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Festival de San Sebastián 2016: De monstruos, jóvenes problemáticos y LGTB

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

FEST SS 2016 poster CaLos defectos del festival donostiarra, que señalamos el año pasado, lejos de remediarse han ido a peor. La programación de la sección oficial, abultada con un gran número de «films fuera de concurso» –justificados por la presencia de actores y actrices protagonistas– acabaron por colapsar los huecos reservados a las competitivas, algunas de las cuales, entre ellas la mayoría de las que luego coparon el palmarés, se proyectaron a deshora. Además, se había seleccionado a concurso un plantel excesivo de películas, que luego resultaron de calidad menos que regular, carentes en su casi totalidad de verdadero mérito para estar en un festival de clase A.

En este sentido, puede decirse que los filmes a concurso han sido muy decepcionantes y hay que estar ciego o muy interesado en promover unos determinados títulos para pensar que, por ejemplo, La reconquista, la peliculita a lo Rohmer (pero en malo) de Jonás Trueba tenía sitio en la selección, o que el film de Sorogoyen (Que nos Dios nos perdone), al que por cierto premiaron por su guion (!!!), es una vulgar buddy movie, burdo remedo de Seven, con una pareja de policías en que uno es tartamudo (imagínense los interrogatorios a sospechosos) y el otro, un salvaje al que habrían metido en la cárcel hace años sus propios colegas… Y qué decir del film de Diego Galán (Manda huevos), un documental claramente televisivo sobre el machismo explícito e implícito presente en tantísimos filmes españoles (¿se le estaban agradeciendo los servicios prestados antaño, cuando era director del festival?).

Tres monstruos nos inquietaron inicialmente en la butaca: el Godzila surcoreano que el personaje de Anne Hathaway –actriz principal y productora de Colossal, de Nacho Vigalondo– dirige a voluntad y a distancia con solo mover sus brazos en un parque… (muy en línea con las rarezas anteriores de Vigalondo), el adefesio pajizo de J.A. Bayona en Un monstruo viene a verme (éste con la interpretación y financiación de Sigourney Weaver) que visita a un niño en apuros y que hará llorar a medio mundo y, por último, tuvimos otro monstruo en los sueños de un autista con grave malformación congénita (El gigante, film sueco, que también fue premiado en el palmarés oficial…) cuyo desarrollo interesa hasta un final que es un completo disparate.

También hemos sufrido con jóvenes y adolescentes que buscan su camino en la vida o descubren que su orientación no es la que cabría esperar de su sexo biológico. Hemos aguantado la película chilena Jesús y la polaca Playground en las que se mata a un homosexual y a un niño de pocos años. Encontramos dos jovencitas dadas a las drogas y a la violencia en el caso de la islandesa El juramento y en la estadounidense Pastoral americana, quizás la mejor película a concurso. Interpretada y dirigida por Ewan McGregor, que debuta en este último cometido, adapta una novela de Tim Roth que habla de los jóvenes progresistas del 68 que en EEUU se hicieron responsables de pequeños atentados contra lo que llamaban el «Sistema». De jóvenes van también As You Are, Rage (Rabia) y Nocturama, increíble film francés sobre jóvenes que planean y realizan varios atentados simultáneos en París con finalidad distinta a la del Estado Islámico. Por último, no han faltado filmes vinculados a los temas de orientación sexual a los que ya nos hemos referido. El francés Orpheline vuelve sobre ese tema sin aportar nada nuevo y, lo que es peor, con un desmadre narrativo que llega a cansar por su reiteración y arbitrariedad.

Nada diremos del palmarés, un auténtico despropósito de punta a cabo excepto en el caso del premio de interpretación masculina que recayó en Eduard Fernández, un plausible Paesa en El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez, un film más que digno, aunque un tanto embrollado sobre el caso Roldán y la actuación del ladino Francisco Paesa, experto estafador que le birló el fruto de sus trapacerías al exdirector de la Guardia Civil (véase la crítica en esta misma página). También me gustó (y no solo a mí) Lady Macbeth, dirigido por un novel William Oldroyd, que demuestra un gusto exquisito y una hermosa eficacia narrativa con recursos meramente cinematográficos de calidad y mesura encomiables. Snowden es un digno film-denuncia sobre la invasión de la privacidad por parte de las agencias de seguridad, en este caso norteamericanas, que, gracias a internet y las empresas telefónicas, pueden localizar a cualquier personaje en todo momento y lugar. Oliver Stone maneja con habilidad el hilo argumental y trata de preocuparnos por lo que pasa con nuestros mensajes, conversaciones, fotos y vídeos. Lo logra sólo a medias porque la sopa de siglas es siempre difícil de digerir.

Los dos filmes que abrieron y cerraron el festival fueron más de compromiso que de verdadero interés. El primero, La doctora de Brest de Emmanuelle Bercot (por cierto, la única directora de toda la sección oficial) cuenta un caso verídico: el combate de una médica por conseguir la prohibición de un medicamento, fabricado por una gran empresa farmacéutica francesa, que trata por todos los medios de parar la investigación y desacreditar a la denunciante. Mucho más aburrido es el biopic igualmente francés del oceanógrafo Jacques Cousteau que cerró un festival que en su 64.ª edición tuvo mucho glamour del que le gusta al público en general (estrellas a granel: Sigourney Weaver, Mónica Bellucci, Isabelle Huppert, Ethan Hawke, Jennifer Connelly, Ewan McGregor, Richard Gere…) pero que careció de películas que se recuerden pasado el tiempo.

NO SOY MADAME BOVARY 2016 1El festival sigue viviendo de las «perlas» escogidas de otros festivales, mantiene secciones ya obsoletas (como la retrospectiva, que ha perdido su sentido desde que casi todos filmes pueden verse en internet) o circunstanciales (como la gastronómica o la dedicada al surf y deportes de riesgo), los tres panoramas (del cine latinoamericano, español y vasco), la de nuevos directores (muy trillada desde que existe Sundance) y el cine en construcción, aparte del cine dedicado a los colegiales y una sección poco novedosa sobre Cine y violencia, que recogió películas muy vistas.

Pienso, como ya dije el año pasado, que es necesario cambiar la fórmula, buscar una aligeramiento de secciones y una mayor exigencia en la selección. Sin una sección oficial convincente no se puede echar a andar una maquinaria que engendra gastos cuantiosos, pero que se dispersa en mil manifestaciones pequeñas sin verdadero interés. Más no siempre significa mejor. Apostar conlleva riesgo, pero es preferible correrlo que repetir hasta la saciedad una fórmula, inventada hace veinte años y ya periclitada. Sin ingenio y creatividad el festival se condena a ser un segundón tras Venecia y Toronto. Discurrir un nuevo formato o…

 

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