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Blake Edwards, el último eslabón con el Hollywood clásico

Escrito por Ángel Luis Inurria

Con el fallecimiento de Blake Edwards (Wiliam Blake McEdwards, Tulsa, 22 julio 1922) el 15 de diciembre 2010, desaparece el último integrante de una generación de cineastas hollywoodienses que, alrededor de los años cincuenta del pasado siglo, imprimieron una notable evolución al género de la comedia, aunque destacaran e incluso se identificaran con otros, cuyo común denominador era la facultad de aunar la elegancia visual de sus realizaciones, arropada en el dominio de la sintaxis fílmica adornada en guiones brillantes y estudiados que ofrecían chispeantes diálogos. Me refiero a cineastas como Gene Kelly, Vincent Minelli, Richard Quine o Stanley Donen, todos ellos, en mayor o menor grado, relacionados con el musical.

Jack McEdwards, padrastro de Blake Edwards, asistente de dirección, era hijo de James Gordon McEdwards, uno de los pioneros de Hollywood, director, guionista y productor de la época silente, colaborador de William Fox, que dirigió más de medio centenar de películas, la mitad de ellas protagonizadas por Theda Bara, que con Salome (1917) se consolidó como la primera “femme fatale” del cine americano. Estos antecedentes familiares posibilitaron su conocimiento de la industria cinematográfica y determinaron en ciertos aspectos su discurso fílmico, trayectoria donde sin duda también tienen cabida sus experiencias vitales, su coqueteo con el alcohol y su interpretación de la guerra de los sexos.

Cuentan que la carrera de Blake Edwards como guionista surgió por casualidad, al corregir un guión radiofónico, medio para el que trabajó antes de escribir para la televisión y el cine, en el que se inició como extra, antes de asentarse definitivamente como guionista, siendo significativa la colaboración que mantuvo con Richard Quine, con quien compartió el guión de su primera película como director en 1955, Venga tu sonrisa, una comedia musical protagonizada por Frankie Lane. Por aquellos años ya estaba casado con la actriz Patricia Walter, que abandonó su carrera para ser sólo esposa y madre, de la que se divorciaría en 1967, para contraer nuevo matrimonio dos años después con Julie Andrews, a la que dirigiría en varias ocasiones y utilizaría como vehículo de sus caprichos y/o constantes temáticas: el pretexto para una comedia musical (Darling Lili), un idilio transgresor con un postizo final feliz (La semilla del tamarindo), una reflexión sobre la belleza femenina, (10, la mujer perfecta), la crítica a la industria (es necesario reconvertir una simplona e inocente comedia musical en un producto erótico donde Mary Poppins se destape) de S.O.B. , el travestismo en Victor o Victoria, la crisis de identidad masculina mostrada en Mis problemas con las mujeres, o la crisis matrimonial de Así es la vida, realización que contiene alguna de los impagables “gags” marca de la casa, y una de las más amargas escenas matrimoniales durante la cena entre Julie Andrews y Jack Lemon.

Guionista, director, productor, suele estar encasillado en la comedia, género en el que sobresalió, aunque una de sus peculiaridades es su facilidad para mezclar géneros dentro de la comedia, y para destacar en otros como el policiaco, cuyo catálogo enriqueció con la seca y efectiva Chantaje a una mujer, filme en el que entre sus muchos valores destaca el comportamiento y definición de los personajes, que únicamente responden al papel que desempeñan en la trama, la víctima sólo actúa como tal, el policía sólo como policía, el soplón como tal, el chantajista como le corresponde, y lo mismo en todos y cada uno de los protagonistas presentes en la narración. También en rotundo blanco y negro, y también con los destacables trabajos de Phillip H. Lathrop y Patrick McCormack en la fotografía y montaje, respectivamente, técnicos con los que Edwards colaboró en repetidas ocasiones, destaca, su lúcida, amarga y desesperanzada Días de vino y rosas, ¿drama, comedia? título que ha quedado en los anales del cine como la mejor aproximación al mundo del alcoholismo, el cotidiano, el auténtico, el que padece el ciudadano de a pie, más allá de la leyenda de los héroes y artistas malditos. (En la mayoría de sus filmes el alcohol está presente, y el barman/confesor puede ser oficiante que imprima carácter).

