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Cine experimental español

Escrito por J.L. Sánchez Noriega

Una de las editoras de audiovisual más prestigiosas, Cameo, responsable de auténticas joyas cine-bibliófilas, publica Del éxtasis al arrebato. Un recorrido por el cine experimental español que consta de una treintena de cortometrajes (225 minutos en total) y un libro catálogo con comentarios, entrevistas y diversos textos que informan y ayudan a comprender y degustar cada una de las piezas.

Esta edición, comisariada por Andrés Hispano y Antoni Pinent, tiene su origen en la muestra exhibida en el Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona titulada “50 años del otro cine español” y destinada a una itinerancia por diversas capitales entre 2009 y 2011.

Probablemente el diagnóstico que redactan en su introducción los comisarios de este recorrido sea certero. Dicen “El cine experimental en España ha sido descrito como un movimiento inexistente, acaso como una práctica manifestada en unas pocas obras aisladas, fruto de la pasión y el empeño de artistas que actuaron como auténticos francotiradores. Si esto es así, como creemos, no se debe a la falta de interés y curiosidad hacia el cine por parte de nuestros artistas, sino a las dificultades que estas obras han hallado durante décadas para ser producidas, distribuidas y proyectadas. Pero sobre todo, para ser comprendidas en el propio mundo del arte”. Es decir, que tenemos un desconocimiento e incomprensión hacia este cine hecho al margen de los cauces habituales.

Cine experimental, cine de vanguardia, no comercial, cine marginal o “cine de fuera”, como lo llama Josep Ramoneda en la presentación, el caso es que apenas ha tenido soportes de difusión, ni siquiera con la proliferación de cadenas de televisión desde los años noventa. De hecho, una tecnología y forma expresiva posterior al cine, como es el videoarte, ha contado con mayores oportunidades: no hay más que recordar la serie de 14 episodios de media hora realizada por José Ramón Pérez Ornia para TVE en 1989 o la muestra Señales de vídeo: aspectos de la videocreación española de los últimos años, organizada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía por Carlota Álvarez Basso y Eugeni Bonet en 1995. El material que llega en esta edición puede ser considerado una primerísima y limitada aproximación: parece que lo producido en Cataluña está sobrerrepresentado, mientras otros autores españoles brillan por su ausencia y la selección temporal abarca piezas realizadas entre 1957 y 2005, con lagunas tan amplias como el período 1980-1988, sin ninguna obra, y sólo seis de las dos últimas décadas. También hay que tener presente que, como dan a entender los comisarios, no han conseguido permiso para la reproducción de todas las obras que quisieron incluir. Otra cosa son los textos, que, en gran parte, recopilan artículos, capítulos y monografías anteriores, destacando considerablemente el libro Práctica fílmica y vanguardia artística en España 1925-1981, publicado por Eugeni Bonet y Manuel Palacio en 1982, y las actas del III Congreso de la AEHC dedicado a Las vanguardias artísticas en la historia del cine español (1991).

Este cine experimental tan falto de conocimiento y reconocimiento nos llega por nuevos canales definitivamente diversos a los tradicionales cinematográficos: la edición en devedé y la proyección en el museo (CCCB y Reina Sofía). Otro espacio para otra dimensión del ¿cine? (quizá habría que decir poscine: ese territorio audiovisual cuya identidad es la amalgama y el mestizaje, lugar de hibridación del cine, la televisión, el vídeo, el clip, el artenet) que supone un nuevo espectador y una nueva reflexión sobre la propia materia audiovisual. Ese espectador ha de olvidarse de las funciones básicas del cine que cuenta una historia (argumental) o proporciona un conocimiento sobre la realidad (documental) para dejar de ser espectador y convertirse en reflexionador, en sujeto dispuesto a una recepción activa del mensaje audiovisual cuyo sentido último no se logra si no es con su participación. Ahora lo relevante ya no son los personajes o los argumentos –fundamentalmente porque no existen- sino la materia audiovisual estricta, las formas, colores y texturas de esa luz proyectada en una pantalla que llamamos imágenes, su cadencia, el diálogo que establecen con la realidad exterior, los recuerdos, las fantasmagorías o la tradición artística, el valor del recuadro iluminado, su capacidad para impresionar la retina y provocar sensaciones o ideas en nuestro cerebro…

Llaman la atención en esta recopilación los trabajos que se sitúan en la tradición vanguardista de Norman McLaren o Hans Richter de música visual o ritmo coloreado; es decir, que ensamblan imágenes y música de forma tan estrecha que el resultado es una sinfonía visual (Joaquín Puigvert o Jordi Artigas) o que buscan que la música adquiera una plasmación figurativa, como hace Javier Aguirre en Espectro siete, otorgando unos valores cromáticos a unas notas y proyectando esos colores puros, sin formas ni figuras. En una tradición paralela, también deudora de las vanguardias de los años veinte, están los trabajos de pintura en movimiento, como las hermosas piezas de José Antonio Sistiaga o de Ton Sirera: auténtico intento de otorgarle vida al lienzo, profundizan en la experimentación no figurativa de la pintura del siglo XX para mostrar el proceso mismo de creación artística o la búsqueda de un ritmo temporal en consonancia con el visual.

Estas dos perspectivas engarzan de forma natural este cine con la práctica de las artes plásticas y justifican sobradamente su exhibición en el espacio del museo lo que configura otro espectador distinto al de la sala cinematográfica, al que se le permite la itinerancia, la recepción intermitente o el visionado combinado con otras piezas; por tanto, un espectador diverso al recluido en la butaca inmóvil y en la oscuridad. Esta ubicación es muy coherente con la aproximación al audiovisual en su materialidad, lo que implica, de algún modo, una perspectiva metacinematográfica, que es lo que se viene a proponer en las piezas de Juan Bufill donde el efecto de extrañamiento induce a una reflexión sobre la imagen en sí misma, la Gioconda Film, la cámara ante el espejo de Farce Sensationelle! >o los tres trabajos del músico Carles Santos, que parecen herederos del espíritu de Magritte.

Finalmente, otro tipo de obras de cine experimental se alejan de la abstracción y de la expresividad del propio lenguaje audiovisual para situarse en una perspectiva más contracultural, subversiva, reivindicativa, crítica o de denuncia. Me refiero al sesentayochismo de Carles Durán en BiBiCi Story, a la métafora sexual de Ice Cream (Antoni Padrós), la reflexión sobre la pareja Boy Meets Girl(Eugenia Balcells) o el terror de una mujer plasmado en Copy Scream. Otro tipo de audiovisuales de esta recopilación, como A Mal Gam A (Iván Zulueta) o Miserere (Antoni Miralda y Benet Rossell) en su polifonía y complejidad semántica, exceden cualquier clasificación. En conjunto, sabiendo que son todos los que están aunque, inevitablemente, no estén todos los que son, esta antología del cine experimental español en audiovisual y texto merece mucho la pena, aunque sólo sea para constatar que en nuestra cultura cinematográfica también ha existido y existe la indagación vanguardista.

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