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Querido Fidel

Escrito por Francisco M. Benavent

          fidel2Sé que voy a morir, pero no sé la fecha decía Fidel Castro en Un viaje con Fidel (A Trip with Fidel, 2015), documental que seguía su desplazamiento hasta Nueva York en octubre de 1969 para dar un discurso ante Naciones Unidas. El pasado 25 de noviembre de 2016 ha sido esa fecha histórica en la que, con permiso de Gorbachov, se ha ido el último de los iconos del siglo XX, figura carismática para todos los movimientos revolucionarios, superviviente frente a una decena de presidentes estadounidenses, y símbolo de la resistencia ante el imperialismo yanqui que dirían los Quilapayún de "Vivir como él".

          Nacido en 1927, hijo de un emigrante gallego hecho a sí mismo, estudió con los jesuítas (a los que expulsó nada más llegar al poder clausurando el centenario Colegio de Belén) y se licenció en Derecho en la Universidad de La Habana. Su aspecto atildado poco hacía pensar en ese guerrillero barbudo y con el sempiterno puro en la boca que llegó a desalojar del poder a Fulgencio Batista. El 8 de enero de 1959 sus guerrilleros le seguían victoriosamente por las avenidas de La Habana. En medio de las ovaciones, un campesino se volvió a un periodista norteamericano y le dijo "¡He aquí la esperanza de todo un pueblo!". Un mesías que iba a traer sanidad, educación y vivienda sin distinciones, tiempos de idealismo donde todo estaba por hacer en el paraíso caribeño. Empezando por las artes, ya fuera la literatura (con el nobel Gabriel García Márquez poniendo la vitola), la canción -Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Carlos Puebla y demás de la "Nueva trova cubana"-. Y por supuesto el cine. Antes de la Revolución el cine cubano había producido en toda su historia apenas ochenta largometrajes, destacando los nombres del adelantado Enrique Díaz Quesada o los de Ramón Peón García –La virgen de la Caridad (1930)-, Ernesto Caparrós –La serpiente roja (1937) y Manuel Alonso -Siete muertes a plazo fijo (1950), Casta de roble (1953)-.

          Las películas no pueden hacer una Revolución, pero sí acompañarla. El cine fue uno de los sectores clave y más rápidamente favorecidos por los nuevos dirigentes con la creación -sólo tres meses después de hacerse con el poder- del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Bajo la dirección del sempiterno Alfredo Guevara, el cine fue concebido como "el más poderoso y sugestivo medio de expresión artística, y el más directo y extendido vehículo de educación y popularización de las ideas", según rezaba la ley fundacional. A tal fin, la década prodigiosa de los sesenta alumbró una extraordinaria generación de realizadores, encabezada por Tomás Gutiérrez Alea -Historias de la Revolución (1960), Las doce sillas (1962), Memorias del subdesarrollo (1968), La muerte de un burócrata (1966), Fresa y chocolate (1993)- y otros como Julio García Espinosa, Humberto Solás, Manuel Octavio Gómez…, que pusieron su cámara al lado del fusil en una serie de títulos míticos para los cineclubistas de los sesenta: Cuba baila (1960), Cumbite (1964), Manuela (1966), Aventuras de Juanquinquín (1967), Lucía (1968), La primera carga al machete (1969)…

          Coetáneamente fueron llegando a Cuba un buen número de cineastas extranjeros, comprometidos con la causa y dispuestos a cantar los "Pasajes de la guerra revolucionaria", caso de Roman Karmen, Joris Ivens, Chris Marker, Agnès Varda, Cesare Zavattini, Theodor Christensen, y en particular el ruso Mijail Kalatozov, quien en la famosa Soy Cuba (1964), una de las primeras producciones surgida de la nueva alianza establecida entre el flamante ICAIC y los estudios soviéticos Mosfilm, hizo una especie de Octubre para ensalzar el ideal comunista frente al capitalismo; empero, y según recordaba el director, el clima era otro en la calle: Las bailarinas del Tropicana tenían las medias llenas de agujeros y el viento soplaba sobre la plaza vacía del mercado. Las mujeres hacían cola para conseguir cajas de uvas búlgaras y nos miraban con odio gritando: «¡rusos, volved a vuestro país!».

