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Pedro Costa, el cine de un antropólogo visual

Escrito por Rafael Arias Carrión

pedrocosta1Los fotogramas son materia para el director Pedro Costa. En su obra vemos cómo cada imagen es una escultura que se pule incansablemente. Cuesta creer que siendo países limítrofes y hermanados en una península, la cinematografía portuguesa sea tan desconocida en España. Manoel de Oliveira, a pequeña escala, fue reconocido desde el estreno de la mayoría de sus películas durante la década de los noventa, la misma en la que el singular Joao César Monteiro estrenaba Recuerdos de una casa amarilla y Las bodas de Dios. Recientemente, la obra del joven director Miguel Gomes ha podido estrenarse en nuestras salas. Rita Azevedo Gomes también lo ha hecho este año con A Vingança de Uma Mulher (2012), a los que habría que sumar a Pedro Costa, quizá el cineasta portugués de mayor renombre internacional, muy apreciado en Francia, y uno de los más radicales del actual panorama cinematográfico. Parece mucho, pero es bien poco. Se quedan fuera demasiados y, sobre todo, tengo la sensación por lo que he podido ver, que se queda fuera una forma de expresión cinematográfica formalmente muy diferente de la de cualquier otro lugar del planeta. Y eso sí que es perderse mucho.

Allá por 2008 se editó en DVD una colección de películas del director lisboeta Pedro Costa, entre las que destacaban No quarto da Vanda (2000) y Juventude em marcha (2006). En septiembre se ha estrenado Caballo dinero (2014), tras hacerlo hace unos años y en círculos minoritarios el documental Ne change rien (2009). Durante el último trimestre de este 2016, Pedro Costa, con la complicidad de Víctor Erice están presentando en Madrid (Círculo de Bellas Artes y Pequeño Cine Estudio) y en la Filmoteca Vasca un ciclo de las películas del portugués, incluyendo Centro histórico, película de episodios independientes donde Costa y Erice cubrieron dos de los mismos.

1. Fontainhas. Cuando hablamos de Pedro Costa hay que hablar de la marginalidad del barrio de Fontainhas, suburbio lisboeta en perenne destrucción, escuchada más que vista en Ossos, No quarto da Vanda y, sobre todo, en Juventude em marcha. En las dos primeras la protagonista era Vanda, a partir de la tercera emerge la figura de Ventura, un caboverdiano quien, tras más de treinta años en Portugal, añora otras tierras y sueña con reencontrarse con una mujer a la que escribe, real o figuradamente, una y mil veces. Con él abandonamos Fontainhas pero no la miseria y los sueños perdidos. En Caballo dinero, Ventura vuelve a ser protagonista de un pasado enlazado entre la revolución de los claveles, la emigración caboverdiana y un presente indefinido, atemporal.

Pero la entrada en Fontainhas era la inmersión en un universo al que acompañaría una metodología diferente. Por decirlo claramente, Ossos fue su mayor éxito y pudo suponer un fracaso personal. Éxito porque permitió que fuera reconocida en Venecia y el nombre de Pedro Costa, de la mano de su productor Paulo Branco, sonase por Europa; decepción personal porque Ossos no se diferenciaba de las obras de los hermanos Dardenne, por poner un ejemplo. No había voluntad de cambio. Y ahí vino la propuesta de Vanda a Costa: entrar de lleno en Fontainhas y dejarse la piel. Y Costa lo hizo, dejando de lado a Paulo Branco y minimizando presupuesto, reduciendo colaboradores y filmando sin cesar y durante largos periodos de tiempo para esculpir materia y dotarla de movimiento; regresó al barrio para olerlo, escucharlo, sentirlo, y filmar en el año 2000 No Quarto da Vanda, donde Ventura era el vecino de la protagonista.

Con No Quarto da Vanda nació el sistema Costa, donde una cámara miniDV y un micrófono se escondían en recovecos, se enfrentaban a Vanda y a sus amigas y vecinos, al hambre, a las risas, a las drogas y no los reflejaban sino que escarbaban en su interior hasta extraer algo. El método Costa no dramatiza las situaciones, sino que se recogen vivencias y se modelan con el tiempo. Si una situación acontece hoy se acaba filmando seis meses después. Entonces surge cierta magia, la de la evocación. Y en eso, Costa se fue convirtiendo en un precursor y en un maestro. Costa se alejó de Vanda, y encontró a Ventura. Seguimos en Fontainhas.

