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A cincuenta años de "Psicosis"

Escrito por José A. Planes Pedreño

Cincuenta años no han frenado la ola de inquietud que nos invade cuando una cámara voyeur, tras hilvanar unas panorámicas sobre una ciudad (Phoenix), se adentra en una habitación de hotel para mostrarnos a dos cuerpos todavía sudorosos de su reciente encuentro sexual.

Sí, es verdad: el cine es una intromisión en la intimidad de historias y personajes, y esta condición de los espectadores y espectadoras de «mirones» cada vez que nos acomodamos frente a una pantalla, nos la recuerda nada más empezar Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960). Porque la mirada del filme deambula –y con ella, la nuestra–, debatiéndose entre el horror y la curiosidad, por un submundo de muertes, represión sexual, fetichismo, matricidio y necrofilia. Con sus precisos mecanismos narrativos y su juego de la atención del espectador, esta obra supone un descenso hacia los abismos de la mente humana, descenso al que asistimos, repito, con una mezcla de horror y curiosidad. Pero estos mimbres nada agradables sólo se presienten, sólo toman forma en nuestra imaginación gracias a unas imágenes repletas de cavidades y recovecos todavía transitables cinco décadas después. Sí, aún hoy podemos volver a ver Psicosis y esperar que su visionado nos aporte algo diferente.

La película llegó a las pantallas cuando los cimientos que habían sostenido al cine clásico de Hollywood de décadas anteriores habían entrado en crisis y, al otro lado del charco, una nueva generación de cinéfilos surgía a través de las páginas de la emblemática revista Cahiers du Cinéma. Periodo de cambio, de transformaciones, Hitchcock quiso, entonces, embarcarse en una obra diferente, de un gancho más comercial, alejada de Con la muerte en los talones (1959), Vértigo (1958) y Falso culpable (1956), sus filmes inmediatamente anteriores. Cuando cayó en sus manos la novela homónima de Robert Bloch, basada en los asesinatos en serie que había cometido Ed Gein en Wisconsin a finales de la década de los cincuenta, el director británico no se lo pensó dos veces y se hizo rápidamente con los derechos del libro. Sin embargo, el material de partida, con su retahíla de crímenes y perturbaciones psicológicas, dejó estupefactos a los directivos de la Paramount, que les pareció una obra desagradable que espantaría de los cines a los espectadores.

Efectivamente, si hiciéramos una lectura rápida de la sinopsis de Psicosis podríamos decir que se acerca más a un reportaje sensacionalista de sucesos que a una obra cinematográfica. Pero Hitchcock, en plena madurez artística, sabía lo que se hacía y, desde luego, no iba a dejar «en bruto» ese material de partida. El caso es que, tras la negativa de la Paramount, tuvo que ser él mismo quien costeara la película a través de la productora Shamley Productions, que se había encargado de la serie televisiva Alfred Hitchcock presenta..., si bien la major, por si acaso, se reservó los derechos de la distribución. Visto lo visto, las predicciones de los directivos de la Paramount sólo erraron en un pequeño pero trascendental matiz: el filme, es cierto, espantó a los espectadores, pero no de los cines sino «en los cines», lo que provocó un efecto cadena que la llevó a convertirse en uno de los títulos más exitosos del año, con un recaudación de cincuenta millones de dólares en taquilla. La producción había costado menos de un millón.

Maestro en el arte de mostrar y ocultar, Hitchcock juega con nosotros en los primeros cuarenta y cinco minutos de la narración. Se inicia en una habitación de hotel con dos amantes que aducen problemas económicos para casarse. Pero, enseguida, cambia el rumbo de la narración. Marion Crane (Janet Leight), secretaria de una inmobiliaria de Phoenix, roba cuarenta mil dólares que tenía que haber depositado en un banco y se da a la fuga en su coche sin una dirección fija. La historia, entonces, se disfraza de road movie sin que nada extraño ni perturbador vaya a suceder. Todo tranquilo hasta aquí. ¿Todo? Bueno, no todo. Cuando Marion inicia su viaje, hay varios elementos que nos hacen mantenernos muy alerta. En primer lugar, la manera en que se «encabrita» la música del compositor, Bernard Herrman, la violencia de la lluvia al chocar contra el parabrisas de su vehículo o los primerísimos primeros planos, tan extraños, de algunos personajes... Ya ahí empezamos a darnos cuenta de que la verdadera naturaleza del relato no ha emergido todavía, de que la «normalidad» del transcurso va a saltar por los aires de un momento a otro. Pero Hitchcock atempera nuestros ánimos. Todo va a ser cuestión de tiempo.

