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Guerra de sexos en el cine

Escrito por Maria Vives

batallaLa guerra de los sexos en el cine:

de La costilla de Adán (1949) a La batalla de los sexos (2017)

A mis amigas, especialmente a aquellas que han levantado el vuelo

de nidos que parecían albergar solo cenizas

En La costilla de Adán, la tesis de la maravillosa Amanda –interpretada por Katherine Hepburn– era que hombre y mujer eran exactamente iguales, y así lo intentaba demostrar en el juicio en el que actuaba como abogada defensora. «Si acaso, una leve diferencia», acababa admitiendo al final a su marido, fiscal en el mismo caso. ¡Ay, esa leve diferencia…! ¿Existe de verdad? ¿Es verdaderamente tan leve, dado que ha originado hasta una segunda distinción, lo que socialmente se conoce como género? Y, más importante aún, si existe, ¿de qué se trata exactamente?

El personaje interpretado por Katherine Hepburn se hacía eco de las tesis del feminismo de la igualdad, que refuerza la identidad entre los sexos y relega la diferenciación exclusivamente a factores sociales y educacionales. Es lógico pensar que estas diferencias, como ya lo apuntaban Simone de Beauvoir y otras feministas, han sido motivadas por las anteriores, que se refieren no solo a lo constitucional biológico, sino a lo hormonal y funcional. Lo trágico ha sido que la diferenciación haya dado lugar a que la mujer sea, históricamente y en el mejor de los casos, un ciudadano de segunda. Hasta hace muy poco, no tenía derecho al voto ni a la formación, al trabajo remunerado o a la investigación, y esa es la lucha que recogen interesantísimas cintas: por el derecho al voto en Las bostonianas (1984), Ángeles de hierro (2004), Clara Campoamor (2011), Las sufragistas (2012) o Sufragistas (2015); la de los derechos laborales en Pan y rosas (2000); y, particularmente, los de la mujer negra, que ha padecido históricamente una discriminación todavía mayor y más cruel, como se refleja en Criadas y señoras (2011), Figuras ocultas (2016) y otras. Por el único motivo de esa leve diferencia, nada menos que la mitad de la humanidad quedaba privada de derechos fundamentales, y, por tanto, la sociedad entera se veía despojada de la riqueza de su especificidad. Si es que tal cosa existe…

Porque, veamos: el par de cromosomas XX/XY que portan la diferenciación sexual y sus caracteres primarios –de los que derivan hormonalmente los secundarios–, parecen estar determinados desde la formación del feto. Pero en ese par de cromosomas hay mucha información genética. Muchísima. Y quizá en ellos, y en la exposición hormonal concreta en cada feto en su tiempo de gestación, esté la respuesta a las complejísimas cuestiones del sexo biológico (hembra, intersexual, macho), la orientación sexual (heterosexual, bisexual, homosexual); y también, entremezclándose con las sociales y culturales, otras aún más complejas: la identidad de género (mujer, genderqueer, hombre) o la expresión de género (femenina, andrógina, masculina). En La batalla de los sexos (2017) se hace un levísimo esbozo de estos temas, pero aquí se trata más bien de la mujer y el hombre promedio. Si es que tal cosa existe… Porque, aparte de ese par de cromosomas, hay nada menos que otros veintidós pares con toda una inmensa carga de información genética que definirá las características de cada individuo concreto, así que el abanico de posibilidades de diferenciación individual es inmenso y excede, con mucho, la simple diferenciación sexual.

Quizá lo femenino y lo masculino no sean solo características asociadas con exclusividad a una u otra mitad de los individuos de la especie humana, sino cualidades que nos exceden y de las cuales participamos en mayor o en menor medida. En orden a una conceptualización, podrían desdoblarse en lo masculino positivo y lo masculino negativo; en lo femenino positivo y lo femenino negativo. La fuerza social que ha desvalorizado lo femenino globalmente está en la base de la valorización de lo masculino como lo único válido. Así, la denominada ideología patriarcal da consideración únicamente a las conductas derivadas de la testosterona –fuerza, energía y competitividad en sus vertientes positivas; dominación y prepotencia entre las negativas–, que son las que han prevalecido en las sociedades machistas y menos evolucionadas, mientras que la colaboración, la empatía o la capacidad de acoger al más débil, en las vertientes positivas de lo femenino, quedaban relegadas a la vida familiar, no remuneradas o remuneradas en menor grado, y excluidas de la misma sociedad y la vida pública y económica. Pero, afortunadamente, las sociedades avanzan, y con ese avance y la incorporación de la mujer a la vida social, esos otros valores se van asumiendo poco a poco.

