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La Berlinale a vista de pájaro

Escrito por Rubén de la Prida

berlinale2018Un fin de semana en Berlín da para mucho. En especial si se juntan allí un puñado de buenas películas, algún director genial (este año fue el turno de Wes Anderson) y una atmósfera cinéfila que casi se puede cortar. El cielo sobre Berlín parece habitado de fotogramas durante esos días. Difícil es, con setenta y dos horas por delante, hacer una selección oportuna de diversas obras a visionar, que transmitan no solo una visión global sobre las más importantes secciones, sino un regusto de lo que el tercer festival del cine más importante del mundo considera lo mejor del año que está por venir. El crítico que suscribe estas líneas lo intentó, y da fe de que lo que vio en aquel fin de semana, el primero de los dos que abarca el festival, fue mejor fuera de la sección oficial que dentro de ella. Sorprendente.

La mejor obra, en concreto, fue proyectada en el marco de la sección Panorama. Los diversos premios otorgados por parte de varios jurados independientes vienen a corroborar la calidad de Styx, obra minimalista del austríaco Wolfgang Fischer, que es sin duda la joya de la corona de entre las gemas y la bisutería que pasaron por Berlín. Con su arranque potente -una certera presentación de la protagonista en cuatro pinceladas- seguido de un bellísimo tramo sin palabras -de esos que sirven para reposar la vista- la cinta acaba por desembocar, sin solución de continuidad, en una precisa y profunda metonimia del conflicto de los refugiados en Europa. Una película a tener en cuenta. También fuera de la sección oficial, en el apartado Forum, volvió a sorprender el auténtico Hong Sang-soo con Grass, una historia escueta de relaciones humanas, de idas y venidas, de cosas que pudieron ser y no fueron, o no debieron pasar, y sucedieron. Como a él le gusta, en su línea. Delicioso, como siempre, acertando de nuevo con el blanco y negro, y desentonando solo con la banda sonora, acaso demasiado presente. La sección juvenil arrancó con la argentina El día que resistía, de Alessia Chiesa, fábula de fábulas adaptada al mundo actual, con niños perdidos y padres ausentes, metáfora del estado de las cosas en una sociedad de familias desintegradas. Auténtica, hecha desde el corazón y con regusto de Verano 1993, es una muestra más del cine reciente que trata de dar a los niños voz y voto en la sociedad. Valiosa ópera prima, a la que sin embargo hubiera sentado muy bien algo más de tijera.

Dentro de la sección oficial la calidad ya resultó más dispar, menos homogénea. Particularmente incomprensible resulta la concesión del Oso de Plata a Las herederas, del paraguayo Marcelo Martinessi. Es verdad: su narrativa elíptica resulta atrayente. También es cierto: es una historia de mujeres. De las relaciones entre las mujeres, de su generosidad y sus sentimientos y sus miedos. Una película milimetrada en su guion y su puesta en escena, mas no hermética. Un film, sin embargo, sin nada que no se hubiera visto ya, sin ningún germen de novedad, sin poso memorable. Sin pena ni gloria, en definitiva, como el biopic que narra una semana de la vida del escritor ruso Dovlatov. Un film denso y literario cual obra de Dostoievski, pero sin el fulgor de la belleza de los libros del mismo. Una película biográfica más, que hará las delicias de los aficionados a la literatura rusa, y aburrirá al resto. De Italia llegó Figlia mia, una singular historia de crecimiento y maduración de una niña a caballo entre dos madres. De fondo atractivo, construcción sugerente e imágenes magnéticas, resulta valiosa en su discurso en torno a la educación y la hipocresía. Una obra para el debate, pero cinematográficamente más bien mediocre. Más interesante resulta Transit, en la que el alemán Christian Petzold revisita el género noir con una trama ambientada en un futuro con apariencia de presente y regusto de pasado. Quien no defraudó para nada (no suele hacerlo) fue Wes Anderson con su nueva obra de animación fotograma a fotograma, La isla de los perros. Como no podía ser de otra manera, su protagonista es un huérfano en busca de cariño, en este caso el de su perro, que le fue arrebatado debido a un decreto de su poderoso tío, regidor de Megasaki. Y como no podía ser de otra manera, este conflicto relacional (amo / mascota en lugar de padre / hijo o mentor / pupilo como en sus anteriores películas desde Bottle Rocket (1996)) es el que demanda solución y hace avanzar la trama. En lo visual, como siempre, un derroche de recursos, un lujo de montaje, una fiesta, aumentada por el hecho de tratarse de un film de animación. Una obra que destaca dentro del corpus andersoniano por su directa denuncia de la corrupción política y en la que Isle-of-Dogsno faltan guiños claros a algunos de los referentes de Anderson, como Orson Welles o Akira Kurosawa. Un regalo más de la filmografía que Anderson está legando al mundo, y que bien merece el Oso de Plata al mejor director.

Quedaron en el tintero cintas que ya de entrada suenan sugerentes, como la nueva película del consagrado Gus van Sant, o del germano Philip Gröning, así como la ganadora del Oso de Oro, Touch me not. El regusto, en cualquier caso, es bueno, especialmente el de las obras fuera de la sección oficial. Un hecho que sugiere que, en la actualidad, el mejor cine se hace en los márgenes, allá donde aún hay gente que quiere sacar adelante un sueño creativo (que eso es una película, decía el berlinés Wenders), allá donde el caballero Don Dinero es un poco menos poderoso.

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