.

Voces de mujer y diálogo de religiones

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

felixandmeiraDos títulos recientes en la cartelera -La passion d’Augustine (Léa Pool, 2015) y Les innocentes (Agnus Dei) (Anne Fontaine, 2016)- nos llevan a indagar en cómo el cine francófono ha abordado en los últimos años la situación de las mujeres en las distintas religiones. Sin duda, más allá de las cifras comerciales que miden el impacto de las películas por la taquilla o el número de espectadores, el cine en francés alcanza una presencia notable a nivel mundial por su capacidad para detectar realidades emergentes, llamar la atención sobre conflictos internacionales y diagnosticar los cambios sociales. Es decir, posee un destacado protagonismo cultural-social, particularmente en Europa, al reflejar la Francia multicultural con las desigualdades y la crisis de los derechos humanos que han supuesto la inmigración masiva de personas de otras culturas, religiones y costumbres, y la llegada de refugiados de Oriente Medio o, tiempo atrás, de los Balcanes. En el continente europeo, la cinematografía gala es emblema de la opción por la cultura como factor de identidad y de creación de comunidad; y singularmente como elemento de resistencia frente a la homogeneización propiciada por el cine comercial norteamericano. Las películas total o parcialmente en lengua francesa no se limitan a historias que trancurren en Francia o Canadá, sino que también hay filmes ambientados en el Magreb y países de África central, Oriente Medio (Egipto, Líbano, Israel) o el sudeste asiático, lo que ofrece una perspectiva más global de la esperable.

El cine francófono se ha hecho cargo del lugar de la mujer en diferentes contextos sociales y el peso o valor que la tradición religiosa tiene en ellos. A diferencia de la situación del varón y del modo en que los hombres se insertan en las comunidades religiosas, ostentan una espiritualidad o practican una moral, las mujeres en las distintas religiones establecidas (cristiana, musulmana, judía) vienen representadas como personas que han de negar su cuerpo y ocultar las formas femeninas o determinadas partes relacionadas con la sexualidad mediante el vestido (velos, faldas largas, ropa amplia). Los conflictos representados por las películas francófonas tienen relación directa con el cuerpo y la sexualidad hasta el punto de que el discurso sobre mujer y religión se centra en gran medida en el sexo o en la moral sexual y reproductiva.

Así, en Un poison violent (Katell Quillévéré, 2010) la adolescente Ana vive la incertidumbre de las dudas de fe unidas al descubrimiento de la sexualidad en la relación con un chico que se define como ateo; ha estado en un internado católico y vuelve a él obligada por su madre. Ana se está preparando para la confirmación, pero se desmaya y no la recibe, en lo que parece una somatización del sentido de la culpa. Sexo y religión aparecen unidos en las mujeres, tanto en Ana con la prohibición de las primeras relaciones con un chico, como en su madre, que se ha separado y se siente atraída por un sacerdote. Del mismo modo, en la producción canadiense Félix et Meira (Maxime Giroux, 2014), se vincula la religión con una sexualidad reprimida en la mujer. En este caso se trata de una judía casada con hombre ortodoxo que, a escondidas del marido, toma anticonceptivos y escucha música. Se enamora de un hombre y su historia de amor –un muy sereno, terapéutico y carente inicialmente de impulso sexual- adquiere para ella una fuerza liberadora.  

Sexo y pecado van unidos en las protagonistas de la citada Les innocentes, con una historia ambientada en un convento de monjas en Polonia en 1945. Una joven médica francesa de Cruz Roja, de familia comunista y atea, ha de ocuparse de las religiosas, varias de las cuales han quedado embarazadas de soldados rusos.El pudor del cuerpo mancillado y la autoculpabilización y el sentido del pecado llevan a la superiora a abandonar a un recién nacido en el campo y a la monja madre al suicidio: nuevamente la relación entre religión y sexualidad resulta conflictiva en extremo. Afortunadamente, al final se impone el sentido común: las religiosas asumen la situación y convierten el convento en un orfanato.

Una segunda característica de la religiosidad de las mujeres es el sobredimensionamiento de su faceta sentimental y emotiva, donde la relación con la divinidad o la experiencia espiritual se presenta como un estado psicológico excepcional hasta el punto de relegar en cierta forma la racionalidad y el sentido de la realidad: la santa Teresita de Lisieux recreada en Thérese (Alain Cavalier, 1986) cuyo impulso religioso sublima la sexualidad y la enfermedad, o la pintora Séraphine (Martin Provost, 2008), que vincula su catolicismo de sesgo panteísta a una creación artística similar al éxtasis de los místicos.