costillaOtro dato a considerar es el llamado dimorfismo sexual cerebral, que parece estar en la base de la divertida ¿En qué piensan las mujeres? (2000), en la que el egocéntrico Nick Marshall, tras un accidente que le permite escuchar los pensamientos de las mujeres que lo rodean, va desarrollando una capacidad empática que lo hace irreconocible. La película no parece tan descabellada, pues, como se desprende de las pruebas cerebrales, los cerebros entre el macho y la hembra son distintos anatómica, química y funcionalmente, con patrones de interconectividad estructural diferentes. En la especie humana, el cerebro masculino es mayor en volumen, y tanto su córtex parietal como el cuerpo amigdalino tienen una dimensión relativa mayor, mientras que en las mujeres algunas partes del córtex frontal, del hipocampo y del córtex límbico son mayores proporcionalmente, y el córtex de su lóbulo temporal tiene mayor densidad de neuronas. Así que los tópicos sobre las diferencias entre ambos sexos tienen, en realidad, una base científica. Pero lo social se superpone y valoriza las diferencias, de manera que, como expresan cintas como la genial Tootsie (1982), la asunción del posicionamiento social de la mujer y sus dificultades específicas ayuda al hombre a comprender muchas, muchas cosas. En la cima simbólica de la desvalorización de lo masculino negativo quedaría la frase, de nuevo, de la genial Amanda: «Siento decírtelo, pero te portas como un hombre».

            En otro famoso estudio de Cahill se examinó la preferencia en la elección de objetos de interés, dando a elegir a niños y niñas de uno o dos días de vida –sin marcas, por tanto, de una sociedad con prejuicios y determinismos culturales–, bien un objeto mecánico, bien un rostro humano. Los resultados diferían significativamente según el sexo del bebé: mientras que los varones preferían el objeto mecánico, las niñas se centraban sobre todo en el rostro humano. Las implicaciones científicas, especialmente para la neurociencia, son enormes, ya que sugieren que, para recibir un trato realmente igualitario, se tendría que estudiar por separado el cerebro femenino y el masculino. Quizá en Erin Brockovich (2000)este tema luzca con una fuerza especial, pues la fuerza motriz de la protagonista es el interés humano empático; y lo es también en las bellísimas Mujeres de El Cairo (2009), Y ahora ¿adónde vamos? (2011) –un alegato antibélico muy en la línea del ensayo de Virginia Woolf, Tres guineas–; en La estación de las mujeres (2015) o en Criadas y señoras (2011).Por desgracia, la fuerza social del género y el encasillamiento obliga a muchas mujeres a limitar sus objetos de interés a la esfera de lo puramente privado, como muestra la demoledora La piedra de la paciencia (2012).

            Muchas películas sobre la guerra de los sexos se centran exclusivamente en el aspecto romántico –batallas solo entre dos individuos concretos, al fin y al cabo–, como Ninotchka (1939), ¡Olvídate de mí! (2004) y tantísimas otras. Si la paz a veces se firma con el matrimonio –Las tres noches de Eva (1941), La octava mujer de Barba Azul (1938), Pijama para dos (1961)–, una nueva etapa de desencanto comienza con la ruptura de la alianza –Kramer contra Kramer (1979), Nader y Simin, una separación (2011), Después de nosotros (2016)…–. O desemboca en una guerra aún más encarnizada y en la que los combatientes pueden llegar a morir –La guerra de los Rose (1989)– o a quedar heridos –Annie Hall (1977), Maridos y mujeres (1992)–. También, a veces, optan por iniciar un nuevo romance –La pareja del año (2001), Nacida ayer (1950 y 1993)–, regresar al estadio anterior con una reconciliación –Mujeres (1939), The Women (2008)…–, o por soluciones alternativas más originales, como en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), El club de las primeras esposas (1996), Las brujas de Eastwick (1987), Luna nueva (1940) o su posterior versión Primera plana (1974).

