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Trump y otras ficciones de la Casa Blanca

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

TRUMPLAND3Hecha realidad la amenaza de que Donald Trump llegara al 1600 de Pennsylvania Ave. y a diferencia de otros presidentes norteamericanos –reales o ficticios- cuyas vidas son recreadas en las pantallas a posteriori, este caso viene precedido de dos combativas películas que se difundieron en plena campaña política para evitar la elección del candidato republicano.  

Provocador como siempre, Michael Moore marcha a Wilmington, un pueblo de Ohio caracterizado por su conservadurismo (Hillary Clinton obtiene la cuarta parte de votos que su adversario) y allí da un show en un teatro donde justifica irónicamente –retorciendo y burlándose de los argumentos caricaturizados- los apoyos a Trump y las opiniones sobre la emigración, el desempleo, los musulmanes, el matrimonio homosexual, las armas, el miedo a una mujer presidenta, los prejuicios sobre un mandatario negro… a la vez que critica la falta de decisión y arrojo de los demócratas. El público también participa con preguntas y comentarios, más bien apoyando a Clinton, de quien el cineasta pondera sus cualidades y defiende como candidata sólida frente a Donald Trump. El filme, justamente titulado Michael Moore in Trumpland, dura poco más de una hora y consiste, entonces, en un largo speech al modo de los monólogos de “El club de la comedia”; se intercalan unos falsos noticiarios y anuncios, entre los que destaca uno muy machista que rechaza una Comandante en Jefe que tuviera la menopausia. Al final, Moore bromea con el anuncio de que se presentará a candidato para las presidenciales de 2020, prometiendo nada menos que una conexión universal para todos los cargadores de tabletas, móviles, ebooks y portátiles… lo que, lógicamente, hace las delicias de la audiencia. Este documental de urgencia, destinado a influir en la campaña electoral, se suma a otras actividades de Moore, como un artículo en el Huffington Post titulado significativamente “Cinco razones por las que Trump va a ganar las elecciones” que se convirtió en certero vaticinio.

A este trabajo se une el mediometraje Donald Trump's The Art of the Deal: The Movie (Jeremy Konner, 2016) producido por la web Funny or Die que en su prólogo, el director Ron Howard presenta como una vieja película de vídeo escrita, dirigida, musicada, fotografiada, montada, decorada… por Donald Trump; rodada en los ochenta, estuvo inédita hasta que Howard la encontró en un mercadillo. Hay recordar que Howard es el director de El desafío. Frost contra Nixon (Frost/Nixon, 2008) que aborda el affaire del Watergate y la (implícita) confesión de la culpabilidad del presidente Nixon, a través de la reconstrucción de las cuatro entrevistas que el periodista británico David Frost hizo en 1977 para televisión.

El título “The Art of the Deal” viene del libro de consejos empresariales publicado bajo la firma del ahora inquilino de la Casa Blanca. Un absolutamente irreconocible Johnny Deep encarna a Trump en diálogo con un niño y algunos ayudantes y corifeos. Se hace una parodia donde se subraya su antisemitismo, racismo con toda minoría y xenofobia; su comportamiento empresarial deleznable como los desahucios de gente humilde; sus posiciones machistas y discriminatorias con la mujer; el rechazo del cambio climático, etc. Viene caracterizado como un megalómano que quiere comprar el Taj Mahal –no está claro si el original o el casino homónimo, en cuyo accionariado entró Trump-, lo que da lugar a una justa burla de un vagabundo.

                  Con la elección de Donald Trump, no sólo es que la realidad supere a la ficción, sino que manifiestamente la empeora si tenemos en cuenta la serie de televisión El ala oeste de la Casa Blanca y otras películas donde cabe la reflexión política y la denuncia de sucesos concretos (Watergate, investigación del asesinato de JF Kennedy) en un ciclo de cine que, desde luego, presenta fuertes claroscuros. Trump en la Casa Blanca puede hacernos añorar la ficción del Charles Gardiner de Bienvenido, Mr. Chance(Hal Ashby, 1979): un torpe sin malicia y con bastante sentido común. Pero será provechoso echar un vistazo a algunos temas y cuestiones del ciclo de cine sobre presidentes norteamericanos. El gran acontecimiento del escándalo del espionaje a la sede electoral del Partido Demócrata, en el Hotel Watergate de Washington, durante la campaña de 1972 da lugar, además del título citado más arriba de Ron Howard, a una de las película de referencia del cine político norteamericano: Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), basada en los testimonios de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein. La campaña electoral que llevó a ganar las primarias del Partido Demócrata al gobernador de Arkansas Bill Clinton en 1992 es recogida por el periodista de Newsweek Joe Klein en una novela publicada de forma anónima sobre la cual se escribe el guión de Primary Colors (Mike Nichols, 1998). Dos piezas de interés destinadas a espectadores/ciudadanos críticos con la manipulación política.

Probablemente por la experiencia histórica del asesinato de cuatro presidentes (Abraham Lincoln, James A. Garfield, William McKinley, John F. Kennedy) y de nada menos que nueve atentados (de ellos, cuatro de los últimos mandatarios: Nixon, Ford, Carter y Reagan), uno de los temas más recurrentes en este ciclo cinematográfico es el de los magnicidios, tanto reales como imaginados. Entre los variados documentales y docudramas que tratan de reconstruir la conspiración nunca del todo aclarada y el asesinato de JFK sobresalen Acción ejecutiva (David Miller, 1973) y JFK, caso abierto (Oliver Stone, 1991). Sobre un más imaginado que planificado atentado al presidente Nixon trata El asesinato de Richard Nixon (Niels Mueller, 2004) cuyo protagonista es un frustrado vendedor que piensa en lanzar un avión contra la Casa Blanca.Un caso muy particular de ficción es Muerte de un Donald Trumps The Artpresidente (Gabriel Range, 2006), pues se trata de un falso documental sobre el presunto asesinato de George W. Bush durante una visita a la ciudad de Chicago en 2007.En Ciudadano Bob Roberts (Tim Robbins, 1992) el protagonista es un perverso candidato al Senado de ideología “conservadora rebelde” que simula un atentado y aparentemente queda en una silla de ruedas para lograr su elección. Diríase que, aunque con una base histórica, la obsesión por la desaparición del máximo dirigente del país –revestido de cualidades casi sobrehumanas- responde a un miedo a la ausencia paterna explicable desde el psicoanálisis.

Llega ahora a las pantallas españolas Michelle & Obama (Richard Tenne, 2016), con un tratamiento más amable y centrado en las relaciones personales de la pareja que termina su inquilinato en la Casa Blanca. Similar tratamiento tienen las fábulas Dave, presidente por un día (Ivan Reitman, 1993) y El presidente y miss Wade (Rob Reiner, 1995); la primera es una historia donde un honrado vendedor de coches –modelo yerno ideal- se ve convertido en doble del presidente norteamericano y acaba desbaratando los planes del círculo de ambiciosos que rodean al primer mandatario. En la segunda se cuenta el improbable romance entre un presidente recién enviudado y una abogada de un lobby ecologista, lógicamente, con numerosas dificultades para la relación.

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