Ventura y Pedro Costa han colaborado en cinco películas. Tras Juventude Em Marcha han ido juntos de la mano en el segmento Tarrafal de O Estado do Mondo, la pieza The Rabbit Hunters, perteneciente a la película colectiva Memories (2007), Sweet Exorcism de la película colectiva Centro Histórico y la más reciente Caballo dinero. En esta relación hay mucho de introspección y de milimétrica información. Pero hay más. Las historias de Ventura y Pedro Costa se entrecruzan. Ambos estuvieron en Lisboa durante los días de la Revolución de los Claveles: el portugués, abanderando la revolución desde posturas anarquistas; el caboverdiano, como un emigrante, escondido y asustado ante aquellos que postulaban drásticos cambios. Esa coincidencia espacio temporal la aprovechó Pedro Costa en cada película pero es en la fantasmal Caballo dinero donde el pasado ocupa el presente, donde el dinero esta ausente, donde los sueños se llaman pesadillas.

2. Hábitat fantasmal. Caballo dinero se desarrolla casi en su totalidad en un destartalado hospital, espacio vacío como si pudiera cruzarse en él con algún personaje escapado de Shuttter Island. Es ese espacio simbólico, donde la enfermedad de Ventura se vislumbra como una enfermedad social, donde el pavor regresa a la piel del caboverdiano, no hay más que recordar pasajes de la película de Miguel Gomes Las mil y una noches para explicar el desasosiego de los que nada tienen y nada esperan ante cualquier cambio que los vaya a expulsar completamente de la cartografía lisboeta.

En este espacio perfectamente matizado por el director, el espectador ha de descifrar las claves de unos personajes, muchas de ellas políticas, pero tan escondidas como las mismas claves políticas del cine de Apichatpong Weerasethakul. Ambos cineastas ubican su mirada en la de aquellos que no necesitan llamar a las cosas por su nombre sino susurrarlas, necesitando que el espectador escuche dicho murmullo. No hay explicaciones, más allá de las sensaciones de que el mundo de Pedro Costa es un mundo a la deriva, en incesante demolición, donde sus personajes, especialmente Ventura, carecen de un futuro, malviven en el presente y olvidan pedazos del pasado, mientras sobreviven en el día a día, aquejado ahora de un perenne temblor de manos. Estamos en un mundo de fantasmas, de personajes que parecieran desvanecerse, que pudieran desaparecer entre las costuras del fotograma, evanescentes como aquellos que se encuentran en el limbo. En ese sentido los pocos personajes que aparecen en la película parecen tan irreales como el soldado con el que Ventura conversa en el ascensor, pero tan reales como lo que cuentan.

Hay pocos cineastas tan incombustibles como Pedro Costa. Su planificación recuerda a la de Straub y Huillet, para quienes filmó una auténtica obra maestra sobre el trabajo, Où gît votre sourire enfoui?, donde la fotografía remarca la ausencia de focos de luz artificiales y fuerza al máximo la capacidad lumínica de las cámaras digitales: esos claroscuros dinamitados por la completa ausencia de luz artificial, hace que se reconozca con tanta facilidad una película suya como una de Aki Kaurismaki, otro incombustible, con quien converge el portugués en la capacidad de ofrecer más con menos medios, de enfrentar claramente la asquerosa realidad y permitir al espectador sumergirse en la misma.

pedrocosta2Caballo dinero es la obra más ingrávida de Pedro Costa. Posiblemente sea la última colaboración con Ventura, quien parece difuminarse en esta película, reiterando, recordando la contundente carta repetida una y otra vez desde Juventude Em Marcha, la carta de un caboverdiano que desea traer a su mujer y que descubre que ya no tiene tierras ni posesiones en Cabo Verde. Ya no tiene nada; treinta y siete años fuera de su tierra no le han permitido ver a la que fue su amor, a pesar de haber construido hospitales, museos... pero no poder “ofrecerte 100.000 cigarrillos, una docena de vestidos de aquellos más modernos, un automóvil, esa pequeña casa de lava que tanto querías, un ramo de flores de cuatro escudos”, como lee en esa carta siempre inconclusa. Cuantos emigrantes en esa misma situación...

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