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El niño Abbas. Último retorno al cinematógrafo

Escrito por José Antonio García Juárez

kiarostami1La Seminci de Valladolid de 1993 nos abrió el camino a una filmografía casi invisible hasta entonces en nuestro país, pero fue Gijón, el de la mejor etapa que ha vivido el festival asturiano, con José Luis Cienfuegos y Fran Gallo al frente, el que nos permitió encontrarnos con él. Esperábamos ansiosos en una sala de prensa abarrotada. Precedido de su traductora y de la hipnótica mirada de Homayoun Ershadi, actor protagonista de El sabor de las cerezas, con un caminar sereno y expectante ante el revuelo de quien no se considera digno de tanta atención, apareció el mismo hombre con el que te puedes cruzar dando un paseo, al que puedes encontrar sentado en un banco mirando a las palomas u observando el infinito con las manos a la espalda y los dedos entrecruzados. Abbas era un hombre humilde y atento. El cine suponía, para él, el tamiz por el que pasaba todo aquello a lo que sus ojos tímidos asistían, permanentemente refugiados detrás de sus características gafas de sol. Y el objetivo de la cámara un instrumento de expresión de esa mirada sencilla y curiosa, de su gusto por la observación de lo más puro y prístino que hay sobre la Tierra, los niños, donde reside nuestro espíritu resplandeciente que de la manera más absurda enterramos a paladas durante el resto de nuestra vida. Y su mirada nunca dejó de mantener la honestidad de la de un niño sorprendido con lo que la humanidad le ofrecía.

Abbas Kiarostami nunca se exilió completamente de Irán. Junto a otros directores más jóvenes que tampoco se marcharon como Mohsen Makhmalbaf, cuyo filme El ciclista homenajea Abbas en una demostración más de su minimalismo cinematográfico en Close up, o Jafar Panahi (El espejo) con quien colaboró en el guión de su primer filme y que sufre ahora las consecuencias de su ‘indisciplina’ hacia el régimen, pertenece a unas generaciones que creyeron y creen en un Irán moderno y en su gente, aun cuando con la revolución de 1979 su país dio un giro de 180º y regresó a la Edad Media de los derechos sociales y a la degradación de la mujer que, de no haber fallecido muchos años atrás, hubiera dado con los huesos en prisión de su coetánea, icono de ese Irán frustrado, la poetisa y directora Forugh Farrojzad, de quien uno de sus poemas sirvió de inspiración a Abbas para la introspectiva El viento nos llevará.

Por entonces, cuando triunfa Jomeini y su revolución islámica chiita, Kiarostami ya había rodado varios trabajos para el Kanun, Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes. Desde esa oportunidad institucional de rodar, Kiarostami ofrece su visión de Irán desde la infancia en Irán, primero a través de deliciosos cortos entre docentes y cómicos, para pasar al largo tanto de ficción como documental y la tercera vía, ficción documental, en la que entrarían sus filmes más maduros y celebrados, la trilogía de Gilán y Koker, entre otros. Pero no es sólo ese Irán lo que el realizador filma, no puede negarse que es el propio niño Abbas quien está presente en su celuloide, proyectando el deseo de registrar para no perder, en esa lucha perenne del cinematógrafo contra el tiempo, más que de volver a ser aquel niño haciendo frente a un miedo insuperable cuando un enorme perro ocupa el centro del callejón que pretende atravesar en Pan y callejuela, su primer corto. En 1973 filma un primer viaje iniciático al fracaso en The Traveler, donde el fracaso no es tal, y no existe un verdadero drama, sino que muestra y existe de verdad un triunfo y un crecimiento, un niño que sale de su cascarón y emprende un viaje a la libertad; a la postre el niño Abbas no sufre por haberse perdido el partido de fútbol al que pretende asistir, algo ha sucedido. Es el niño de The experience que trabaja de aprendiz de fotógrafo e intenta impresionar y seducir a una niña (no hay que olvidar la extraordinaria faceta como fotógrafo de Kiarostami). Tras su fantástico corto El coro, una joya que juega con la dicotomía y posibilidades del cine mudo y sonoro, y entre el primer filme del Gilán (al hilo del tema que centra este filme) y Close Up, realiza un largo documental que espolea los miedos irracionales a las pequeñas contrariedades desde su mirada adulta pero con su corazón de niño; Homeworks y los niños vacilando al reconocer que han caído en la tentación del ocio y sufriendo auténticamente delante de su objetivo por no haber cumplido sus tareas escolares, lo que da continuidad al dilema al que se enfrentaba el niño protagonista de ¿Dónde está la casa de mi amigo? angustiado con la certeza de saber que por su equivocación cumplirán la amenaza de expulsar a su compañero del colegio por no haber podido completar su tarea. Por fin, como aglutinante del Abbas adulto y niño, Y la vida continúa confunde y disgrega a ambos concitándolos en un mismo espacio, como padre e hijo, la comprensión y la incomprensión de la infancia por parte del mundo adulto, la eterna veta explorada por su cine.

