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El primer Oscar ya volaba

Escrito por Ángel Luis Inurria

vfz3naEl 16 de mayo de 1929 se celebró la primera ceremonia de la entrega de los Oscars, aún eran los tiempos del cine silente, a excepción de El cantor de jazz. El Oscar a la mejor película se concedió a Alas, una historia de amor, amistad y heroísmo protagonizada por dos pilotos de caza durante la Primera Gran Guerra, en dura competencia con La última orden, La horda, El séptimo cielo y El destino de la carne.

Amanecer no estaba nominada como mejor película, pero ganó tres estatuillas: mejor actriz, Janet Gaynor –también candidata por El séptimo cielo y El ángel de la calle-; mejor fotografía, Charles Rosher y Karl Strauss; y mejor calidad artística de producción, William Cameron Menzies. También triunfó El séptimo cielo que recibe los premios al mejor director, Frank Borzage, y al mejor guión adaptado, Benjamín Glazer.
 
Ese año, el del primer fracaso de King Vidor con …Y el mundo marcha, en el que la Academia dejó fuera de sus nominaciones a títulos como Los muelles de Nueva York, El héroe del río, El viento y La marcha nupcial, el primer Oscar concedido a los mejores efectos de ingeniería, así se denominaba entonces, fue también para Roy Pomeroy, responsable de los efectos especiales de la ganadora en su más importante apartado, Alas, película dirigida por William A. Wellman, que sabía muy bien lo que filmaba pues fue miembro de la legendaria “Escuadrilla Lafayette”. Alas fue el punto de partida para el nacimiento de un ciclo: las películas de pilotos, batallas aéreas y desastres. El siglo XX se inició recogiendo, desarrollando y perfeccionando lo que se había inventado en el anterior siglo, el denominado siglo del progreso, donde por las mismas fechas nacía el jazz, la aviación y el propio cinematógrafo, primero Max Skladanowsky y en seguida los Lumière.
 
Imposible que el cine, documento y fábrica de sueños, al mismo tiempo, no se hiciera eco del significado de la aviación, de las proezas de sus pioneros, de su competitivo y constante batir de marcas, de sus hazañas imposibles, de cómo la sociedad participó en un desarrollo que llevaría al hombre a la Luna, como en las fantasías de Meliés, del papel en la emancipación femenina de las heroínas del aire, del caballeroso comportamiento de los primeros ases de la aviación militar, Von Richofhen, hasta los despiadados bombardeos que hicieron muy superior el número de víctimas civiles en la pasada guerra mundial. No cabe duda que la historia del pasado siglo se puede seguir en paralelo a la historia de la aviación, negocio que, como ahora la astronáutica, se beneficia y utiliza la más puntera tecnología que luego pasa al uso domestico. Y esta reflexión la recoge el cine, y sobre todo Hollywood, espejo de la vida.
 
solo los angeles tienen alasDespués de Alas llegaron otras, también realizadas por aviadores, tales como la espectacular Ángeles del infierno, realizada por el magnate, diseñador de aviones y dueño de la TWA Howard Hugues, candidata a la mejor fotografía, algunas de cuyas peripecias de rodaje están en El aviador (2004) y enseguida La escuadrilla del amanecer, ganadora del Oscar al mejor guión adaptado para John Monk Saunders, también piloto, al igual que su director, Howard Hawks. Estos cineastas realizarían más películas de tema aeronáutico, entre una larga serie de secuelas de los citados, junto a otros nuevos que evidenciaban el paso del tiempo, el avance de una tecnología y los cambios sociológicos y éticos de la sociedad, mientras surgían nuevos subgéneros como la serie de catástrofes aéreas, terrorismo, astronautas y la puesta al día de todos los héroes del comic, que volaban por ellos mismos, según el modelo Superman, o en ingenios voladores, como Flash Gordon / Han Solo.
 
Qué duda cabe, el sueño del hombre hecho realidad: volar, cómo no iba a acunar, con pesadillas incluidas, las ensoñaciones fílmicas, sobre todo con unos comienzos tan fructíferos artística y comercialmente. Los autores de los citados títulos pioneros del género, lo fueron también del ejercicio profesional de la aviación, y además de realizar varias excelentes películas del ciclo, entre ellas, en el caso de Hawks, Sólo los ángeles tienen alas, y en el de Wellman, Escrito en el cielo, también triunfaron en todos los géneros, al igual que John Ford, a quien es obligado citar por haber realizado la biografía fílmica en Escrito bajo el sol del pionero de la aviación naval estadounidense Frank “Spig” Wead, cuyos guiones figuran en varios títulos de Hollywood. Será casualidad, podemos pensar, que tanto Howard Hawks como William A. Wellman postulen en sus realizaciones originales puntos de vista de la cámara y posean una particular visión del espacio, pero quizá sea más lógico pensar que se deba a su condición de aviadores, al pensamiento visual que supone la percepción del espacio desde la perspectiva del aviador en las diferentes posiciones del avión. David W. Griffith no era piloto, pero al menos subió en globo y gozó de perspectiva aérea. Sí lo fueron otros cineastas cuya mirada fílmica, diferente a la de otros, contribuyó al desarrollo del lenguaje cinematográfico, como Murnau o Renoir, entre los pioneros, los ya citados Hawks y Wellman, entre los clásicos, Antonioni, el más particular genio fílmico de finales del pasado siglo, o el comercial George Roy Hill, que lavó sus prejuicios como integrante de la tripulación en Matadero cinco, hizo que la cámara diera un looping dentro del ascensor en Millie, una chica moderna, nos hizo sentir vértigo en el salto al agua de los protagonistas de Dos hombres y un destino, y supo diferenciar la velocidad de la luz, respecto a la del sonido, en la secuencia de la explosión de La chica del tambor, pues, como aviador, posee una diferenciada percepción del tiempo y del espacio.
 
Hoy, en los Oscars del año, donde la estrella es Avatar, recordemos que su más singular y espectacular efecto, es el vuelo de los gigantescos pajarracos de colorismo alado, cuyo piloto automático dirige nuestra propia mente, y cuyos ataques, como siempre, dominando la altura, ganan la batalla, pues la altura da ventaja, como nos enseñó Kennett More, en Proa al cielo. La altura, como el vuelo, imprimen carácter, algo que sabe muy bien James Cameron que fue ganado para el cine por títulos como 2001, una odisea en el espacio y La guerra de las galaxias.

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