Las divertidísimas Crueldad intolerable (2003) o Las seductoras (2001), en cambio, se centran exclusivamente en las únicas armas que tradicionalmente estaban a disposición de la mujer: su atractivo hacia el sexo opuesto. En ambas, las protagonistas las utilizan ­al más puro ejemplo de lo femenino negativo­ para esquilmar a sus víctimas con variadas tretas y muy distintos resultados... Pero, si la tesis de los Coen en Crueldad intolerable es que ambos, hombre y mujer, se necesitan mutuamente, Abajo el amor (2003) incluye un dato interesante con una idea subyacente expuesta con una comicidad muy resultona, es que el amor ha sido el mayor enemigo para la igualdad de la mujer, ya que, en muchos casos, la ha obligado a retirarse del mundo laboral. En La batalla de los sexos (2017), que funciona mucho mejor cuando emplea el registro cómico que cuando lo combina con el dramático,se incorporan el tema de la igualdad salarial –una reivindicación no conseguida ni siquiera en los países más avanzados–, pero, al mezclarlo con el de la orientación sexual, pierde un poco de su fuerza, aunque a favor del respeto a la diversidad.

El rostro más oscuro de la dominación hacia la mujer, sin embargo, lo constituye el de la violencia física y sexual. Es una batalla cuerpo a cuerpo en la que el hombre, más fuerte físicamente, gana casi siempre. Bastantes películas se dedican a tratarlo. Entre las más conocidas, Acusados (1988),protagonizada por una Jodie Foster inmensa en su fragilidad, se titula en el original The Accussed, y la ambigüedad del título se pierde totalmente en la traducción. Porque accussed puede referirse tanto a los violadores como a la víctima, ya que esta, a pesar de las evidencias médicas, es constantemente cuestionada y ha de responder como si fuera la acusada de un delito. La película añade otro factor decisivo que está la base del machismo, como lo está también en los nacionalismos exacerbados o en la extraña teoría de la supremacía de la raza blanca, a la que da la vuelta de manera muy eficaz y cruel Déjame salir (2017): esto es, la necesidad de considerar a otros, sean mujeres, inmigrantes, razas o nacionalidades distintas ­el «otro», en definitiva como inferiores y, por tanto, despojados de cualquier derecho y denigrables sin ninguna consecuencia legal o ética. En Thelma y Louise (1991) el final es trágico, mientras que en Hard Candy (2005) la venganza se sirve muy, pero que muy fría; y toma netamente el cariz de justicia en la interesantísima trilogía Millenium (2009). Mucho más ligero, pero igual de eficaz, es el tono de la almodovariana ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (1984).

piedraUna visión más compleja se da en la sutil Phoenix (2014), donde se muestra el triunfo máximo de la mujer sobre todas las dificultades, un triunfo que se asocia a su resurgimiento vital. Al comienzo de la historia, Nelly, la protagonista, asume el papel de víctima por partida doble; pero, cuando lo abandona de forma consciente y voluntaria para liberarse de su dependencia hacia el que fue su hombre, alcanza la mejor versión de sí misma. Porque a la guerra de los sexos precede otra batalla muy distinta: la de la autosuperación. Y también en la ingenua y paródica, pero deliciosa Una rubia muy legal (2001),la protagonista, Elle, siempre en clave muy ligera, acaba por explotar su potencial y por descubrirse a sí misma como sujeto y no como mero objeto.  También La Venus de las pieles (2013) exhibe ese triunfo de la mujer porque previamente ya ha librado otras batallas. La obra se presta a riquísimas interpretaciones. De hecho, los papeles se subvierten varias veces, y el personaje de Vanda rechaza la relación de dominación-sumisión porque, espeta al protagonista masculino, ese tipo de relación es una invención suya y no la que desearía una mujer real.

En definitiva, si en la guerra perdemos todos, juntos somos invencibles y capaces de hacer de este mundo un lugar más habitable. Así es que, como terminaba el divino Adam de La costilla de Adán después de haber asumido el rol tradicionalmente femenino, valdría también para aquí su exclamación final:«Vive la différence!».Si es que tal cosa existe…

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