En la mayoría de los casos, son los hombres quienes toman las decisiones o condicionan la práctica religiosa de las mujeres o su comportamiento moral determinado por las normas religiosas, como el aristócrata en las versiones de La religieuse (Jacques Rivette, 1966 y Guillaume Nicloux, 2013) de Denis Diderot que recluye en un convento a una joven sin vocación alguna para ser monja, y que refleja el silenciamiento y reclusión a que es sometida la mujer en una sociedad que la convierte en estorbo social fuera de la función de esposa y madre. Por ello no es de extrañar que en La reina Margot (Patrice Chéreau, 1994) se presente el matrimonio como moneda de cambio en las intrigas palaciegas en el contexto de las tensiones entre católicos y protestantes del siglo XVI con la boda entre Margarita de Valois, hermana de Carlos IX, y el hugonote Enrique de Navarra (futuro Enrique IV: “París bien vale una misa”).  

En el mismo sentido, en historias parcialmente habladas en francés y ambientadas en África se muestra ese orden patriarcal con varones que imponen a las mujeres la tortura de la ablación, motivada por creencias religiosas, como en Moolaadé (Ousmane Sembene, 2004), o la implantación violenta de la irracional sharía en Timbuktú (Abderrahmane Sissako, 2014), que obliga a un cubrir/negar el cuerpo de la mujer. También en La fuente de las mujeres (Radu Mihaileanu, 2011), ambientada en Oriente Medio, quedan marcados los roles sexistas y aparece el imán como autoridad en una aldea donde las mujeres quedan frustradas por no poder ser madres debido a las condiciones de higiene. Frente a estas exigencias, hay una mujer fuerte e independiente –antigua combatiente anticolonialista- en Argelia en El harén de Madame Osmane (Nadir Moknèche, 2000) que no se doblega ante el clima integrista creciente con la punta de lanza del terrorismo.

Con un tratamiento menos convencional hay relatos donde las creencias religiosas de las mujeres no conllevan menosprecio hacia su dignidad como personas libres ni menoscaban sus determinaciones. Por el contrario, son reflexiones sobre la fe y las creencias desde una medida humana que inevitablemente conlleva su dosis de incertidumbre. Ya Godard en Je vous salue, Marie (1985) había elaborado una suerte de ensayo sobre la virginidad y la maternidad tomando como referencia de fondo la Sagrada Familia de los evangelios. La producción quebequesa La neuvaine (Bernard Émond, 2005) se enmarca en una trilogía del director en torno a la fe, eje central de ese filme, la esperanza en Contre toute esperance (2007) y la caridad en La donation (2009). Su protagonista es una médica que ha perdido a su único hijo tras una enfermedad de cuatro años en que ella estuvo dedicada a él por completo; tiene la tentación de suicidio pero el testimonio de un joven que reza una novena por su abuela moribunda le plantea dudas a su increencia en el contexto de una sociedad secularizada y crítica con el catolicismo. En Lourdes (Jessica Hausner, 2009) se ofrece un relato contemplativo, con una descripción desapasionada de los rituales del santuario adonde van voluntarios y acompañantes de enfermos. Hay una visión laica, con aproximación fenomenológica a un fenómeno religioso que también toma nota de la superficialidad y hasta la superstición subyacente a determinadas prácticas; queda patente cómo las emociones son el sustrato común de creyentes y no creyentes.

religieuseLas convenciones de la cultura islámica no son obstáculo para que la protagonista de Fatima (Philippe Faucon, 2015) luche por educar a sus hijas en la independencia y profesionalidad. Se trata de una historia de supervivencia en la Francia burguesa, nacionalista y eurocéntrica donde se abre paso una mujer con todas las condiciones para estar abocada a la marginación: inmigrante argelina, divorciada, de lengua árabe, de clase obrera e iletrada, madre y musulmana.Finalmente, resulta muy estimulante la original fábula El nuevo Nuevo Testamento (Jaco Van Dormael, 2015), una producción belga con la historia de un Dios machista y autoritario que tiene a su mujer doblegada y reprimida; y maltrata a su hija, una niña que se rebela y divulga la fecha de la muerte de muchas personas, lo que pone en crisis la autoridad de Dios. Busca seis apóstoles mujeres para unirse a los doce en colaboración con su hermano JC, vestido como un Jesucristo tradicional: finalmente, la mujer de Dios consigue evitar un apocalipsis y deja a Dios despojado de toda autoridad.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.