          Obviamente, la propaganda y las consignas del régimen han sido consustanciales a las producciones oficiales cubanas, vid. como botón de muestra Clandestinos (1987) de Fernando Pérez, exaltación de la insurrección contra Batista. Sin embargo, otros trabajos resultaron menos condescendientes. La represión cultural empezó con el famoso corto P.M. ([Pasado el Meridiano], 1961), donde el camarógrafo Orlando Jiménez Leal filmó inocentemente la alegría de la noche cubana. Estas imágenes, muy alejadas del "¡Siempre alerta, centinela!", le supusieron un juicio, instigado por Alfredo Guevara, en el que Fidel pronunció su famosa frase: Con la Revolución todo, contra la Revolución nada. Lo mismo que Stalin le hizo a Eisenstein. La cinta señaló el camino del exilio al propio autor y a otros como Guillermo Cabrera Infante o Néstor Almendros, para quien la obra estaba a la altura del Free Cinema.

Tras ello los apuntes críticos sobre el régimen castrista tuvieron que venir de fuera. De producción española han sido los documentales La mafia en La Habana (2000), en el que la tudelana Ana Díez retrataba esa Cuba convertida en el burdel de los yanquis donde con Batista había cien mil prostitutas (el tema de las jineteras no variaría después); El juego de Cuba (2001), donde Manuel Martín Cuenca se adentraba en el béisbol, deporte que hermana a cubanos y norteamericanos, tras oír una historia en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños donde daba clases: en Sierra Maestra se jugó un partido entre revolucionarios y campesinos, que los primeros ganaron gracias a la interpretación que del reglamento hizo el comandante Fidel. Finalista a los Oscar, en Balseros (2002) Carles Bosch y Josep Maria Domènech describían el drama humano de las gentes que decidieron jugarse el todo por el todo para escapar del paraíso comunista y alcanzar las costas de Florida. Con Un objetivo recorre La Habana (2006) el catalán Manuel Neira se adentró en la vida marginal y clandestina que llevan los artistas cubanos desafectos al régimen, persecución (contra intelectuales, homosexuales, etc.) que también han reflejado cintas como Antes que anochezca (Before Night Falls, 2000) o Santa y Andrés (2016), ambas inspiradas por la vida de Reynaldo Arenas.

Oxígeno para vivir (2011), por último, es otro valioso documental en el que Renato Sanjuán homenajea la figura del veterano periodista madrileño Enrique Meneses (1929-2013). Al comienzo se ven las históricas fotos que tomó de Fidel Castro y del Che en Sierra Maestra, en enero de 1958, que tres meses después dieron la vuelta al mundo tras ser publicadas por Paris Match. Luego le dedicó los libros "Fidel Castro" (1966), "Castro, empieza la revolución" (1995 y "Fidel Castro, patria y muerte" (2016), versión póstuma y actualizada del anterior. Meneses fue un testigo de primer orden en aquellos momentos cruciales. ¡Odio tanto el imperialismo yanki como el soviético! ¡No estoy rompiéndome los cuernos luchando contra una dictadura para caer en otra! recordaba que le espetó a su hermano Raúl. Lo mismo que, bajando de la montaña, Fidel se entretenía en besar a todas las mujeres, y una vez entrado en La Habana, donde vio que los comunistas dirigían el tráfico, terminó por apuntarse al marxismo para no quedar fuera de juego. En sus memorias, "Hasta aquí hemos llegado" (2006), el periodista cuenta que viajó con una cámara de cine con la que pudo filmar a los insurgentes. Vendió las imágenes a la CBS por cincuenta mil dólares, y hoy se consideran perdidas.

         fidel3 Fuera del documental pueden citarse otros filmes acusadores, como Fuegos internos (Fires Within, 1991) donde Gillian Armstrong exploraba el conflicto de los isleños exiliados en Miami, diáspora cantada por Luis Aguilé en "Cuando salí de Cuba" o por Gloria Stefan en "Mi tierra". La emigración cubana a España en los noventa, coincidente con el "periodo especial" que sufrió la economía cubana tras la caída del Muro de Berlín y la negativa de los rusos a seguir subvencionándola, la plasmó Manuel Gutiérrez Aragón en Cosas que dejé en La Habana (1997), director que años más tarde firmaría el mediometraje Música para vivir (2010), sobre la persecución censora que sufre el jazz de origen yanqui; al parecer, la única música del gusto del comandante eran… las marchas militares. También otras "habaneras" a ritmo de jazz y salsa han sido Cuarteto de La Habana (1999) de Fernando Colomo, Buena Vista Social Club (1999) de Wim Wenders, Calle 54 (2000) de Fernando Trueba, Habana blues (2005) de Benito Zambrano, o Cuba-Libre (2005) del asturiano Raimundo García. A la miseria del "periodo especial" Agustí Villaronga también se acercaría después en El rey de La Habana (2015).

