.

Los Sanfermines, fiesta y cine

Escrito por Francisco M. Benavent

fiestaLos Sanfermines, explosión festiva que cada año tiene lugar del 6 al 14 de julio en Pamplona, son un acontecimiento lleno de bullicio y desenfreno, una catarsis colectiva que por ello ha servido para ambientar numerosas películas.

Fiesta (The Sun also Rises, 1957) tal vez sea la más conocida. La obra de Ernest Hemingway (admirador como el que más del jolgorio, el riesgo y la bebida) ha contribuido notablemente a la difusión de la fiesta navarra, sobre todo para el público norteamericano, siendo millares los jóvenes que cada año acuden a la ciudad para correr delante de los toros, todo un ritual iniciático. Cowboys de ciudad (City Slickers, 1991) o Americano (2003) así lo muestran. Las miniseries televisivas sobre la vida de Hemingway (como las respectivamente rodadas en 1988 por Bernhard Sinkel y José María Sánchez Silva) han servido igualmente para recoger en ellas los escenarios de Pamplona por los que se movió el escritor.
 
Puede que Encierro de toros (1898), rodada por el propio Louis Lumière aunque no se conservan copias de ella, fuera la primera cinta sobre los festejos sanfermineros. Fue seguida de Procesión de San Fermín (1902) y más tarde de las acostumbradas salidas de misa, corridas de toros, etc. En los años sucesivos, estas escenas ya eran conocidas en la mayoría de los países. Currito de la Cruz (1926), la versión silente de la novela taurina de Alejandro Pérez Lugín, tenía algunas imágenes de los encierros. Luna de verano (1958) de Pedro Lazaga, Tú y yo somos tres (1962) de Rafael Gil, Un rincón para querernos (1964) de Ignacio F. Iquino o Cita en Navarra (1970) de José Grañena (ésta nuevamente con norteamericanos fascinados por Hemingway y los Sanfermines) son títulos que con desigual fortuna transcurren en esos días inundados de blanco y rojo.
 
Jorge Grau en La trastienda (1975) ha sido probablemente quien mejor ha reflejado el sentir de la fiesta pamplonica –también se había acercado a ella en Una historia de amor (1966)-, aunque lo que en el fondo es una fuerte lucha entre don Carnal y doña Cuaresma siempre se ha visto desvirtuado por el famoso jaleo que organizó el pubis de María José Cantudo.
 
carnavalLos aspectos más llamativos de los Sanfermines también han atraído a cineastas foráneos. Malcom Saint Clair introdujo vistas cogidas en Pamplona para Stan y Oliver toreros (The Bullfighters, 1945), viéndose ni más ni menos que al Gordo y el Flaco torear en el coso iruñazarra. Leni Riefenstahl se acercó por su parte en los años cincuenta, habiendo plasmado en sus Memorias (1987) unos recuerdos que no han perdido vigencia: "Dos días más tarde, llegamos por Biarritz a Pamplona, en el momento oportuno para probar nuestra cámara: al día siguiente, empezaba la famosa Fiesta de San Fermín, que Hemingway describió de manera tan sugestiva. Pamplona estaba abarrotada. Dormimos al aire libre. Fui reconocida por un español que en 1943, cuando hicimos para «Tierra Baja» las tomas con los toros, había trabajado para nosotros. Nos albergó en un pequeño hotel de una de las angostas callejuelas y se ofreció para servimos de guía durante la «fiesta». Antes de que saliera el sol ya estábamos sentadas con la cámara de cine encima del viejo muro de una calleja, por la cual, todas las mañanas, se hacían correr los novillos. Como locos corrían los mozos junto a los toros y delante de ellos; las muchachas y las mujeres miraban desde las ventanas y parecían también encontrarse en un delirio de paroxístico entusiasmo. Los mozos trataban de tocar los toros, eran arrollados por éstos, lo cual, sin embargo, les hacía entrar en un delirio aún mayor. Para nosotras, habitantes de países nórdicos, todo aquello resultaba extraño e incomprensible. A pesar de ello, pronto nos vimos también contagiadas por aquella fiebre. No era ningún show, sino que se trataba de gestos rituales de remotas tradiciones. Tres días estuvimos filmando en Pamplona. Ya hacía días que se nos estaba esperando en Madrid. Volví a experimentar España como un país fascinante, lleno de tensiones y de alegría de vivir; y esta vez sin la presión de una arriesgada producción. Para un artista, una abundancia casi abrumadora de impresiones y experiencias (…)". Otros visitantes que dejaron huella en la capital del "Viejo Reyno" fueron Orson Welles –parte del metraje que rodó puede verse en su Don Quijote y más tarde en Fraude (F for Fake, 1975)-, y Francesco Rosi, cuyo filme El momento de la verdad (1965) contiene varios momentos en la plaza de toros.
 
