hizo, como es norma en estas películas, con un gran esmero en fotografía y decorados, buscando recrear el ambiente y las tonalidades presentes en todas las obras de este maestro cuyas telas -"La encajera", "El astrónomo", "La lección de piano"- han inspirado en todo o en parte respectivamente La encajera (1977) de Claude Goretta, Monuments Men (2013) o el documental El Vermeer de Tim (2013).

            Fuera de la pompa de la corte francesa, el cine ha mostrado también la vida que se llevaba en otros palacios europeos de aquella era. Es el caso de La puta del rey (1990), denuncia del austriaco Axel Corti sobre la corrupción existente en la corte turinesa del monarca Vittorio Amadeo del Piamonte. O de Restauración (1995) de Michael Hoffman, vistosa recreación de la de Carlos II de Inglaterra, "el Alegre" (1630-1685), igualmente partícipe secundario en una serie de flojas aventuras de capa y espada como La conquista de un reino (1947) o El ladrón del rey (1955). Oliver Cromwell (1599-1658), su predecesor en el poder, ha sido biografiado por Ken Hughes en Cromwell (1970) y por Mike Barker en Matar a un rey (2003). Una mención por su parte requiere el londinense Samuel Pepys (1633-1703), considerado el Beaumarchais de Inglaterra (o el Jep Gambardella, por poner un ejemplo más reciente), aunque sus muchas vidas en una no han tenido fortuna cinematógrafica. Apenas se pueden destacar telefilmes como L'honorable Mr. Pepys (1957) de Marcel Bluwal, y The Private Life of Samuel Pepys (2003) de Oliver Parker. Sus jugosos diarios, toda una detallada crónica de esta época, dieron origen a una miniserie televisiva, The Diary of Samuel Pepys (1958).

            Bajando al sur, en estos años del seiscentos la monarquía hispana tuvo en Felipe IV su figura más relevante, cuando tras el Siglo de Oro el imperio se venía ya abajo. Retratado por Velázquez y Rubens, Imanol Uribe lo inmortalizó en El rey pasmado (1991), haciendo según la novela de Gonzalo Torrente Ballester "la crónica del triunfo del erotismo frente a las tinieblas de la Inquisición", puritanismo feroz igualmente denunciado en historias coetáneas como las de La letra escarlata (1995) o El crisol (1996). Como todos estos monarcas, el rey Planeta fue un frecuente cultivador de los encuentros extraconyugales, pero también un hombre culto y preocupado por las artes. Gabino Diego lo encarnó genialmente, lo mismo que anteriormente había hecho Ismael Merlo en La moza de cántaro (1953) de Florián Rey, comedia de Lope de Vega sobre el travestismo femenino; tema que por cierto también asomaba en La reina Cristina de Suecia (1933) de Rouben Mamoulian, donde John Gilbert era un emisario de Felipe IV que en 1632 se enamoraba de una Greta Garbo justamente disfrazada de hombre.

El perro del hortelano (1996) de Pilar Miró es otra comedia palatina de enredos amorosos, celos y pretendientes salida de la pluma de Lope de Vega. Transcurre en el Nápoles del s. XVII, bajo el dominio español, momento histórico en el que Juan Miñón también ambientó La leyenda de Balthasar el castrado (1994) cuyo estreno se retrasó bastante para que no se hicieran comparaciones desfavorables con Farinelli (1994). Arras, localidad norteña próxima a las tierras flamencas controladas por los tercios de Felipe IV y en las que en 1640 Cyrano de Bergerac terminó su carrera militar, vio combatir a ilustres soldados de su majestad, como Alonso de Contreras o Diego Alatriste, respectivos protagonistas de La otra vida del capitán Contreras (1955) de Rafael Gil y Alatriste (2006) de Agustín Díaz Yanes. No son muchos más los filmes españoles ambientados durante esta era. La princesa de los Ursinos (1947) de Luis Lucia mostraba a Felipe V (Fernando Rey) desoyendo a esta noble francesa enviada por su abuelo, Luis XIV, para influir en la corte española, presiones extranjeras sobre las que triunfará la gallardía hispana, mensaje muy del gusto de la retórica franquista.

FarinelliEl barroco va agonizando a medida que transcurre el "settecento" y las ideas de la Ilustración se abren paso. Fuera de la pompa y esplendor en que vivía el séquito real, estos fueron para el pueblo llano años de recesión económica, de miseria y guerras, de pestes y hambrunas, de soportar corrupción y decadencia. E impuestos, ya que la nobleza y el clero se negaban a pagarlos (las revueltas de la Fronda) y Colbert, el todopoderoso ministro de finanzas, los descargó sobre la incipiente clase media burguesa. Lo mismo pasó en el resto de Europa, incluida España ("El pueblo doliente llega a recelar no le echen gabela sobre el respirar"). Los desafueros de las élites llevaron al hartazgo de las clases populares y a que la guillotina se alzara en 1789, segando las cabezas de Luis XVI y de María Antonieta, el "capeto" y la "austriaca". Lo mismo que había sucedido con la española y la holandesa, la grandeza de la monarquía francesa tocaba a su fin, apareciendo en el horizonte el despotismo ilustrado de Federico II "El Grande" de Prusia.

            Eran ya los años postreros de una época que se desmoronaba, "l'air du temps" captado por el cine en obras como El perfume: historia de un asesino (2006), donde Tom Tykwer mostraba la descomposición social que se vivía en el mugriento París de 1738, o Ridicule (Nadie está a salvo) (1996), drama satírico de Patrice Leconte sobre una corte llena de vanidosos y falsarios envueltos en polvos de arroz, ansiosos de medrar y conquistar el favor real. La huida de los aristócratas tras el asalto a la Bastilla la recogió Ettore Scola en La noche de Varennes (1981), excelente radiografía histórica del final de aquel régimen y el comienzo de unos nuevos tiempos, lo mismo que Benoît Jacquot en Adiós a la reina (2012), una del centenar de cintas existentes sobre María Antonieta.

Un siglo prodigioso en lo político y en lo artístico quedaba atrás. Con un punto de fascinación nostálgica, Alexis de Tocqueville lo designó como el Ancien Régime, paraíso perdido que Talleyrand grabó en letras de molde con su famosa sentencia "ceux qui n'ont pas connu l'Ancien Régime ne pourront jamais savoir ce qu'était la douceur de vivre". Barry Lyndon (1975) terminaba precisamente en 1789, cuando dejó de existir aquella dulzura de vivir, las damas como las de antes (muchas de ellas de virtud liviana) y los caballeros que sabían bailar el minué.

 

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