Con A través de los olivos, cerraba la trilogía de Gilán, rizando el hasta el extremo el metacine como excusa para seguir registrando la vida rural de su país. Sus trabajos fuera del Kanun, muestran su intención más militante –y docente- hacia el público buscado, y que desea educar en su manera de ver el cine. La mirada despojada de prejuicios, la del observador que aprehende las enseñanzas de lo que observa, una vez más la actitud de un niño. El sabor de las cerezas plantea por primera vez un miedo-preocupación adulta, la realidad de la muerte y el derecho del individuo a disponer de su propia vida y elegir el momento de ponerle fin. Sin embargo, su manera de enfrentarlo escapa a cualquier convencionalismo. Abbas descubre el automóvil como escenario y radicaliza su estilo mostrando en un primer plano casi inmutable el rostro de un hombre en el que podemos leer el hastío vital. La minimalista puesta en escena armoniza con la genialidad argumental, la búsqueda de alguien que acepte convertirse en su verdugo. Una cinta deliciosa, existencial y sociológica, una obra maestra que apuntaba a la dirección que tomaría Kiarostami en sus siguientes trabajos. La citada El viento nos llevará, radical esta vez sólo en lo argumental, minimalista y un tanto kafkiana, un Local Hero a la iranesa, por lo del protagonista tratando de encajar dentro de una microsociedad cerrada en la que se ve inmerso accidentalmente, que vuelve a tratar la muerte como un sencillo hecho vital que afecta al resto de personajes a los que rodea.

De 2001 es ABC Africa, un aparte en su filmografía, un encargo de la IFAD (International Fund for Agriculture Development) rodado en plena crisis humanitaria de Uganda, un país castigado especialmente por el sida. Un trabajo que Abbas transformó en un ejercicio fascinante de desnudez emocional, lleno de verdad, entre periodístico y fustigador de las conciencias occidentales que alimentan su ego solidario, mientras les dictan normas con su supuesta autoridad moral y convierten en negocio el préstamo de sus migajas sobrantes a precio de oro. Fue su primer trabajo grabado netamente en digital como un borrador o apunte del natural que luego decidió que debía convertirse en el filme para no traicionar la verdad que mostraba. En sus propias palabras, “la cámara siempre iba unos pasos por delante de nosotros y cuando las cosas se hacen sobre la marcha, la realidad deja atrás a la ficción constantemente”. Antes lo había utilizado ya en aquel accidental epílogo de El sabor de las cerezas que en realidad grabó su hijo, y que terminó cerrando el filme tras, como Abbas explicaba, perder su material rodado en el positivado, una feliz coincidencia.

kiarostami2En los últimos quince años de producción de Kiarostami hemos visto la propuesta formal más radical, Ten, nuevamente el vehículo como escenario y sólo un plano con profundidad de campo que permite por unos segundos mirar fuera del mismo. Son diez conversaciones que buscan un retrato parcial de la sociedad iraní dominada por los hombres, a través de su conductora, una mujer de Teherán divorciada. Una crítica feroz y valiente que desafía al régimen despojando por fin a una mujer del pañuelo imperativo sobre su cabeza. Una película complicada en lo formal por lo opresivo, pero magistral y rica en lo textual e interpretativo (la propia protagonista, Mania Akbari, plenamente impregnada del personaje, rodó una secuela, 10+4, en 2007). Ten on ten (2004) es una clase de cine alucinante e imprescindible protagonizada por el propio Kiarostami y su vehículo. Los últimos largometrajes convencionales, Tickets, Copia certificada y Like someone in love, producciones europeas todas ellas, siendo filmes notables y exquisitos no han aportado grandes nuevos hallazgos. Si lo ha hecho la correspondencia audiovisual que Abbas mantuvo con nuestro director más cercano a sus propuestas, tanto formales como vitales, incluida la coincidencia temporal (ambos nacidos en 1940), Víctor Erice, un hecho videográfico irrepetible del que ya habló en un completo y espléndido artículo nuestro compañero Rafael Arias Carrión.

Abbas se ha ido sin ruido, sin nubes enlutadas, en verano, como una cálida sensación de la existencia, el viento se lo ha llevado, pero su obra seguirá hablando, seguirá mirando y abriendo ojos.

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