El terror, entonces, empieza a gotear. Marion llega por casualidad a un motel de carretera que dirige el aparentemente agradable Norman Bates, un joven solitario que, al parecer, sufre del mal genio de su madre, que no está en su sano juicio, o eso, al menos, es lo que deducimos. Como este, otros pequeños detalles nos siguen manteniendo vigilantes: los ligeros tartamudeos del joven al hablar y al referirse, muy concretamente, al baño cuando está enseñando la habitación… o luego, en la cena, cuando la conversación empieza a enrarecerse desde el momento en que Marion sugiere que tal vez la madre de Norman estaría mejor atendida en un hospital psiquiátrico. La planificación, en este momento, se revoluciona y busca con un brusco cambio de plano el rostro del actor, que no disimula su cólera; algo en su interior se ha removido violentamente. Esta reacción, desproporcionada, siembra dudas acerca de su estabilidad; la atmósfera se torna sombría, más sombría cuando las imágenes relacionan al personaje con los pájaros disecados que decoran la habitación. Son las primeras gotas de un terror que explosiona, ya sí, en la mítica escena de la ducha, en donde Marion es asesinada por una anciana –entendemos que la madre de Norman–, con las notas musicales de Herrman en perfecta sincronía con el montaje de puñaladas que recibe el cuerpo de la muchacha. El resto es Historia del Cine. Con mayúsculas.

El terror, por fin, ha aparecido. Ahora bien, Psicosis sólo nos va a ofrecer una escena más de violencia explícita. Solamente una. Hasta llegar a ese momento, la narración va a transcurrir con parsimonia, con una cámara muy observadora que despliega leves pero incisivos movimientos por un escenario de arquitectura expresionista, el Hotel Bates, que parece extraído de un mal sueño, de una pesadilla; un territorio de luces y sombras, filmado en un esplendoroso blanco y negro. La película, así contada, nos regala una valiosa lección sobre lo que es el auténtico el ritmo narrativo, tantas veces confundido con la velocidad… aquí llegamos a las escenas de mayor énfasis terrorífico después de largos periodos de espera, lo cual no es sinónimo de aburrimiento sino de interés por esclarecer qué demonios está sucediendo en una trama cuyo significado se nos escapa. Huelga decir que esa calma, esa delectación a la hora de narrar en una cinta de género es del todo insólita en el cine de hoy día, lo mismo que el apartado musical, que bascula entre pasajes sonoros muy poderosos a otros silentes o muy tenues. Y qué decir de la puesta en escena: su simplicidad no está exenta de virtuosas soluciones, como el golpecito que Lila (Vera Miles), la hermana de Marion, da con su cabeza contra una bombilla en el sótano de la mansión Bates antes de comprender horrorizada el enigma de la historia. Porque ese golpe, tan pequeño, provoca que la luz del sótano empiece a tambalearse intensamente antes de «alguien» haga acto de presencia. Y de qué manera.

Ahora que tanto se buscan los twists o giros finales que alteran el sentido global de la narración, Psicosis es, en este sentido, una película de obligado visionado para las nuevas generaciones de cineastas. Cincuenta años después de su estreno, siguen resonando con la misma intensidad las turbias aguas de una historia que nos asoma, muy sutilmente, a los abismos de la locura y la perversión. Obra, pues, clave en el devenir expresivo del cine norteamericano en tanto que desgarra el clasicismo de la época con recursos visuales arriesgados –miradas «indiscretas» de los personajes a la cámara, rebuscados movimientos de grúa, etc.–, la película se ha convertido con total justicia en un icono del género del terror… como lo es también el personaje de Norman Bates, rostro de la maldad y de la locura, por mucho que, en los metros finales, nos diga suplicante que ni es “capaz de matar una mosca”. Anthony Perkins, bajo la dirección de «Hitch», echó el resto en una interpretación antológica, de la cual, por cierto, ya nunca logró desprenderse.

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