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El Festival de cine de Cartago y el cine africano de hoy

Escrito por Ángel Comas

La asistencia a este festival que, a pesar de ser uno de los tres o cuatro más importantes del continente africano y haber llegado a su edición número 23, se llama modestamente Journèes Cinematograhiques, me ha permitido reflexionar sobre el cine que se hace en Africa y constatar una vez más que el mundo se divide en zonas económicas geográficas que afectan a su cine.

La temática y las formas. En cada una de esas zonas se ven películas que raramente acceden a otras y se realizan de acuerdo con las exigencias del mercado (sí, del mercado, de su mercado) y muy pocas por exigencias artísticas. Muy pocas de ellas acceden a los grandes festivales occidentales y mucho menos a las pantallas de países como España. Se puede hablar de tienen festivales de gran envergadura desde los destinados a las compras y ventas de los productos (sí, sí, los productos, no películas) que se consumirán en los cines (como en la India) o principalmente en la televisión (la mayoría de países). Pusan y Japón serían los festivales centrales para el llamado desde aquí lejano Oriente; Dubai y el Cairo para el Cercano Oriente; Cartago, Damasco y Marraqués para el Norte de Africa; Toronto y Cannes para Norteamérica y otros mercados internacionales, etc. etc.

Las Journées Cinematographiques de Carthage (que no se celebran en Cartago sino en Túnez, la capital del país) fueron creadas el 1966 y se hacen bianualmente (hasta el 2008 compartiendo fechas con el festival de Damasco) y, gracias a las ayudas estatales y al entusiasmo de sus organizadores se han convertido en un auténtico escaparate de cine africano que, no solamente ven los espectadores de la capital, sino que sirve como mercado de cierta envergadura. En las tres secciones oficiales del festival de este año (largometrajes, documentales y cortometrajes) se presentaron films de África del Sur, Argelia, Egipto, Marruecos, Kenia, Marruecos, Líbano, Uganda, Siria, Chad, Camerún, Uganda, Mali, Senegal, Palestina, Etiopía, Libia y naturalmente, Túnez. De hecho hay muchas ausencias. En África hay unas cuarenta naciones independientes pero un número considerable de ellas no hace cine (especialmente largometrajes), como máximo productos o programas televisivos. En la producción de estos países de los últimos años han participado países europeos como Alemania, Bélgica, Suiza, Suecia, Canadá, Portugal, Italia, Luxemburgo, Francia e Italia y americanos como Estados Unidos y Canadá. Las empresas coproductoras han invertido en películas destinadas posteriormente a las minorías africanas en sus propios países, muchos de ellos antiguos colonizadores. Además, la ausencia de facilidades técnicas obliga a algunos a realizar la postproducción en laboratorios de Occidente. He hablado de cine africano pero únicamente desde un punto de vista industrial, artísticamente habría que matizarlo

Resulta materialmente imposible buscar un denominador común definitorio de lo que es el cine africano. También lo resultaría si tratásemos de buscarlo para el cine global de la mayoría de los continentes. ¿Tienen muchos puntos de contacto las película europeas? ¿Y las asiáticas? En Africa hay democracias reales, falsas democracias y dictaduras de todo tipo. Sigue pesando el dominio económico de las antiguas potencias colonizadores. En muchos no existe siquiera una clase media significativa, sino que el espectro social se divide entre pobres y ricos. En muchos de ellos conviven contradictoriamente ghetos increíblemente pobres con poderosos millonarios. Las censuras de todo tipo están a la orden del día. Además, hay una enorme cantidades de etnias y, muy especialmente, de religiones. Todo este variado mosaico social marca indudablemente los contenidos y las formas del cine de cada país.

En Cartago, el jurado internacional premió curiosamente con el máximo galardón una película egipcia, Microphone (Ahmad Abadía) que a través de las vicisitudes de la creación de un grupo de música moderna permite descubrir gentes y entornos de la ciudad de Alexandría (siempre eclipsada por El Cairo) en el cine egipcio. El film representa tanto formal como temáticamente un acercamiento a este tipo de cine, cuyas premisas hace tiempo que ha sentado Hollywood. Podría decirse que es cine árabe corrompido por el cine norteamericano de consumo, lo que quizá ha convertido el film en uno de los más populares de su país. Quizá para compensar esta occidentalización, el jurado concedió premios importantes a dos films más auténticamente árabes. La mosquée (Marruecos, Daoud Aulad-Syad) es una sorprendente sátira sobre la religión islámica a través de la adoración de un decorado de una mezquita olvidada de retirar después de la producción de un film, mientras que Voyage à Alger (Argelia - Abdelkrim Bahloul) propone una reflexión sobre los problemas del nuevo estado argelino después de liberarse de la colonización francesa. El premio especial del jurado, Chaque jour est une fête (Libano - Dima el-horr) rompe las formas habituales para narrar el periplo de tres mujeres por zonas rurales del país, muy cercano estilísticamente a realizadores occidentales. Para entender estos premios a films que seguramente no tendrían ninguna aceptación en Occidente, hay que reflexionar una vez más en el público al que van dirigidos. Tuve ocasión de presenciar en directo reacciones sorprendentes en diversos films, especialmente los tunecinos. Grandes aplausos saludaron la breve presencia en una película de Habib Bourguiba, el político que consiguió la independencia del país y que lo gobernó durante casi 25 años (el actual gobernante Zine El Abidine Ben Ali lleva 23 y su retrato está por todas partes) y en otro film de carácter feminista, el público avaló también entusiastícamente secuencias en que la protagonista se enfrentaba verbalmente con su opresora pareja masculina. Hay que pensar que la la mujer tunecina es sin duda la más occidental de los países del Magreb. A la hora de valorar estas películas hay que tener muy presente que estamos ante otra cultura, otros valores, otra situación social y otras necesidades, en fin ante otro mundo.

Por motivos diferentes hay que destacar dos films, estructuralmente “más occidentales”, Shirley Adams de Oliver Hermanus (Africa del Sur), con un tipo de narrativa mucho más cercana a un Dogma mal asimilado y, sobre todo, Soul Boy (Kenya –Hawa Essuman, con Tom Twiyker de co-director), un proyecto singular que trata de ayudar a la gente de zonas deprimidas a realizar un film propio que muestre su situación. Este muestra interioridades de un ghetto, a través de un polémico cuento de hadas, descubriendo que en aquella miseria han nacido nuevas formas de vida y una cultura diferenciada.

El variado resto de secciones comprendía retrospectivas y homenajes a película y gente clave del cine de Africa. Las Journèes de Cartago volverán de aquí un par de años. Seguirán potenciando el cine del continente (especialmente el árabe) para seguir manteniendo la esperanza de que el llamado otrora séptimo arte todavía representa la forma de expresión de su cultura y el reflejo de su sociedad.

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