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El filtro de calidad de los festivales A

Escrito por Ángel Luis Inurria

La vocal más distinguida, la primera letra del alfabeto, se utiliza, preferentemente, para designar la categoría máxima (incluida la gripe, y también la Bomba, frutos ambos de una América de cine, de cine documental, por supuesto) de clases, localidades, establecimientos y todo lo que nos sea útil recordar para consolidar nuestra aseveración, por lo que preferimos obviar el soneto que le dedicó Rimbaud, quien por cierto llevó una existencia propia de guión fílmico, como nos recuerda la película Vidas al límite.

En el cine, los festivales no iban a ser menos, y los más prestigiosos son acreedores de la categoría A, calificación que otorga la FIAPC (Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos). Creada en 1933 está encargada de defender los intereses de los profesionales en aspectos que engloban los derechos de autor, estándares técnicos y libertad de comercio, pero además regula los festivales de cine, por lo que en su día estableció jerarquías de calidad de acuerdo a criterios técnicos y organizativos. Actualmente tiene acreditados algo más de medio centenar de festivales en todo el mundo, entre los cuales Cannes, Venecia, Berlín, San Sebastián, Locarno, Karlovy Vary, Moscú, Mar de Plata, Shanghai, Tokio o El Cairo, poseen la categoría A que obliga a que las películas en competición no puedan haber sido antes presentadas a concurso en otro festival internacional. En España, el único que atesora la preciada y restrictiva calificación es el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, que tiene lugar en septiembre y que este año celebra su 57 edición. Dirigido desde inicios del presente siglo con acierto y éxito por Mikel Olaciregui, arropado en un sólido equipo, y que tras Cannes, Venecia y Berlín, es el más importante de Europa, al menos para la FIAPC.

Es curioso que cuando las encuestas, informes oficiales y declaraciones de los profesionales del sector, están de acuerdo en constatar la significativa caída de espectadores, del alejamiento de las salas de cine que protagoniza el público, precisamente más cine y más producto audiovisual se consume. Pero lamentablemente (¿o quizás no?) sería lícito preguntarnos, lejos de la cinematográfica y clásica sala oscura. En la programación fílmica de televisión se interrumpe sin pudor un coito, una muerte, una lucha, una caída al vacío, actos que bien mirado vienen a ser lo mismo; pero el gran consumo, además de los DVD, sean del manta, de los grandes almacenes o de los comercios especializados, radica en la descarga de películas desde el ordenador, o de su visión directa on line, lo que se denomina piratería, consumo aún sin regular en nuestra piel de toro, cuya práctica eriza los cabellos de nuestros profesionales del sector, que pretenden, según parece, convertir a los piratas en corsarios, previo pago de cierto canon, o similar.

En este estado de hábitos cinéfilos, otra realidad se constata: que los mismos espectadores que se alejan de las salas durante la programación ordinaria, se dan de bofetadas por acudir al cine durante la celebración de los festivales: en España hay, entre certámenes y festivales de distinta índole, unos doscientos. El público responde con fidelidad y aceptación, la llamada que anuncia cada nueva edición. Mikel Olaciregui nos informaba de que durante la pasada edición, de las 120.000 localidades puestas a la venta para el público, el primer día se vendieron 40.000. Lo que no podía profetizar es que en la siguiente edición, septiembre 2009, se han vendido el primer día 46.000. El glamour, la presencia sobre la alfombra roja de los famosos de la pantalla que el ciudadano demanda, la oferta de ciclos, homenajes, retrospectivas, estrenos, la programación en secciones abiertas de las películas más interesantes que ya han pasado por otros festivales… ofrecen un suculento menú que el público valora y con el que está dispuesto a saciar su apetito cinéfilo, aunque luego, a lo largo de la temporada, desprecie el mismo manjar en la programación cotidiana que le ofrece su cercana sala, al carecer del poder de convocatoria que entraña todo festival.

Pero como las cosas cambian, y aunque la FIAPC liberalizó sus criterios y dejó mayor amplitud a los reglamentos de los Festivales, el del Festival donostiarra es más restrictivo que la propia norma de la FIAPC respecto al estreno de películas en otros países. Mikel Olaciregui opina que ante la llegada de los desafíos tecnológicos -y no sólo referido al 3D o a la alta definición- algo tendrán que hacer y habrá que cambiar los festivales durante los próximos años, incluso en sus estructuras, para adaptarse a una realidad que las tecnologías están cambiando. Como cambian las formas de ver cine, y no sólo en España, también en todo el mundo, el descenso de espectadores que padecen las salas es sintomático. En el futuro cambiará la distribución tal como la entendemos hoy y habrá que afrontar el visionado on line, una vez solucionada la piratería. Si los espectadores ven el cine en su casa, en algo tendrá que variar el sector de la producción, aunque no haya nada como ver cine en un cine, a pesar de que ello represente un porcentaje pequeño de espectadores, aferrados a la sala. En todo caso, algunos festivales tendrán la posibilidad de sobrevivir, pues el público los considera filtros fiables, y se acerca a conocer la película que programa el festival, por extraña que sea su procedencia, la misma que, al cabo de los días no acude a ver a la sala próxima. La diferencia: que al estar programada en el Festival, su interés es fiable.

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