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La revolución de Eric Rohmer

Escrito por Norberto Alcover

Moría Eric Rohmer el 11 de enero del presente 2010, en París y a los 89 años, tras legarnos su testamento audiovisual/cinematográfico en El romance de Astrea y Céeladon (2007), un film magistral, de perfección minimalista y narrativamente antiguo pero que almacena toda la metralla posible sobre el amor en cuanto tal amor, más allá de convencionalismos actuales y por lo tanto adictos a pasiones un tanto exageradas.

Precisamente, días atrás, habíamos celebrado el cincuenta aniversario de la muerte de Albert Camus, un escritor que, en muchos de sus rasgos vitales y hasta estilísticos se parecía al siempre huidizo y en claroscuro maestro de la Nouvelle Vague, junto al militante Jean-Luc Godard, al misterioso Alain Resnais, al cínico Claude Chabrol y por supuesto al humanista François Truffaut, casi todos compañeros de fatigas en las páginas de Cahiers du Cinéma, cuando en los sesenta, era la revista cinematográfica en Europa y puede que todo Occidente.

Me temo que con la muerte del maestro Rohmer, fallezca también la pulsión nouvelvaguista, en la que coinciden un presupuesto reducido, una historia elemental, una realización pegada a la realidad más inmediata, unas descaradas referencias literarias (imposible evitarlas en Francia) y, por supuesto, un hondo, muy hondo, humanismo que produce esa seducción insuperable, como la que se siente al contemplar El romance de Astrea y Celadon, aunque todo comenzó mucho antes, a finales de los sesenta, cuando nuestro hombre nos lanzaba al corazón y no menos al cerebro esa excelente Mi noche con Maude (1969), en la que convertía una sencilla habitación parisina en el universo permanente de la tensión humana, mientras se sucedían los diálogos de los personajes sin descanso alguno, como si audio y vídeo conformaran una realidad todavía mucho más emblemática de la que contemplábamos. Rohmer tenía el don de una inteligencia emocional perfecta.

Su precaria producción, no más de veinte películas, se divide matemáticamente en tres series: Seis cuentos morales (destacamos la citada Mi noche con Maud [1969] pero también la exquisita La rodilla de Clara [1970]), para continuar sus experiencias lingüísticas con otros seis largometrajes que llevaban por título genérico Comedias y Proverbios (y traemos a colación La mujer del aviador [1980] y El rayo verde [1986], una de esas historias que, de tan sencillas, son capaces de adquirir un carácter metafísico y dejarnos necesitados de preguntarnos por las inútiles complicaciones del arte contemporáneo), para cerrar sus ciclos con Cuentos de las Cuatro Estaciones, puede que un conjunto ya un tanto voluntarista por la búsqueda de un perfeccionismo que ya era casi obsesivo en el maestro galo. Cerró su filmografía con la estricta Les rendez-vous de París (1994). No podemos olvidar que su primer film, El signo del león (1959) realizado en un año capital para la Nouvelle Vague, era ya una premonición del estilo inconfundible de la corriente cinematográfica que estaba comenzando, junto con Los cuatrocientos golpes (1959) de François Truffaut, Hiroshima, mon amour (1959) de Alain Resnais, Al final de la escapada (1959) de Jean-Luc Godard, Los primos (1959) de Claude Chabrol y algunos más, fundamentales para comprender las enormes variaciones y matices dentro de una misma opción narrativa y lingüística, todos ellos realizados en ese mítico 1959, cuando el cine cambió de raíl, si bien en la dirección mostrada antes por el Neorrealismo Italiano.

Rohmer escribía: “He respetado que se podía hacer cine sobre la cotidianidad, que no eran necesarias las grandes construcciones dramáticas para tratar la realidad”. Es cierta la apreciación de nuestro fallecido. Es decir, cine de la vida, sobrio en la expresión, sobrio también en la planificación puritana hasta el exceso, llena de movimiento interno en el mismo plano, con especial presencia de mujeres siempre atractivas pero sin alterarse lo más mínimo, y por supuesto, aunque no se suela decir, un cine repleto de valores permanente, esos valores que, cuando coinciden del todo en una misma situación, consiguen que un ser humano alcance la posible perfección en un concreto y puede que volátil gesto. Ahí está el hombre maduro poniendo medrosamente su mano sobre la rodilla de Clara, cuando el temblor del amor humano se hace imagen sencillísima pero definitiva.

Es evidente que un cine como el de nuestro maestro marchado al lugar de sus sueños, sueños siempre un tanto cartesianos, carezca de lugar cuando el cine que se lleva para nada es cartesiano, antes bien, todo lo contrario. Y por este motivo. Eric Rohmer, ese hombre amojamado, enjuto y con aspecto de vegetariano elegante, es un excelente antídoto contra tales males. Y es que en definitiva, nuestras emociones y situaciones, las de cualquiera de nosotros, hombres y mujeres comunes, son las que contemplamos en los personajes del maestro francés: cotidianas, sencillas y casi minimalistas, pero a su vez capaces de movilizar pasiones y tensiones hasta el infinito. Nunca hay que olvidarse de Rohmer. De la misma forma que, en escritura, jamás hay que dejar de leer y releer a Camus.

A este conjunto de cosas, le llamo revolución.

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