          Visiones igualmente desencantadas son las que presentan filmes como Cuba feliz (2000), documental en el que el franco-tunecino Karim Dridi sigue a un viejo cantante callejero que comprueba que la realidad de la isla no es tan bonita como en sus canciones, Azúcar amarga (1996) de León Ichaso, El telón de azúcar (2005) de Camila Guzmán, o Espacios inacabados (Unfinished Space, 2011), donde Benjamin Murray y Alysa Nahmias describen cómo tres jóvenes arquitectos de vanguardia recibieron en 1961 el encargo de manos de Fidel Castro y el Che Guevara de erigir la más hermosa y pionera Academia de Artes en el mundo, pero con el paso de los años el proyecto continúa inacabado y en continuo deterioro. La mirada a un ayer que ya no es lo que era constituía también el argumento de Regreso a Itaca (Retour à Ithaque, 2014) del francés Laurent Cantet,  firmante de uno de los episodios del filme colectivo 7 días en La Habana (2012). Cubano afincado en Estados Unidos, Juan Gerard González ya había hecho anteriormente en Sangre de Cuba (Cuban Blood, 2003) otra evocación nostálgica de lo viejo y lo nuevo, del final de los cincuenta y la llegada de los nuevos tiempos en los sesenta.

          Ese periodo histórico donde el "ancien régime" de Batista se desmoronaba y los subversivos asediaban los cuarteles, no precisamente de invierno, para convertirlos en escuelas es el momento en el que se ambientan varias películas. Carol Reed filmó Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havana, 1959) en auténticas localizaciones de la capital caribeña pocos meses después de la sublevación de Fidel Castro, quien autorizó personalmente el rodaje. Años más tarde, Fernando Lecchi también volvió a ella para filmar Operación Fangio (1999), sobre el secuestro del piloto argentino por parte de un grupo revolucionario con ocasión de la competición organizada en febrero de 1958 por el gobierno de Batista. Fuera ya de la isla caribeña (en escenarios de la República Dominicana, Puerto Rico e incluso Cádiz) se han rodado algunas secuencias situadas en ese trepidante cambio de década, caso de El padrino II (The Godfather, Part II; 1974), cuando en la Nochevieja de 1958 Michael Corleone y su hermano Fredo están ajustando cuentas en la fiesta que daba Batista; Dirty Dancing 2 (Basado en hechos reales) (Dirty Dancing: Havana Nights, 2004), cuyos avatares transcurren poco antes en noviembre de 1958, o La ciudad perdida (The Lost City, 2005), en la que Andy García era el dueño de un cabaret que veía derrumbarse a su alrededor un régimen que tocaba a su fin, personaje y decorado muy parecidos a los de Cuba (1979) de Richard Lester o Habana (Havana, 1990) de Sydney Pollack. Algunos episodios históricos posteriores –la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961, la crisis de los misiles en octubre de 1962, el éxodo de los "marielitos" en 1980…- han servido para arropar películas como Topaz (1969), El precio del poder (Scarface, 1983), J.F.K. (Caso abierto) (J.F.K., 1991) o Trece días (Thirteen Days, 2000).

          Afición común a muchos dictadores, Fidel siempre mantuvo un gran interés por el cine, tanto es así que su gran amigo Gabriel García Márquez llegó a decir durante un discurso en la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (1986) que era el cineasta menos conocido del mundo; escritor y "director" aparecen retratados en Gabo, la magia de lo real (2015) de Justin Webster, biografía del premio Nobel. Como todo en la isla, los caminos del cine cubano han marchado paralelos a los dictados de Castro.