Edwards, siempre conocedor del universo que retrata, en un abanico emotivo que va de la nostalgia a la decepción, pasando por la esperanza, y el fracaso, tamizados lo mismo por la ironía como por la amargura con el común denominador el humor, declarado admirador de Stan Laurel, al que consideraba el mejor cómico del cine, y de Leo McCarey, de quien recibió fructíferos consejos, posee una innata facilidad para estirar el “gag”, la mecánica del 1, 2, 3.., como evidencia la hilarante El guateque, probablemente su mejor colaboración con Peter Sellers. Pero, además, domina toda la filosofía y mecánica del slapstick cuyo mejor ejemplo es La carrera del siglo, tan disparatada como genial, y los recursos del vodevil y del teatro, idas salidas, entradas y refugios en camas y armarios o balcones de varios personajes en la misma habitación (La Pantera Rosa, Víctor o Victoria),pero su lenguaje es puramente cinematográfico. Su dominio del escenario, de los planos largos y del formato panorámico, independientemente de que se muestre corrosivo y pragmático o absurdo y surrealista, se conjuga con una especial facilidad para dirigir a sus actores, a los que elige con cuidado de que su físico corresponda al carácter de sus personajes, es decir, lo mismo que hacía el cine silente clásico de Hollywood. En cualquier caso, la presencia del mayor número de comedias en su obra, es la responsable de que se olviden títulos como los ya citados, o el western crepuscular, en aquellos años en los que dicho subgénero estaba de moda (Dos hombres contra el Oeste) al igual que no se maticen sus distintas gradaciones tonales en dicho género. Así, los títulos de sus citadas comedias están bien diferenciados entre sí, tanto como en la íntima y sentimental Micky y Maude, la transgresora Una rubia muy dudosa, en la que un machista seductor de convierte en mujer (como de costumbre transgrede pero sin llegar a sus últimas consecuencias), la crítica Cita a ciegas, sobre el alcohol, las convecciones y la hipocresía social, o la exitosa y reconocida Desayuno con diamantes, una libre y edulcorada adaptación de la novela de Truman Capote, considerada como la más sofisticada comedia de Hollywood donde realiza su mejor interpretación Audrey Hepburn envuelta en la inolvidable melodía de Mancini, “Moon River”, compositor que a finales de los cincuenta inició una fructífera y constante colaboración el cineasta.

Más disparata, y su mayor éxito comercial, fue La Pantera Rosa, filme donde nació un nuevo personaje para el cine, el Inspector Clousseau, y en la que se reúnen de nuevo el mismo director de fotografía y editor ya citados (Edwards siempre se rodeó de los mejores directores de fotografía, montadores y guionistas, incluso en la denostada por algunos serie que inició la citada creación en colaboración con Maurice Ritchlin); es el inicio de una afortunadísima colaboración con Peter Sellers, actor determinante de su triunfo, al que también colaboró Henry Mancini, autor del tema jazzístico que acompaña a los dibujos de los títulos de crédito obra del animador Fritz Freeleng, cuyos cálidos “sólos” de saxofón, en los primeros títulos debidos a Plas Jonson, sustituido después por Tony Coe, son tan universales como el propio personaje. Su éxito fue tal que las aventuras del torpe Clousseau se extendieron en media docena más de títulos incluso después de fallecer Sellers, por lo que las dos últimas entregas, Tras la pista de la Pantera Rosa, y La maldición de la Pantera Rosa, presentan descartes de otros títulos de la serie, y escenas de archivo, respectivamente. El octavo y último episodio filmado por Blake Edwards, El hijo de la Pantera Rosa, donde un desangelado Roberto Benigni intenta emular a su difunto padre, es una triste despedida de la serie y del realizador, que confiado en su capacidad para exprimir hasta la última gota del mismo fruto, no calculó que el producto ya estaba seco.

El denominado último rey de la comedia nos ha dejado medio centenar de largometrajes más una estimable presencia en el medio televisivo, entre los que se encuentran varias obras maestras, en distintos géneros, ha creado un personaje único y ha sido el último eslabón que engarzaba el primitivo cine de Hollywood con los tiempos actuales, sin dejar de ser moderno. Su obra ha conocido el éxito, el fracaso y la indiferencia, pero jamás se le puede negar personalidad. Incluso en su mediocridad supo ser brillante. Fresco, sofisticado, elegante, y hasta vulgar si lo estimaba oportuno, sin temor al disparate, siempre burlesco, como se mostró en la entrega del Óscar Honorífico que le otorgaron en 2004 (es recomendable visitarlo en YouTube), Blake Edwards es unos de los responsables de que el público se aficionara al cine. Sus películas destilan vitalidad, luz y color, todos los colores con vida propia cuya libertad no está sometida a tonalidades. Al igual que todos los tonos de la vida y del espectáculo que encubre, ampara, disimula o exalta Hollywood están presente en su filmografía, donde, más allá de lo que pueda creerse, su vida y su obra están interrelacionadas con picos y altibajos, como en una montaña rusa, donde sólo se escucha la algarabía de los gritos que tiñen de placer el miedo, pues el vértigo que anida en el estómago es mudo, puro espectáculo, más allá de lo que implica.

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