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Jerry Lewis, siempre en forma

Escrito por Rafael Arias Carrión

jerry1Nunca entendí la desafección que tenía mucha gente de mi entorno hacia Jerry Lewis. No le entendían, les parecía ajeno a cualquier cosa y no valoraban su humor porque no se reían. La muerte de Jerry Lewis el pasado 20 de agosto me ha hecho reflexionar mucho sobre dicha circunstancia, pensando en que a mí, siempre me ha fascinado. Quizá el fracaso de Jerry Lewis fuera la incapacidad, en palabras suyas, de “crear un personaje con el cual todo el mundo pueda identificarse”. Dicho fracaso soluciona de un plumazo la incomprensión, pero no explica el porqué, aun siendo cierta la premisa, hay mucho de fascinante en su obra, más allá del personaje central.

            En la década de los sesenta Jerry Lewis pudo diseñar un cine enormemente personal. Hasta llegar a ese momento, coprotagonizó con Dean Martin diecisiete películas en las que, tal como afirmó el productor de las mismas Hal Wallis “Jerry es idiota y Dean un hombre fuerte y triunfador que canta un par de canciones y se lleva a la chica”. Si Lewis era el patético, aquel de quien nos reíamos y apiadamos pero que no nos gustaría ser, Dean Martin era el canalla de las virtudes masculinas. Más aún, ambos representaban dos polos sociológicos: la alteridad de Lewis, incapaz de estar dentro de una sociedad como la nuestra, y Dean Martin, el galán inmerso en una sociedad que lo envidiaba. Lewis quería ser uno más, Martin no necesitaba eso. 

            Cuentan que la creciente presencia de Lewis película a película hizo brotar en Martin la envidia y se produjo la separación. Yo creo que cuando Lewis comprendió que podía ser ambos personajes, devoró a Martin. Lo hizo porque supo que podía ser muchos en un mismo cuerpo. Desde ese momento Jerry Lewis fue uno y muchos, hasta el punto de que podría definirse al personaje como una identidad vacía que «quiere ser pero todavía no es», síntoma del fracaso en la construcción de ese personaje universal, al que tanto aspiró, a partir de que, según palabras del autor, “la situación fundamental de toda comedia es la de ese personaje frente a estas dificultades”. Quiso ser todos para no ser nadie y se desdobló en muchos de sus filmes (en dos en El botones, Un espía en Hollywood, El ceniciento, El profesor chiflado, La otra cara del gángster; en cuatro personajes en Tres en un sofá y en siete en Las joyas de la familia). En ese entramado de personalidades Lewis pudo dar rienda suelta a su enorme capacidad de comunicación. Su personaje sugiere el mundo perfecto para su desarrollo como creador, la huida de lo real, la necesidad de bucear en ese otro lado del espejo donde la trama se funde con el mundo fantástico. Supo acertar en la década de la modernidad cinematográfica conjugando con notable acierto y coherencia la estructura narrativa reflexiva, donde bullía una constante introspección sobre el cine y los medios de comunicación y la ruptura de la narración clásica, donde el relato literario se diluía en favor de un continuo diálogo con el espectador, bien a través de la ruptura de la cuarta pared o mediante recursos extra narrativos, la mayoría de las veces, a través de gags que se situaban más allá de los márgenes del gaseoso relato.  

            Pero la excelencia la consiguió cuando esa fusión generó la necesidad de un objeto en el que mirarse. Ese objeto fue la sociedad estadounidense y la sátira fue el método para confrontar a un personaje desubicado, incapaz de comprender el mundo que le rodea, de regirse por las reglas del mismo. De ese enfrentamiento surgió la magia. Caso clínico en la clínica  y Lío en los grandes almacenes fueron las más sangrantes (dirigidas por Tashlin, en lo que fue una real simbiosis). Lewis, trabajando en solitario, siempre utilizó un tono menor, más preocupado por la inclusión del individuo en la sociedad que por destruir la misma a través del personaje: El profesor chiflado, ¿Dónde está el frente?, El terror de las chicas, Tres en un sofá, Las joyas de la familia.

            En ese absurdo es donde la magia de Lewis apareció en numerosos gags. En su excelente estudio sobre Jerry Lewis, Pablo Pérez Rubio afirma que “Lewis es capaz de convertir el caos en orden a partir de la perversa (perversión que, paradójicamente, nace de la ingenuidad) utilización del mismo caos: sus torpezas y tropelías le sirven para subvertir involuntariamente la realidad y acceder a sus estadios superiores sin habérselo propuesto a priori. Es esa subversión una de las características por las que Lewis será recordado”. Otro aspecto muy interesante en la obra de Lewis es el repaso a la historia del cine y a los cambios que estaban operando en los años sesenta. Dos de sus películas hablan directamente de este tema desde dentro: Un espía en Hollywood y Jerry Calamidad.

            Un espía en Hollywood expone una sucesión hilarante de situaciones deconstructivas: desde la presentación de una serie de rodajes simultáneos el rodaje de un western con el héroe montado en un caballo... mecánico, el rodaje de una emboscada en donde la enorme piedra que va a caer es de cartón, la escena de una bofetada a una mujer... que no es tal, o la escena amorosa creada por un actor y una actriz, que son matrimonio en la vida real y que no se soportan para a continuación mostrar las injerencias del protagonista, quien decide almorzar tranquilamente y no se da cuenta de que se encuentra metido en el rodaje de una escena bélica, o la escena en que entra con un guión en la mano para las mecanógrafas y las hojas de todos los guiones acaban mezcladas en el suelo, o cuando un director con acento germánico da por perdida la película que ha rodado pues en una escena aparece mirando continuamente a cámara, o cuando vemos a una actriz cantando mientras su voz aparecía doblada por una cantante referencia a Cantando bajo la lluvia, y luego vemos a Lewis, en una escena prodigiosa mover la boca y los brazos acompañado de un puro, al compás de la música, faltando esa letra que alguien habrá de acompañar mostrando la perfecta sincronía gestualidad-música, o las dos maravillosas escenas en las que la magia del cine brota con toda su fuerza de la mano de Jerry Lewis, acompañado únicamente por marionetas, o la escena de submarinismo, que remite al cine silente, intertítulos incluidos, o esas armaduras que derriba y que se levantan solas. Porque “...sólo unos pocos son elegidos para transmitir y expresarse por los millones que no pueden, no saben cómo o no tiene oportunidad de hacerlo.”

           jerry2 La ruptura de la cuarta pared, habitual en casi todas las películas de Lewis, y no solo por el mismo sino por otros personajes, cabe recordar a Stella Stevens mirando a cámara varias veces en El profesor chiflado, tiene su cimaen Jerry Calamidad. Mientras en Un espía en Hollywood es donde se descubre la falsedad del cine, en Jerry Calamidad el proceso es inverso. Se fabrica a un don nadie en una nueva estrella de Hollywood, en un nuevo humorista. En todo este proceso la voz de Jerry Lewis como creador se levantaba para señalar que toda esta ficción es imposible de traducir en imágenes creíbles si detrás no hay cierta magia, cierto (in)genio del que está delante de las cámaras. Es una defensa del genio del artista frente a la mecanización mercantilista. Y hay mucho de ese intento de Jerry Lewis por crear entretenimiento, por no dotar al cine de realismo sino, sobre todo de diversión. El final de Jerry Calamidad resume esto: Lewis cae por la ventana; parece que ha tenido un accidente mortal, pero no es así... Reaparece y afirma: “¿Por qué lloráis? Todo esto es cine, no estoy muerto, soy Jerry Lewis; hemos acabado, vámonos a comer”.

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