          Puede decirse que éste, admirador de Ava Gardner, Sophia Loren, Charlot y Cantinflas, empezó por abajo, cuando era estudiante de Derecho en La Habana y apareció como figurante en tres producciones de la M.G.M., Escuela de sirenas (Bathing Beauty, 1944), Que siga la boda (Easy to Wed, 1946) y Festival en México (Holiday in Mexico, 1946). Convertido después en estrella mediática, ha protagonizado innumerables documentales, siendo de especial relevancia los tres -Comandante (2003), Looking for Fidel (2004) y Castro in Winter (2012)- que le dedicó Oliver Stone, mostrando al viejo zorro de la política por medio de una serie de entrevistas amables. Contemporizadoras fueron también El octubre de todos (1977) y …La noche se hizo arcoíris (1978) de Santiago Alvarez, o Fidel (La historia no contada) (2001) de Estela Bravo, igualmente propagandística pero con unas valiosas imágenes apenas vistas a las que tuvo acceso esta veterana documentalista neyorquina afincada en La Habana. Su agitada vida la plasmó el británico David Attwood en la miniserie televisiva ¡Fidel! (2001), lo mismo que la cubana Adriana Bosch en Fidel Castro (2004), producción de la P.B.S. estadounidense que aspiraba a dar una imagen equilibrada de su controvertida figura. En Cuba, el valor de una utopía (2006) la ecuatoriana Yanara Guayasamín hizo varias entrevistas a diferentes personajes de la isla (una de ellas al propio Fidel) con un cierto sabor testamentarioal estilo de Regreso a Itaca (2014). Una mención merecen igualmente Querido Fidel (Lieber Fidel, 2000), de Wilfried Huismann, donde el alemán se centraba en Marita Lorentz, amante y Mata Hari del caudillo cubano a quien la C.I.A. le propuso envenenarlo. Su intento se recogía también en638 formas de matar a Fidel Castro (638 Ways To Kill Fidel Castro, 2006), en la que Dollan Cannell detallaba los innumerables planes que jamás lograron acabar con él.

          Figura popular, el líder de la Revolución ha sido interpretado por diversos actores en películas de todo tipo. El portorriqueño Jacobo Moraes lo encarnó por partida doble en Bananas (1971) de Woody Allen y en Casada en Nueva York (Up the Sandbox, 1972), de Irvin Kershner, donde Barbra Streisand imaginaba que el dictador no llevaba chaleco antibalas debajo de su uniforme verde –uno de los momentos más célebres recogidos en Un viaje con Fidel (A Trip with Fidel, 2015)-, sino pechos femeninos. Otros que han hecho lo propio han sido el cubano Orestes Pérez -en Hasta la victoria, siempre (1997)-, Anthony LaPaglia -en Lío en La Habana (Company Man, 1999)-, Gonzalo Menéndez -en la citada La ciudad perdida (The Lost City, 2005)-, Alec von Bargen -en El buen pastor (The Good Shepherd, 2006)- y Juan Luis Galiardo -en I Love Miami (2006)-, donde el mejicano Alejandro González Padilla hacía de él un balsero que llegaba a las costas de Miami.

          Si en las películas sobre Fidel frecuentemente sale a su lado el que fuera su mano derecha en los inicios de la Revolución, el Che Guevara, en las protagonizadas por el "Soldado de América" suele ser él quien aparece en segundo término a lo Falstaff. Con su habitual pinta de malvado, Jack Palance era ni más ni menos quien lo interpretaba en Che (Che!, 1969) de Richard Fleischer, papel que también hicieron Francisco Rabal en El «Che» Guevara (Il "Che" Guevara, 1969) de Paolo Heuchs, y el mejicano Demián Bichir en Che: el argentino (The Argentine, 2008) y Che: guerrilla (Che: Part Two, 2008) de Steven Soderbergh.

        fidelCual general romano que pensaba cambiar la espada por el arado, Fidel Castro declaraba en 1957 al "New York Times": Power does not interest me. After victory I want to go back to my village and just be a lawyer again. Castro ha dirigido sin embargo los destinos de Cuba de 1959 a 2006, año en el que dejó el sillón de director a su hermano Raúl. Casi medio siglo donde se enfrentó a la invasión de Bahía de Cochinos, puso al mundo al borde del holocausto nuclear con la crisis de los misiles, mandó al exilio a dos millones de compatriotas, encarceló o fusiló con mano de hierro a otro buen número, auspició incontables rebeliones marxistas en Latinoamérica, envió tropas a luchar contra los sudafricanos en Angola, sobrevivió al embargo económico y al adiós de la Unión Soviética, y con una innegable "baraka" personal, a 638 intentos de asesinato. Acontecimientos que han nutrido los numerosos filmes señalados, centrados no sólo en el revolucionario oportunista, el agitador incansable o el político hábil y de discursos inacabables, sino también en el hombre en zapatillas tras quitarse las botas, seductor, caótico, aniñado y egocéntrico. Filmes que a la vez han ido reflejando el arco temporal vivido por Cuba, desde los tiempos iniciales llenos de idealismo y esperanza a la apatía y las ilusiones truncadas del socialismo real. Una decepción que Elia Kazan ya había reflejado muy bien en ¡Viva Zapata! (1952). La televisión ha mostrado estos días a un campesino que hacía cola para ver las cenizas y despedirse del comandante, y decía Ojalá que las cosas cambien. ¡Viva Fidel!.

 

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