.

Fecundidad del cine español del exilio

Escrito por J.L. Sánchez Noriega

exilio1A siete décadas del final de la Guerra Civil española y con la vigencia del clima social que ha propiciado la ley de la Memoria Histórica se celebra este otoño en Zaragoza y Córdoba una exposición patrocinada por las universidades de esas ciudades que lleva por título Después de la alambrada. El arte español en el exilio, 1939-1957.

Ello nos sirve como ocasión propicia para una revisión somera de lo que podemos llamar el “cine español del exilio”: a saber, el cine hecho por los exiliados, la carrera de todo tipo de cineastas, el déficit dejado por su ausencia en el cine peninsular y, sobre todo, las aportaciones que esos cineastas realizan en los cines latinoamericanos, singularmente mexicano y argentino, cuya historia en las décadas de los 40 y 50 sería impensable sin tener presente la fecundación de los exiliados republicanos y otros españoles.
 
Aunque puede parecer una cifra menor en relación al conjunto de represaliados por el franquismo, se estima en una quinta parte los directores y guionistas apartados del cine español (y algo menos del diez por ciento de los actores). En conjunto, Emeterio Díez da la cifra de 213 cineastas emigrados a partir de la Guerra Civil, de los cuales más de la mitad –exactamente 145- se exilian en México, aunque para este país José de la Colina rebaja la cifra a un centenar, con “62 actores y actrices, 19 escritores, 12 directores, 5 músicos, 3 escenógrafos y, alrededor de las labores cinematográficas propiamente dichas, 4 críticos y un buen número de periodistas ‘de la fuente’”. Lo que parece evidente es que esa quinta parte representa una cuota mayor del talento, si tenemos en cuenta nombres como Luis Buñuel, Carlos Velo, Eduardo Ugarte, Gregorio Martínez Sierra, Paulino Masip, Eduardo Borrás o Julio Alejandro, por ceñirnos a las profesiones más creativas de guionista y director.
 
Como en otros muchos ámbitos profesionales, artísticos o culturales, la Guerra Civil cercenó carreras a medio hacer y trastocó la trayectoria de otras. Algunos cineastas no volvieron a rodar más (Nemesio Sobrevila, Fernando G. Mantilla) y prometedoras figuras como el productor Ricardo Urgoiti dejaron la profesión, tras un intento desesperado de supervivencia durante unos años en el exilio argentino, mientras otros hubieron de practicar un posibilismo al borde de la indignidad (Antonio del Amo). Pero las víctimas de la guerra no sólo fueron las del bando derrotado, sino también las del vencedor que, por ejemplo, alteró la carrera de Benito Perojo, uno de los directores más notables del primer tercio del siglo, reconvertido en productor de cine comercial tras unos años de estancia en Argentina.
 
exilio2En el exilio se alumbran carreras nuevas en quienes han de dejar el país siendo muy jóvenes, como la actriz María Casares –hija del presidente del Consejo de Ministros en el momento del golpe- que emprende una carrera brillantísima en Francia, país donde también desarrolla su trabajo Jorge Semprún, guionista con directores como Alain Resnais, Costa-Gavras o Joseph Losey. Para el primero escribe La guerre est finie (1966), un título fundamental con no pocos elementos autobiográficos donde convergen el exilio y la resistencia antifranquista. El joven extremeño Luis Alcoriza se exilia con su familia de cómicos a México donde desarrolla una notable trayectoria, sucesivamente como actor, guionista y director; debido a sus colaboraciones con Buñuel ha sido visto como epígono del aragonés, siendo así que posee una creatividad propia, con evidentes raíces en la cultura española.
 
El exilio abre nuevas perspectivas, a veces impulsadas por la pura necesidad alimenticia de supervivencia, en creadores que apenas se habían acercado al cine: así, Max Aub, que había participado como ayudante de dirección y redactor de diálogos en uno de los títulos emblemáticos del cine de resistencia democrática durante la guerra: Sierra de Teruel (Espoir, André Malraux, 1938-39), trabaja en una treintena de guiones originales y adaptaciones a lo largo de poco más de un decenio. El dramaturgo Alejandro Casona escribe varios guiones originales, adapta a otros autores y, sobre todo, colabora en la traslación a la pantalla de sus dramas más sólidos; y el poeta malagueño Manuel Altolaguirre desarrolla en México una discreta pero entregada carrera como guionista, productor y director.
 
La nunca suficientemente estudiada cultura cinematográfica (crítica especializada, ensayismo, cineclubismo), que había adquirido un nivel notable desde finales de los años veinte con figuras como Francisco Ayala, Juan Piqueras, César M. Arconada, Manuel Villegas López, Jaume Miravitlles y trabajos de otros escritores (Rafael Alberti, Ramón Gómez de la Serna) que legitiman el cine como hecho cultural, experimenta con la guerra un fuerte retroceso; publicaciones en el exilio de varios de estos ensayistas y otros como Juan Gil-Albert o el ibicenco Emilio García Riera, reputado historiador del cine mexicano, hacen palidecer lo que sale de imprenta en España, en gran parte mediatizado por el dirigismo cultural falangista y por la censura.
 
En el México como gran beneficiado del exilio artístico y cultural español desarrollan su carrera Luis Buñuel y Carlos Velo, además del citado Alcoriza y otros creadores como los escenógrafos Manuel Fontanals y Vicente Petit. También el país azteca se beneficia del trabajo de los cartelistas transterrados (básicamente los valencianos Josep y Juanino Renau, José Espert y Ernesto Guasp), que llegan a diseñar la tercera parte del total de los carteles del cine mexicano en las décadas de los cuarenta y cincuenta. Sobre Buñuel hay ya una bibliografía desbordante como para pergeñar ahora alguna novedad; aquí, sin asomo de afán chovinista, nos limitamos a reivindicar a este director como parte del cine español, por más que haya escrito una página en el azteca (véase, por ejemplo, http://cinemexicano.mty.itesm.mx/director.html) y haya estudios que hablen de él como “director francés de origen español”.
 
Esta reivindicación se basa en que, habiendo trabajado en industrias radicadas en México, Francia, Estados Unidos o España, la personalidad del aragonés se ha impuesto siempre. La herencia cultural y familiar, el catolicismo de la infancia y adolescencia, la estancia en la Residencia de Estudiantes y el conocimiento de la cultura española determinan la carrera posterior, en la que son evidentes las huellas del esperpento, las figuras solanescas filtradas por el surrealismo, el realismo tremendista vecino de la tragicomedia y la herencia de Cervantes, Quevedo, Gracián o Pérez Galdós.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.