De entre todas las películas ambientadas durante la semana de Sanfermines, Carnaval de ladrones (The Caper of the Golden Bulls, 1966), protagonizada por Stephen Boyd y dirigida por Russell Rouse, tal vez sea una de las más características y a la vez más olvidadas. En línea con otros filmes de la época sobre atracos -Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955), Un diamante al rojo vivo (The Hot Rock, 1972)- y con ciertos resabios de Casablanca (1943) (tal vez Humphrey Bogart podría haber regentado un bar en la Plaza del Castillo), contaba la historia del robo a un banco pamplonés aprovechando el barullo festivo. Rodada durante los Sanfermines de 1966, aunque no sería estrenada hasta junio de 1968, Carnaval de ladrones sólo fue comercializada en los primeros VHS que salieron en Estados Unidos y luego desapareció de circulación. Tras varias gestiones, el crítico y periodista Ramón Herrera le siguió la pista y en 2008 consiguió a través de internet una videocasete y una copia en 16 milímetros que tenía un anticuario en Canadá, lo que le sirvió para publicar un completo libro sobre el tema, "Carnaval de ladrones (la película recuperada de los Sanfermines)" (2008), complementario de otro suyo anterior, "Cine y Sanfermines: 25 momenticos en la pantalla" (2007).
 
El autor descubrió así que "es la película más festiva sobre los Sanfermines, la más imaginativa, se aprovecha todo tipo de resortes de la fiesta, toda esa iconografía de gigantes, del encierro, para jugar con ella narrativamente e inventarse una historia". También, muchas licencias que hacen sonreír a quienes conozcan los verdaderos ritos sanfermineros, algo consustancial a casi todas las películas que se han servido de ellos. El encierro que los ladrones aprovechan para realizar el robo parece durar horas, no hay cañón que lo anuncie sino un cohete y el taxi del comienzo recorre los monumentos de toda la geografía española. Lo mismo sucedía en Esencia de misterio (Scent of Mystery, 1959), de Jack Cardiff, donde el taxi que conducía Peter Lorre acababa en las fiestas de Pamplona vía Acueducto de Segovia y la Alhambra de Granada; pero ya se sabe que con Peter Lorre cualquier cosa puede pasar. Otra pieza en esta antología del disparate eran los los encierros que se veían en Fiesta, rodados en la ciudad mejicana de Morelia: la censura franquista prohibió tomarlos en Pamplona y ninguno de los protagonistas llegó a pisar la calle de la Estafeta. Los planos de recurso fueron cogidos clandestinamente por un equipo capitaneado por Tadeo Villalba.
 
Dejando la ficción, en el campo documental se pueden citar (junto a los numerosos trabajos del tafallés Miguel Mezquíriz) cortos y largos como Sucede en San Fermín (1957) de Francisco Centol, Encierro (burla a la muerte) (1958) de José María Ochoa, El encierro de Pamplona (1963) de Julián de la Flor, Porque llegaron las fiestas (1980) de Jesús Sastre, Viva San Fermín (1981) de Ivor Bowen, The Runner (2001) de Esteban Uyarra, Viva Pamplona! Viva San Fermín! (2003) de Harlan Douglas Whatley o Sanfermines 78 (2005), donde Juan Gautier y José Angel Jiménez recogieron los hechos luctuosos que se produjeron en aquel año. Y hablando de lo festivo, en su vertiente erótica la productora catalana New Line Films aprovechó el paroxismo de julio de 1999 para rodar en Pamplona Sangre y sexo en San Fermín, un filme porno que ha tenido escasa difusión.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.